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El escepticismo suicida
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El escepticismo suicida
Poco han servido los llamados de autoridades
30 Abr | 2020
Por: Sergio Ortiz
El escepticismo suicida
Poco han servido los llamados de autoridades
Sergio Ortiz por: Sergio Ortiz
Abr 30, 2020
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El fenómeno social se repite en distintos momentos y lugares. El 9 de abril, por ejemplo, miles de mexicanos asistieron al mercado La Viga para comprar pescados y mariscos, como un modo de simbolizar el dolor por la muerte de Cristo. El suceso se repite regularmente en tianguis públicos, campos de futbol o en las calles de los barrios populares de la capital. 

De poco han servido los múltiples llamados de las autoridades sanitarias de México a mantener “Susana distancia”. La tradición de comprar productos del mar en las centrales de abasto del país durante la Semana Santa o la costumbre de celebrar la fiesta de quinceaños en carpas improvisadas en calles de algunas colonias populares han sido más fuertes que cualquier llamado urgente al cuidado individual y colectivo de la salud en esta época marcada, por desgracia, por la propagación del coronavirus. 

¿Cuál es la explicación de este comportamiento colectivo? Múltiples respuestas se han ofrecido. La más socorrida, por lo menos en redes sociales, consiste en condenar este comportamiento imprudente. Un ramillete de mentadas de madre, denuncias por la inconsciencia e ignorancia de la gente y otros calificativos han florecido en las redes. Y no es para menos, la irresponsabilidad de algunos puede acabar perjudicando la salud de todos. 

Sin embargo, la comprensible molestia que se ha generado frente a este temerario comportamiento individual y colectivo no alcanza para descifrar las claves del singular acontecimiento. El enojo ayuda mucho a desfogarnos en lo privado, pero poco contribuye a comprender los fenómenos públicos. 

Sospecho que el insuficiente cumplimiento de los llamados públicos a “quedarse en casa”, no solo es resultado de la inconsciencia y/o ignorancia de algunos, sino es un producto indeseable de un peculiar escepticismo que se ha venido cultivado en los humores públicos de muchos mexicanos

Una parte importante de los mexicanos no cree en la existencia objetiva del coronavirus, porque la percepción subjetiva de este virus es resultado de una narrativa poco confiable: aquella que proviene del vientre del Estado, el gobierno o los medios de comunicación. Si mis familiares, vecinos o conocidos cercanos no se han infectado por ahora del virus, es por la sencilla razón de que éste no existe, razonan en su interior. No hablo, obviamente, de las personas que salen a las calles a “ganarse el pan de cada día” y con ello alimentan las estadísticas de la economía informal, sino de aquellos miles de individuos que transitan sin motivo alguno por las calles.

La epidemia del coronavirus no solamente ha sacado a relucir las debilidades del sistema de salud mexicano o las mezquindades de ciertas élites económicas, sino también ha puesto en evidencia la profundidad del escepticismo que permea hoy en día en amplias capas de la población mexicana. 

Creo que una franja importante de mexicanos (¿de qué tamaño?) ha dejado de creer en los signos vitales de la vida pública. El más importante de ellos: la credibilidad. Sin la mínima credibilidad en las acciones y programas del gobierno, sin la minúscula confianza en las voces plurales de los actores sociales, sin la credibilidad elemental en los mensajes de los medios de comunicación, no es posible mantener vigente una esfera pública que garantice otras de sus dimensiones constitutivas como son la colectividad o la accesibilidad. 

No es un asunto de fifis o de chairos, ni de izquierda o derecha. La confianza pública en la era del coronavirus parece que alcanza nomás para los integrantes de la familia y conocidos. No da para más

Pensamos que el desencanto social que se venía manifestando en México tenía como destinatario principal a la democracia (la famosa “desafección democrática”). Pero con la llegada de la epidemia del coronavirus hemos descubierto, con preocupación, que el malestar social es más profundo de lo que sospechábamos, pues se encuentra asociado con uno de los principios básicos de la Modernidad: el principio de la mínima confianza secular en la relación entre gobernantes y gobernados, entre esfera pública y esfera privada.

¿Cuáles son las fuentes que han alimentado el escepticismo mexicano? Décadas de desigualdad y pobreza, corrupción e impunidad, violencia e inseguridad, entre otros, han prendido el fuego que atiza la desconfianza social hacia las distintas formas de lo público. 

Si no se atienden estas antiguas y profundas deudas sociales, difícilmente podrá revertirse esta espiral de desconfianza. El problema en la actualidad, en todo caso, es que este escepticismo suicida y quizá inconsciente de no pocos mexicanos, se cruzará tarde o temprano con la terrible realidad. 

Los contagios del coronavirus crecerán y los escépticos de hoy descubrirán súbitamente, en los días próximos, que el Estado, el gobierno y los medios de comunicación no mentían. Por única vez dijeron la verdad. No mintieron sobre la existencia de un peligroso virus porque empezaron a conocer de casos cercanos de contagio. Esperemos que la dialéctica negativa del escepticismo suicida de hoy ocupe las preocupaciones del mañana.

@ortiz_leroux

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