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Defender el bosque
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Defender el bosque
Pablo López Alavez es un indígena zapoteco
17 Oct | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
Defender el bosque
Pablo López Alavez es un indígena zapoteco
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Oct 17, 2019
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La biblioteca de la cárcel abunda en libros de texto: física, química y matemáticas para secundaria; enciclopedias viejas y un estante lleno con ejemplares del mismo libro: un estudio de las constituciones de Oaxaca. 

Entre tanta basura se salva una colección de volúmenes empastados en rojo: están Ítalo Calvino, Camus, Marcuse, Arthur Koestler, hasta la Historia de los judíos en España y Portugal de Amador de los Ríos, entre otras joyitas. Miro los títulos y escucho el relato del hombre que está sentado frente a ellos. 

Pablo López Alavez es un indígena zapoteco. Lo sentenciaron a 30 años de cárcel. La justicia mexicana lo acusó de matar a un hombre. Una instancia de las Naciones Unidas dijo que la detención fue arbitraria, que Pablo López debía ser liberado e indemnizado por el Estado mexicano. Pero al gobierno mexicano le importó un pepino lo que dijera la ONU, y López Alavez lleva ya nueve años tras las rejas

Su crimen fue defender el bosque de San Isidro Aloapam, una agencia municipal en la sierra norte de Oaxaca. Pablo me cuenta que la comunidad vecina, San Miguel Aloapam, alberga a unos 130 taladores. De las 13 mil hectáreas de bosque que había en 1982 —reconocidas como tierras comunales por una resolución presidencial— los taladores han arrasado la mitad. 

Habla del bosque como de un paraíso. Bajo la sombra de las coníferas de 15 metros, dice, la frescura cubre por igual a los hombres y a los animales salvajes: jabalíes, conejos, ardillas y pájaros, animales que están desapareciendo. Porque al depredar los pinos se secaron los manantiales y el Río Virgen ya sólo existe cuando cae una tormenta.

La comunidad de San Isidro Aloapam se organizó para defender el bosque. Y lo pagaron caro: en el año 2000 sus líderes cayeron a la cárcel acusados de ataque a las vías de comunicación. Salieron libres, pero en 2002 les metieron presos a otros cinco vecinos. En junio de 2003 encarcelaron a otros seis. 

El 15 de agosto de 2010 un comando de 15 hombres armados, vestidos de negro y con el rostro cubierto, detuvo a Pablo López junto al lecho del Río Virgen. El Grupo de Trabajo sobre detenciones arbitrarias de la ONU, en la opinión 23/2017 de junio de 2017, enlistó las violaciones al debido proceso y a los derechos humanos de Pablo López. 

Le pidió al Estado mexicano que lo liberara, pero México ni siquiera se tomó la molestia de responder. Al contrario, tres meses después lo sentenciaba a 30 años de prisión. Pablo López me dice que él ni conocía a Matildio Méndez, el hombre al que le acusan de matar. 

Lo visitó la tarde del 16 de octubre, dentro de la Misión Internacional de Observación y Documentación de la Situación de Personas Defensoras de Derechos Humanos en Oaxaca. Entramos 14 personas a verlo, tres de ellos diplomáticos del Reino Unido, Canadá y Suiza. La biblioteca del Cereso número 2 de Etla, Oaxaca, tiene paredes y techo de lámina. Nos sentamos en sillas con paleta —como de escuela secundaria— y oímos a Pablo y a su esposa Yolanda. A ella le ha ido peor: le secuestraron a un hijo; otros dos emigraron fuera del país por las amenazas, y todavía sostiene al más pequeño, un niño que ahora tiene 14 años. El día de la detención, cuando tenía cinco años de edad, se le enredó entre las piernas a su papá y lo separaron de un golpe. 

Pablo López hace bolsos de mujer con tiras de plástico de colores y elabora muebles. Pero me dice su esposa: tengo mucha mercancía guardada porque no se vende.

Pablo le agradece a los diplomáticos su visita y le hace un llamado al presidente López Obrador: que cumpla lo que dijo en campaña y libere a los indígenas presos. Antes de despedirme le pregunto qué lee en la cárcel. Nada de lo qué hay aquí, me dice. Soy católico y leo el Nuevo Testamento. 

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