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Educación superior: exigencia y maltrato
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Educación superior: exigencia y maltrato
Adquirir conocimientos no es fácil
25 Dic | 2019
Por: Rodrigo Salazar Elena
Educación superior: exigencia y maltrato
Adquirir conocimientos no es fácil
Rodrigo Salazar Elena por: Rodrigo Salazar Elena
Dic 25, 2019
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El fallecimiento de una estudiante de licenciatura del ITAM ha dado lugar a un debate en el que se ha prestado, tal vez, atención excesiva al centro universitario, aunque poco a poco se dirige hacia un aspecto que considero central, que se refiere a lo que eufemísticamente llamaré “técnica pedagógica”.

La calidad de la formación del ITAM está fuera de duda. Si me atengo a mi campo de especialidad, la ciencia política, puedo afirmar que esta carrera cuenta en su planta de docentes con profesores de primera categoría, y su plan de estudios es actualizado y pertinente, con materias indispensables para un politólogo bien formado.

Buena parte de los académicos mexicanos más destacados en la ciencia política cursaron ahí su licenciatura. El estudiante típico del ITAM tiene todas las ventajas que nuestra sociedad reserva a las familias con dinero, incluyendo una educación del nivel más alto. (La educación pública tendría que garantizar el mismo nivel a sus estudiantes, para que puedan competir con aquellos. En lugar de eso, lo que uno escucha es un discurso autocomplaciente que se regodea de enseñar a pensar “críticamente”. Ajá.)

Una educación de alto nivel requiere de exigencia. Adquirir conocimientos no es fácil. De hecho, si es fácil, posiblemente sólo se está repasando cosas ya conocidas: lo contrario de aprender. Una materia es exigente si se pide de los estudiantes que acrediten haber asimilado los nuevos conocimientos que se impartieron en la clase. El punto es si la exigencia va de la mano del abuso. Algunos lo ven de esa forma.

Tal vez usted haya visto la película Whiplash, cuyo subtexto es que, por reprobable que sea, todo el abuso del profesor sobre su alumno redundó en un grado de aprendizaje que tal vez no habría adquirido de otra forma. Patrañas. Un estudiante aterrorizado no está en condiciones de asimilar conocimientos. Se vuelve un experto en soportar el vendaval para llegar al fin de semestre.

También se defiende el maltrato como una forma de enseñar sobre la vida, más que el contenido de una materia. En el “mundo real”, se dice, “ese trato es el que se recibe y es necesario preparar a los estudiantes para ello”. No sé usted, pero yo vivo en el mundo real y sé que, si le hablo a alguien como algunos profesores les hablan a sus alumnos, me arriesgo a recibir una bofetada que en dos horas no he acabado de recoger mis dientes.

De hecho, es el profesor quien está en un ambiente protegido, pues en el aula es Pol Pot: tiene todo el poder y los estudiantes se tragan los insultos, porque no tienen alternativa. Los profesores que maltratan están abusando de esa autoridad. Lo racionalizan como una virtud pedagógica, pero en realidad están satisfaciendo la necesidad que satisfacen quienes encuentran placer en el maltrato gratuito.

Existen profesores que se preguntan cómo harán para exigirle a sus estudiantes si no pueden “estimularlos”, “picarles el orgullo” o como sea que le llamen al ataque frontal y persistente a su integridad y autoestima. Jaime Escalante, profesor célebre por sus resultados enseñando cálculo a estudiantes hispanos del Este de Los Ángeles, explicaba su enfoque en estos términos: “La clave de mi éxito con jóvenes pertenecientes a minorías es una vieja y simple tradición: trabajo duro, a montones, para el profesor y los estudiantes por igual”. Y este es el punto.

El profesor debe exigir a sus estudiantes, pero también se debe exigir a sí mismo. Esa doble exigencia, creo, minimiza la necesidad de ataques personalizados, cuyo valor educativo pertenece exclusivamente a las películas.

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