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Ana Paula Hernández: una vida dedicada a los derechos humanos
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Ana Paula Hernández: una vida dedicada a los derechos humanos
En casa, Bolbo y Mateo le siguen esperando
08 Abr | 2020
Por: Daniel Vázquez
Ana Paula Hernández: una vida dedicada a los derechos humanos
En casa, Bolbo y Mateo le siguen esperando
Daniel Vázquez por: Daniel Vázquez
Abr 08, 2020
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Irradiabas felicidad. Eras inmensamente feliz. Eso es lo que más me consuela y emociona. Gracias por amar tanto y por recordarnos todo el tiempo que, pase lo que pase, y pese a todo, teníamos que seguir teniendo el corazón humedecido y bien plantado, y teníamos que andar los caminos que nos hacen felices. Los caminos con corazón

Marcela Turati

Normalmente cuando escuchamos las palabras “derechos humanos”, se nos vienen a la mente puras tragedias. No es para menos, en el mejor de los casos pensamos en personas asesinadas, desaparecidas, torturadas. En el peor, creemos que los derechos humanos son la herramienta que usan los criminales para evadir la justicia. ¡No puede haber idea más errónea!

Nos cuesta trabajo asociar a los derechos humanos con la cotidianidad. Cuando despertamos, tomamos una ducha y escuchamos el noticiero, los derechos humanos están ahí: el derecho a la vivienda, al agua, a la libertad de expresión y el derecho a la información.

Los derechos también están en los momentos críticos de la historia. Un 28 de agosto de 1963, Martin Luther King nos convenció que vale la pena soñar:

Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

Los derechos humanos también son vidas dedicadas a realizar sueños. Esa fue la vida de Ana Paula Hernández. Su vida nos permite observar el lado más risueño de los derechos humanos, el de la esperanza y la construcción constante de la utopía.

Su paso por la educación jesuita en la Universidad Iberoamericana (1996-2000) es el inicio de su interés por los derechos humanos. Se detonó como defensora en el CDH Miguel Agustín Pro Juárez (1998-2003). Continuó en el célebre CDH Tlachinollan (2004-2008) en la región de la Montaña, en Guerrero. Luego de unos años como consultora, una estancia en Yale y en diversas fundaciones, Ana Paula comenzó a trabajar en el 2011 en el Fund for Global Human Rights (FGHR).

La combinación entre la lógica del FGHR y el empeño de Ana Paula no pudo ser mejor. Esta fundación otorga fondos a las organizaciones que difícilmente podrán acceder a otros financiamientos, ya sea por su juventud o por la falta de una estructura formal. Ese era el trabajo de Ana, encontrar esos movimientos sociales que eran una esperanza para su comunidad. Ella estaba ahí para apoyar a los que nadie quería ayudar.

Ana tenía esa capacidad de hacerte sentir siempre escuchado. Escuchaba los problemas de las organizaciones, de las comunidades, de las personas. Evaluaba y pensaba cómo mejorar la situación catastrófica que tenía en frente. Tenía la capacidad de hacerlo manteniendo siempre la sonrisa, el saludo, el abrazo, el guiño, el gesto en el momento necesario: estoy aquí, no estás solo.

Vio crecer proyectos como el M4 (movimiento anti-extractivista), acompañó al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en su caravana por México y EUA, trabajó en la formación de la Plataforma contra la Impunidad y la Corrupción y el Frente contra la Impunidad, acompañó a diversas organizaciones en México, en Honduras y en Guatemala, donde se relacionó con la Comisión Internacional contra la Impunidad y los juicios que esta organización logró concretar… en fin. El recuento es innecesario porque seguro que estoy dejando mucho fuera. Lo hago desde lo que esta tarde logro recordar.

Como es de esperarse, la relación de Ana Paula con las organizaciones de derechos humanos a las que acompañaba iba mucho más allá de lo estrictamente laboral. No sólo les unía la convicción por la defensa de los derechos humanos, con el simple paso del tiempo, les unía también la amistad y la sororidad. Lo recuerdo perfecto en esa trágica noche de marzo del 2016 cuando asesinaron a la defensora ambientalista Berta Cáceres, ganadora del premio Goldman, el nobel verde.

Entraron mensajes incesantes en la madrugada al celular. Se despertó, vio el teléfono, brinco de la cama y corrió a su despacho. La alcancé luego de un rato: ¿qué pasó? Es Gustavo, asesinaron a Berta, está herido, me dijo ya con lágrimas en los ojos. En medio del desastre de la noticia, Ana siguió operando el resto de la madrugada y del día para asegurar la vida e integridad de Gustavo y para alertar a los defensores de la zona. Ella era Ana Paula, la que -en medio del desastre de una larga noche- sentía en lo más profundo, acompañaba, y no paraba hasta que los demás estuvieran bien; la que, hasta ahora, nos sigue convenciendo que vale la pena soñar.

Adelantada como era, se nos fue pronto, demasiado pronto. En casa, Bolbo y Mateo le siguen esperando.

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