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Adiós a tuiter
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Adiós a tuiter
Porque mi cerebro es del siglo XX
06 Oct | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
Adiós a tuiter
Porque mi cerebro es del siglo XX
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Oct 06, 2019
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Me despierto y antes de cambiarle el pañal o darle agua a la bebé reviso tuiter. Le doy de comer y veo tuiter. Y lo mismo: frustración. Dos miserables likes. Cero retuits. 

Claro, cómo puedo esperar ser una celebridad en las redes si rara vez tuiteo; porque mi cerebro es del siglo XX: tardo horas en pensar algo ingenioso, y otras más en comprimirlo en menos de 280 caracteres. Para entonces ya se me fue el trending topic. Como todo en la vida.

El algoritmo de Tuiter me recibe siempre con los mismos tres temas: 

-Los gatitos de Artegio Camotes.

-Los pozoles y fritangas que devora Cutberta Manteles.

-Los empalagosos tuits de amor entre Paquidermo y Elefantita.

(Les he cambiado los nombres porque ninguno de ell@s es culpable de mi envidia y frustración).

He ahí los tres grandes temas de internet: el amor, la comida y los gatos. Es obvio, pues, que mis tuits no prendan. Que estén condenados a la impopularidad: soy hijo de troskistas y ningún chile me embona (frase aprendida en Tuiter). Es parte de mi formación: queremos todo o nada, patria o muerte, socialismo o barbarie. 

Sólo desde este lugar podemos ver a la Cuarta Transformación (pinche nombre mamila) como otra mala película neoliberal. No nos consuela ni la mota, ni las pastas ni el CBD ni Jesús, la Pacha Mama ni Ometéotl. Lo popular, hoy, es estar con Andrés Manuel o contra López, ya desde la arrogante 4T o desde la derecha inmamable, que nomás exhibe su clasismo y racismo. Fuera de ahí está la marginalidad.

Pues ya me voy. Para moderar mi adicción. Para estar en la mesa con mis hijas, en la cama con mi mujer, en el chat con mis amigos y no siempre partido en dos, con un ojo al gato y otro a la vida de los demás. Me voy de Tuiter porque ha sacado mi yo envidioso y acomplejado: de tu comida, de tus viajes, de tus éxitos económicos y profesionales. Me voy porque quiero estar concentrado en los ojos o la página que estoy leyendo, y no en el flujo incesante de destellos verbales que desfilan en esa red social.

En Tuiter he visto la revolución del siglo XXI: no fue el proletariado ni el campesinado —como lo anhelaron mis padres— sino las mujeres quienes se levantaron contra el patriarcado (tan opresivo como el capitalismo, y mucho más viejo). El #MeToo es su hashtag más visible, pero sus manifestaciones son cotidianas: desde las fotos de los güeyes que se suben a los vagones exclusivos del metro hasta las denuncias de los violadores, acosadores y encubridores que depredan en las escuelas, las oficinas, las calles.

En Tuiter encontraron una tribuna las voces radicales del feminismo contemporáneo, y digo radical no como un insulto sino como una postura ante la vida: cambiar las cosas de raíz, transformar la forma de relacionarnos entre géneros. Exhibir —exhibirnos— a los machos en todos nuestros colores y sabores: del fuckboy al feminicida. Gracias a ellas el mundo será mejor para mis hijas. 

En Tuiter he saciado otra adicción: a la noticia, al último minuto, y también he encontrado libros brillantes que descargo gratuitamente, reportajes memorables y personas con quien comparto la vida. Por eso me voy, pero no me voy. 

Adiós a ser alguien en ese puñado de caracteres, a esperar la validación tuitera a mi opinión política o a mis ocurrencias del momento. Me quedo como un mirón, un testigo y un admirador de tantas tuiteras valientes, profundas y revolucionarias. Como un lector de periódicos y revistas, como un discreto follower de las amigas (y algunos amigos) que marcan mi camino. Y lo mejor: publicaré esta nota y me olvidaré de ella. Si la ignoran o la retuitean, me vale madres. 

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