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De madrugada con García Luna
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De madrugada con García Luna
La falsa guerra contra el narco
17 Dic | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
De madrugada con García Luna
La falsa guerra contra el narco
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Dic 17, 2019
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El secretario García Luna tenía que abordar su helicóptero a las 7 de la mañana. Me iba a recibir con mucho gusto, ¡claro que sí, tenía toda la disposición de concedernos la entrevista! Por nosotros haría un sacrificio: nos recibiría a las 6 de la mañana en sus oficinas de la avenida Constituyentes. Me sugirieron llegar unos 20 minutos antes. 

Me levanté a las cuatro de la mañana, me di un baño, salí sin desayunar —no me da hambre a esa hora— pedí un taxi y llegué puntual a la cita. En cualquier momento te recibe el secretario, me dijo un asistente, espera aquí.

Me condujo a un cuarto con seis sillas de plástico, un garrafón de agua y una pequeña entrada de luz. Un trabajador, más adormilado que yo, estaba sentado a dos asientos de mí. 

Dieron las 6. Se asomó un rostro: en cualquier momento te recibe el secretario. El tiempo pasó lento y reacio, como si no tuviera ganas de transcurrir. Era 2008, no existían los smartphones y la luz era demasiado tenue para leer. Dieron las 7, otra vez alguna cara se asomó: en cualquier momento te reciben, no te muevas de aquí. Luego 7:30. Forzaba a mi cuerpo a mantenerme despierto. Un calambre de apetito estrujó mi panza. Estaba aburrido, adormilado y hambriento. Me asomaba al pasillo y no había nadie, ni siquiera afanadores trapeando el piso. Sólo puertas cerradas. Hacía frío. El hombre junto a mí no hablaba, nada más se detenía el rostro con las manos, tan aburrido y cansado como yo. Dieron las 8. Busqué en mi mochila. Ni un pan, una fruta, no había llevado nada. 

Por fin, a las 9 de la mañana, me condujeron a la sala de juntas. García Luna estaba recién bañado, con la frescura de quien gozó la regadera después de una sesión de gimnasio. Con el vigor del desayuno y, quizá, del jugo de naranja. Lo rodeaban un puñado de asesores y asistentes. Yo era una piltrafa, disminuido por el apetito y la vigilia. Genaro García Luna habla tan rápido que no se le entiende. Se atropella, quizá para ocultar la tartamudez. Recuerdo haberlo incomodado con alguna pregunta menor, casi anodina: me miró con odio. Me fui sin haber oído el rotor de ningún helicóptero. 

* * * 

Recuerdo al directivo del diario en el que yo trabajaba pactando la entrevista:

—Queremos hablar sobre su proyecto de mando único, mi reportero ya leyó su libro —le dijo. 

En efecto, García Luna había escrito un libro con una idea básica: el mando de la policía está disperso en más de mil 600 corporaciones y así no sería nunca eficaz en el combate al crimen. Pedía unificar a las corporaciones en una sola policía nacional y ponerla bajo su mando. O cuando menos, que sólo hubiera 32 mandos, uno por estado. 

Por aquellos meses un exjefe de la policía de caminos acusaba a García Luna de corrupción. En notas pequeñas pero cada vez más persistentes, la acusación llegaba a los periódicos. Meses después, ese hombre estaba en la cárcel. 

* * * 

La guerra contra el narcotráfico (el eufemismo para la militarización de la seguridad pública) se vendió como una purificación. Felipe Calderón usó la metáfora del cáncer: cuando llegué a la presidencia, le dijo al diario El País, encontré una metástasis, y me decidí a limpiarla. Luego los anuncios del gobierno argumentaron que se libraba la guerra “para que las drogas no llegaran a nuestros hijos” y presumían el asesinato de capos con el eufemismo de que “habían sido abatidos”. El principal vocero de la guerra fue el propio Calderón, y tres personajes, sus ideólogos y estrategas:

García Luna, detenido en Estados Unidos bajo la acusación de recibir sobornos del Cártel de Sinaloa.

Eduardo Medina-Mora, entonces procurador de la República, y ministro dimitente de la Corte por presunta corrupción. 

Joaquín Villalobos, un exguerrillero salvadoreño señalado de participar en el asesinato del poeta Roque Dalton, en un ajuste de cuentas al interior de las fuerzas revolucionarias de El Salvador en los ochenta.

La reciente detención de Genaro García Luna revela que la guerra contra el narco nunca fue tal. Fue una guerra por el narco: para repartir las ganancias del crimen organizado y fortalecer a la empresa criminal de Sinaloa. Los golpes fueron siempre contra sus adversarios o contra sus escisiones: motivos suficientes para llamar a Calderón a rendir cuentas ante tribunales. Ojalá que así sea.  

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