Columnas
Foto: Isabel Mateos/Cuartoscuro
El río y el muro
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El río y el muro
La tragedia constante de los migrantes
13 Jun | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
El río y el muro
La tragedia constante de los migrantes
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Jun 13, 2019
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Entre 2011 y 2013 me asomé al río más caudaloso que recorre México: el río de la migración centroamericana. Conversé con decenas de migrantes en los albergues de Tenosique, Ixtepec y Saltillo. Me acuerdo de Isaac y su pecho marcado por cicatrices de balazos.

Le habían disparado las maras y vivía en un cubito de metal verde en el albergue de Ixtepec, apretujado junto a su mujer y su hijo, con la esperanza de que México le diera una visa de refugiado. O de Susana (he cambiado el nombre) una chica joven y guapa también en Ixtepec, a quien violaron dos semanas después de que yo la conocí. Escuché relatos de secuestros masivos. A los migrantes los mutilaban, humillaban o los usaban como entretenimiento —en una suerte de circo romano— en casas de seguridad de sus captores.

Esa tristeza se alternaba con la tenue alegría de lo cotidiano: los recuerdo cazando iguanas —las llamaban garrobo— en Tenosique, y luego cocinándolas en el albergue “la 72”. Los vi tomar clases de aerobics o jugar damas inglesas en el albergue de Saltillo. Los albergues eran un remanso para los migrantes.

Afuera, México significaba persecución: los perseguía la migra y el Ejército, las policías locales y federales, y hasta ejércitos privados: los guardias de los trenes, llamados garroteros, que los bajaban a macanazos de la bestia. Eso sin contar a los Zetas, maras, chapos y el largo etcétera de las mafias de polleros y secuestradores que los retenían, extorsionaban y a veces mataban. Para las mujeres migrantes el riesgo de ser violadas en México era casi una certeza, un trámite por el que debían de pasar.

Los albergues daban un respiro a esa cacería. Los dirigían monjas, sacerdotes o laicos de dos tipos: los que hacían una denuncia pública y los que no. Entre los primeros se volvieron famosos Alejandro Solalinde de Hermanos en el camino, de Ixtepec; Fray Tomás González, de la 72 de Tenosique, y Pedro Pantoja, de la Casa del Migrante de Saltillo. Estos curas convirtieron la solidaridad en una denuncia política.

Denunciaron al Estado mexicano como cómplice por omisión de los secuestros de migrantes: los secuestros eran el muro de muerte y terror que el Estado mexicano toleraba para detener a los migrantes. Alejandro Solalinde se lo dijo con claridad a Carlos Martínez, del diario digital El Faro: “México no puede, le da vergüenza y no tiene valor para hacer un muro de una vez por todas y sellar la frontera, que sería lo más honesto, porque sabe que si lo hiciera no tendría cara para exigir que quitaran el muro en el norte, pero, además, tampoco podría exigir una reivindicación para los migrantes mexicanos en el norte, entonces lo que hace es una política de Estado por colusión o por omisión, como son los secuestros”.

Andrés Manuel López Obrador dio el salto de calidad. No concedió ni un segundo, ni un mínimo esfuerzo, a enfrentar la extorsión de Donald Trump. Temeroso del fantasma de los aranceles, accedió a sellar la frontera sur.

El muro ahora está en México, lo pagaremos los mexicanos y tiene uniforme de Guardia Nacional, Ejército y Marina. Nuestros soldados van a combatir a un éxodo de desarrapados: a mujeres pobres que sobrevivían de vender aguas frescas en las calles, a jóvenes condenados a muerte por las pandillas, a niños que nacieron en pueblos sin escuelas o sin maestros. Honduras, el principal expulsor de migrantes de América Central, es un país devastado: en los noventa el huracán Mitch destruyó buena parte de su infraestructura; en 2009 padeció un golpe de Estado y en 2017 el presidente Juan Orlando Hernández se impuso entre acusaciones de fraude electoral. Estuve en Progreso, Honduras, en 2016, y prácticamente cualquier persona con la que conversé —salvo activistas y defensores de derechos humanos— se preparaba para emigrar a los Estados Unidos. Se sentían asfixiados: bajo la extorsión permanente de pandillas y paramilitares, y sin perspectiva de empleo o movilidad social. Hablaban de una oligarquía que controlaba el país —150 familias— que volaban a hacer el supermercado a Miami.

En su primera crisis política, López Obrador cedió todo y no obtuvo nada a cambio. Aceptó el plazo humillante de mes y medio para detener la migración o de lo contrario nos someterán de nuevo con el fantasma arancelario. “La mejor política exterior es la política interior”, solía decir el Obrador cuando estaba en campaña. Sin mayor esfuerzo que la amenaza, Donald Trump nos ha sometido en ambas.  

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