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Culiacán y Platón
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Culiacán y Platón
Violencia que logra su objetivo
19 Oct | 2019
Por: Andrés Pascoe Rippey
Culiacán y Platón
Violencia que logra su objetivo
Andrés Pascoe Rippey por: Andrés Pascoe Rippey
Oct 19, 2019
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En la secundaria nos contaron la alegoría de la caverna de Platón. Lo que cuenta el filósofo griego es que la gente nace en una caverna, encadenados, mirando la pared. Una fogata, que no pueden ver, ilumina la cueva.

Algunos hombres usan símbolos que proyectan su sombra en la pared, que es lo único que conocen estas personas. Esas imágenes son con lo que se les manipula para que entiendan la verdad que se les quiere enseñar. Interpretan los símbolos y creen que esa es la realidad. Hasta que algunos se liberan, rompen las cadenas y salen de la caverna, descubriendo la verdad. 

Es, digamos, una metáfora de las noticias falsas que hoy nos inundan y de los intentos de los poderes por moldear nuestro pensamiento y hacernos creer que una sombra es un hecho.

He recordado esa enseñanza infantil esta última semana, tratando de entender la visión de nuestro gobierno sobre lo que está pasando respecto a la violencia criminal que nos azota.

El lunes nos enteramos de la masacre de Aguillilla, Michoacán, en la que murieron varios agentes, tras ser emboscados cuando cumplían con un encargo judicial. Las grabaciones de sus súplicas de ayuda, mientras van cayendo, conmovieron a muchos.

Esto mientras el secretario de Seguridad Pública y Protección Civil, Alfonso Durazo, aseguraba que los esfuerzos contra la delincuencia habían entrado en un punto de “inflexión” y que ya se iban a empezar a ver resultados de su estrategia.

Pero al día siguiente, el gobierno lo consideró “muy lamentable”, y no pasó a mayores. Los caídos fueron homenajeados y los sobrevivientes llamados a rendir cuentas. No se detuvo a nadie.

Un día después, militares masacraron a un grupo de delincuentes en Iguala, Guerrero. Una clara venganza de los eventos de Aguililla. Cualquiera que haya visto las fotos – que no son publicables – podrá ver que fueron ejecutados brutalmente. Algunos tenían tres balazos en el rostro. 

El presidente aseguró al día siguiente que “ya no hay guerra” y que se acabaron “las masacres”. “Ahora, dijo, es distinto”. La sombra está proyectada en la caverna.

Por supuesto, la realidad seguiría necia y, sobre todo, cruel. El jueves vino la tormenta.

Nos enteramos no por el gobierno, sino por las redes sociales. Había balaceras violentas en Culiacán. El gobierno, en silencio.

El problema creció. Las balaceras se multiplicaron mientras lo que sabíamos no era ni confirmable ni entendible. ¿Qué sucedía? Andrés Manuel López Obrador, antes de subirse a un vuelo comercial a Oaxaca y quedar incomunicado, dijo que el Gabinete de Seguridad iba a informar.  Las balas seguían en Culiacán, y el pánico era generalizado en la ciudad. 

Trascendió que habían detenido a un hijo del Chapo Guzmán. Las versiones de si había sido Ovidio o Iván Archivaldo circulaban por igual. Después se supo, por filtraciones, que era Ovidio.

El desastre seguía. La ciudadanía se escondía, paralizada y sin opciones.

49 presos fueron liberados de una prisión. La tensión ya era inmanejable. 

El secretario Durazo finalmente salió a hablar. Rodeado de los mandos militares, todos con cara de rabia, dijo que se había detenido a Ovidio y que habían “suspendido” ese tipo de operación. El mensaje duró dos minutos y dejó mil preguntas en el aire. Las sombras se movían en la pared de la caverna.

La tensión seguía en Culiacán. Cientos de camionetas artilladas – no militares – llegaron y tomaron posiciones. Poco a poco se fue calmando el ambiente, pero mucha gente durmió en sus trabajos o centros comerciales, aterrados de salir a la calle. 

Caía la noche y se soltó un rumor: sí detuvieron al hijo del narcotraficante, pero lo soltaron. Hubo incredulidad e indignación. ¿Todo esto para nada?

Horas después se confirmó: lo liberaron para evitar que hubiera un baño de sangre en Culiacán.

El presidente defendió esta decisión en la conferencia de prensa del día siguiente. Dijo que fue lo mejor, que él avaló la determinación, porque “vale más la vida de la gente que detener a un criminal”. 

Hay que decirlo: López Obrador es el único que puede decir ese tipo de cosas y salirse con la suya. Enrique Peña Nieto habría sido transversalmente cuestionado por algo así; Felipe Calderón ni se diga.

Pero aún así, miles han expresado su apoyo a la decisión del gobierno, a pesar de las críticas de expertos y medios.

¿Qué fue lo que pasó? El gobierno nos tuvo en la oscuridad, viendo sombras, adivinando qué pasaba. Durazo dio una versión diciendo que habían encontrado por casualidad a Ovidio; después se supo que no era así, tenía una orden de detención para ser extraditado a Estados Unidos.

Resulta que sí lo buscaban pero, eficaces como son, no tenían una orden de cateo para meterse al edificio dónde estaba. Así que entraron igual. Empezó la balacera.

De ahí los colegas del presunto narcotraficante desafiaron hasta el final al gobierno, y lo quebraron. La verdad es, sin embargo, que la información que se ha dado ha sido tan contradictoria, vaga y confusa, que apenas estamos empezando a entender qué sucedió realmente. 

Lo que es un hecho es que fue una operación mal hecha, mal diseñada y sin plan B alguno. “Agitaron el avispero a lo tonto”, diría el AMLO del pasado al AMLO del presente. Y tendría razón.

Pero no importa: “no vamos a cambiar la estrategia”, dijo el presidente. Y le creo. Cambiar de opinión no es lo suyo. La cosa es que esta estrategia – si se le puede llamar así – es un total desastre.

Hoy, los narcos saben que apretar al gobierno lo hace ceder, y rápido. No hay motivación ni para cambiar de táctica ni de método. Esto les está funcionando muy bien. No veo razones para suponer que va a mejorar.

Los líderes siguen proyectando sombras sobre las paredes de la caverna, y ellos mismos se creen sus símbolos. Aunque hay un problema: la cueva se está inundando.

De sangre.

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