Columnas
Foto: Reuters
El emperador democrático va desnudo y sus súbditos lo han notado
Columnas
El emperador democrático va desnudo y sus súbditos lo han notado
3 desafíos para la democracia
26 Oct | 2019
Por: Luis Enrique Pereda Trejo
El emperador democrático va desnudo y sus súbditos lo han notado
3 desafíos para la democracia
Luis Enrique Pereda Trejo por: Luis Enrique Pereda Trejo
Oct 26, 2019
Compartir

En su artículo ¿Se está muriendo la democracia? –publicado recientemente en el número 282 de la revista argentina Nueva Sociedad–, el politólogo argentino Andrés Malamud se pregunta si las democracias podrán sobrevivir amenazas como Donald Trump, o las versiones modernas de Augusto Pinochet (Chile), Jorge Rafael Videla (Argentina), Alberto Fujimori (Perú) o Hugo Chávez (Venezuela). 

Al buscar la respuesta a dicha incógnita, el también profesor del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa utiliza acertadas expresiones como: “La abdicación de la responsabilidad política por parte de los moderados es el umbral de la victoria de los extremistas” o “El emperador democrático está desnudo y sus súbditos lo han notado” o “Cuando se enojan, los pobres cometen una herejía teórica y dejan de votar con el bolsillo” o “Las tres áreas en las cuales las sociedades latinoamericanas más se han integrado son la corrupción, el contrabando y el narcotráfico”, las cuales sintetizan el malestar de media docena de naciones latinoamericana (y la lista sigue creciendo). 

Una de las primeras piezas de certeza que el politólogo uruguayo pone sobre la mesa es que, tanto la supervivencia de las democracias como de las dictaduras, nunca está garantizada, pero que a diferencia de las primeras, las segundas sí toman medidas preventivas para evitar su muerte, mientras que las segundas viven confiadas de que serán permanentes. 

A las democracias también hay que cuidarlas constantemente y esto implica negociaciones con “los otros”, “los que no votaron por mí”. Claro, esto suele ser frustrante para quien asume que tiene todos los pelos de la burra en la mano. 

Dice Malamud: “Ante los obstáculos, algunos demagogos relegan la negociación y optan por capturar a los árbitros (jueces y organismos de control), comprar a los opositores y cambiar las reglas del juego. Mientras puedan hacerlo de manera paulatina y bajo una aparente legalidad […] la deriva autoritaria no hace saltar las alarmas. Como la rana a baño maría, la ciudadanía puede tardar demasiado en darse cuenta de que la democracia está siendo desmantelada”. 

Otra pieza de certeza que Malamud pone sobre la mesa es que el populismo es un fenómeno que se manifiesta en democracia. Es decir: en sí mismo no es nocivo, no es venenoso. En realidad es entendible que haya líderes populistas. Pero, “una vez dicho esto, la exacerbación del populismo, entendido como la concepción maniquea de un pueblo victimizado por una oligarquía, puede corroer y, en casos extremos, terminar con la democracia”. 

La buena noticia es que el autor concluye que las democracias sobrevivirán. La mala noticia es que no lo harán sin dolor. “Hasta la década de 1980, las democracias morían de golpe. Literalmente. Hoy no: ahora lo hacen de a poco, lentamente. Se desangran entre la indignación del electorado y la acción corrosiva de los demagogos”. 

Si las democracias van a sobrevivir, se necesita, en opinión del politólogo uruguayo, superar tres desafíos: 

  1. “Comportarnos más civilmente de lo que la ley exige”. Esta idea, en principio romántica, resulta vital para jugar el juego democrático en donde las instituciones son muy, pero muy, importantes pero los operadores de ellas son aún más importantes. Una democracia no puede sobrevivir, si funciona bajo el axioma “todos nosotros (mi partido) tomamos todo lo que podemos porque podemos, legalmente”. Un verdadero demócrata se autocontendrá en pro de la negociación y los acuerdos porque lo que busca no es imponerse legalmente, sino gobernar democráticamente. 
  2. “Practicar la tolerancia y la autocontención en una sociedad plural”. Las sociedades que etiquetan o catalogan a los otros, para segregarlos y convertirlos en “los malos” (o cualquier palabra fifinolis que recuerde haber escuchado por ahí) terminan minando a la democracia, la cual requiere de otras voces para funcionar. Las naciones homogéneas ya no existen más. Hoy las diferencias y diversidades económicas, ideológicas, religiosas, sociales, políticas, culturales o sexuales son una constante que debe de ser admitida y respetada siempre por todos, no solo cuando convenga al discurso político del día. 
  3. “No tanta polarización, porque sí hace daño”. Es bueno que existan alternativas diferentes que mejoren la capacidad representativa, tanto política como social, de los partidos políticos, pero como la sal o el azúcar, en exceso la polarización mata. Un poco de polarización le pone el sabor a la política, llama a que las personas se levanten de sus sillones y a participar activamente en los asuntos de la civitas, pero mucha polarización los llama a no tolerar nada que no sea de “ellos” y eso puede ser mortal. 

Así es que, lectora, lector, ya lo saben: no se callen, no dejen de opinar de política, no dejen de intervenir en política, no dejen de criticar a los políticos. No le fallen a la democracia, porque en ello nos van las libertades civiles y quién sabe si algo más. 

TE RECOMENDAMOS
Compartir: