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Chile, entre los tuertos y los ciegos
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Chile, entre los tuertos y los ciegos
La violencia aumentó pero las marchas no
26 Dic | 2019
Por: Andrés Pascoe Rippey
Chile, entre los tuertos y los ciegos
La violencia aumentó pero las marchas no
Andrés Pascoe Rippey por: Andrés Pascoe Rippey
Dic 26, 2019
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Nada logra apagar la rabia en Chile. Desde el 18 de octubre, que empezaron las protestas, las cosas solo han empeorado y se han vuelto más complejas. El país que alguna vez fue visto como el gran modelo a seguir en América Latina – tanto económica como socialmente – se está convirtiendo en un país de tuertos y de ciegos.

Tuertos, porque la acción represiva de la policía contra los manifestantes ha dejado ya más de 300 personas con pérdida de uno o ambos ojos. El uso de balines, balas de goma y granadas lacrimógenas, disparadas directamente al rostro de quienes protestan, ya no puede ser considerado ni accidental ni “casos aislados”, como en Chile les gusta decir: es una clara política de Estado para intimidar a la sociedad.

Ciegos, porque el gobierno simplemente no abre los ojos. Sebastián Piñera, el presidente de ese país, ha elegido siempre el camino de la negación. Desde que empezó el estallido social, su popularidad ha caído sostenidamente, y hoy tiene más de 80% de rechazo y solo un 10 de aprobación. No tiene piso político ni fórmula de salida, y él mismo ha contribuido a empeorar una crisis.

Su solución fue declarar estado de excepción, y aseguró que “estamos en guerra con un poderoso enemigo”, sin especificar quién es este enemigo. La violencia aumentó pero las marchas no pararon.

Estuve en Chile, como enviado de Cuestione, a finales de octubre, cuando estaba en efecto el toque de queda. La mega marcha del día 25 de octubre brilló por su masividad, pero también por su espíritu combativo, indignado y esperanzado.  “Chile despertó” era el canto generalizado, de muchas generaciones distintas que desde que llegó la democracia nunca se han sentido escuchadas o tomadas en cuenta.

Pude presenciar también la violencia policiaca. Sin la menor provocación, y sin una utilidad clara, una docena de “fuerzas especiales” empezaron a disparar gases lacrimógenos hacia manifestantes pacíficos. Pero era solo el principio.

Desde entonces, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos han emitido lapidarios informes sobre las violaciones generalizadas a los derechos de las personas que protestan. Lesiones por armas “no letales”, violaciones en separos policiacos, golpizas, ojos perdidos. El gobierno, ciego otra vez, primero rechazó los informes, luego los recibió “con dolor” y al final los ignoró.

El jefe de la policía, Mario Rozas, ha defendido sin parar las acciones de los carabineros, a pesar de las crecientes denuncias; el gobierno, siempre ciego, no ha tomado ninguna medida para removerlo.

Lo que sí hace bien el gobierno – o no tanto – es buscar culpables externos. Desde el principio, Piñera acusó que “extranjeros” estarían detrás de las manifestaciones, y su vocera ha reiterado el asunto varias veces, aunque la Fiscalía Nacional descartó que hubiera evidencia de ello.

¿Qué hace uno cuando no hay evidencia? La inventa. Esa fue la genial idea que tuvieron en La Moneda, por lo que contrataron un gran estudio de “Big data” para analizar varios miles de tuits, buscando a quién sea responsable del estallido.

El informe fue entregado a la Fiscalía, y el ministro de Interior lo presumió en varias entrevistas, como prueba fehaciente de que había “intervención extranjera”. Según esto, el 19% de los tuits vendrían de otros países, por supuesto Venezuela, Argentina, México y España.

No felices con ese dato, aseguraron que algo que “une” a los agitadores son fans de un grupo de K-Pop… El ridículo ha sido grande y ahora el gobierno no quiere ni dar a conocer quién lo hizo. Diversos especialistas han revisado el informe y asegurado que no tiene ni pies ni cabeza. Es otro descalabro en la ruta de la ceguera de Piñera.

Pero no es solo el gobierno. Toda la elite política está en entredicho. El Congreso se tardó en entender, y mucho más en acordar una salida negociada: llamar a un plebiscito en abril de 2020 para preguntar si habrá una Convención constituyente y cómo estará conformada (es convención porque en Chile está, al parecer, prohibida la palabra “Asamblea”).

Ese mismo Congreso aprobó rápido y sin mayores problemas una ley que le da más autoridad a los carabineros y sube las penas a saqueadores y manifestantes fuera de orden. Ahí sí, los acuerdos caminaron.

El problema de la Convención constituyente es que es predecible suponer que estará compuesta por más o menos las mismas fuerzas que hoy componen el Congreso, por lo que su resultado, así sea una nueva Constitución, no deberá ser el brinco transformador que Chile está exigiendo. 

“Esto no se ha acabado” y “Aún no hemos ganado nada” es el grito de quienes están exigiendo mejores pensiones, mejor educación, mejor salud, mejor vida.  Y es cierto: aún no han ganado nada

Por eso seguirán adelante.

 

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