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¿El México que merecemos?
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¿El México que merecemos?
Somos parte del problema, no inocentes
27 Jul | 2020
Por: José Ignacio Rasso
¿El México que merecemos?
Somos parte del problema, no inocentes
José Ignacio Rasso por: José Ignacio Rasso
Jul 27, 2020
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Trataré de hablar en primera persona porque existen dinámicas cotidianas, silencios y decisiones personales que debilitan el México que sobrevivimos. 

Porque así como nos sumamos a causas aludiendo que todos somos uno, hoy todos somos corresponsables. Copartícipes de un país que fuimos creando por décadas. Cómo señala Géraldine Schwarz: “No es necesario trabajar directamente al servicio de un sistema injusto para ser cómplices de él”.  

 Cada uno sabrá la medida y la dosis en que mis palabras le corresponden. No se trata de humillar. No soy ejemplo de trayectoria ni vengo a señalar culpables. Creo que todos somos una pieza del país que hoy sufrimos. Y si a alguien le queda el saco, que se lo ponga.

 Porque usamos contactos para alcanzar fines a través de atajos. Porque nos hacemos de la vista gorda cuando un amigo golpea a su novia. Porque aprovechamos el oportunismo de comprar barato al que tiene urgencia

Por meternos en la fila porque somos más “listos” que los otros, por quedarnos el cambio. Por dar propina y estacionarnos en doble fila, por ser los primeros en organizar un grito homofóbico en el estadio, por colgarnos de un diablito para tener luz o reírnos cuando alguien dice que “Palacio Nacional huele a tlacoyos”. 

Sean causas nobles, denigrantes, justificables o no. Sean pequeñas o grandes. La costumbre y el hábito va creando la sociedad que hoy mismo nos aplasta.

 ¿Y quién nos obligó a decirlo o hacerlo?

 No sólo son los gobiernos, presentes o pasados, los que nos tienen hundidos en esta realidad. Tampoco pretendo quitar responsabilidades directas ni reducir el peso específico de las personas, grupos e intereses que han causado en mayor proporción la tragedia que vivimos. 

Mi intento es dejar un discurso latente que nos siga por las calles, un ejercicio de autocrítica por la sociedad que somos y la complicidad que tenemos en la desigualdad, corrupción e injusticia.

 Somos parte del problema. Y nos consideramos inocentes.

 Porque hace mucho tiempo en México lanzamos la primera piedra con una mano y escondemos el soborno con la otra. Porque hace poco tiempo rodeábamos a los “Duartes y Lozoyas” de nuestra colonia buscando que alguna migaja nos salpicara

Porque hace mucho tiempo los niños en los camellones son parte del paisaje que pasa inadvertido. Porque hace mucho tiempo hablamos de justicia y le regateamos centavos al artesano. Porque hace mucho tiempo sentenciamos al corrupto y no pedimos factura. Porque hace mucho tiempo rechazamos la narco violencia y compramos al “dealer” más cercano.

 Y es que hace tiempo la desigualdad es violenta y la inconsciencia es el impulso que la fortalece. Hoy, no querer ver las cosas, es un acto perverso.

 Porque soy parte de la polarización de la que hoy me quejo. Porque soy parte del machismo que hoy mata. Porque soy la palabra que construye el discurso clasista. Porque soy la mirada racista que discrimina.

 Porque en México no sólo duele la sangre derramada del pasado, sino que seguimos lacerando heridas del presente. Pieles que no han cicatrizado, privilegios que abren puertas sin mérito, comunidades aisladas, feminicidios que siguen siendo ignorados.

Y élites económicas que no han dejado sus ínfulas de seres superiores. Castas divinas en un mundo supuestamente igualitario.

 Y es que podremos estancarnos en la búsqueda de otros culpables y decir que tenemos el gobierno que merecemos en un sentido meramente peyorativo. Que la estrategia de López Obrador es arcaica, resentida y equivocada. 

Pero tampoco veo que Peña Nieto fuera la voz de todos o que los gobiernos de Felipe Calderón y Fox fueran la alternancia esperada. Y mucho menos que los años y años de gobiernos priistas fueran la cara del México que nos enorgullece. 

Si, ellos son en gran medida responsables, pero no son los únicos.

 Asumamos que tenemos un papel en esta historia, un perdón por pedir y un cambio por hacer.

 

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