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El T-MEC y la disputa por la nación
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El T-MEC y la disputa por la nación
El triunfo neoliberal en la 4T
18 Dic | 2019
Por: Facundo González Bárcenas
El T-MEC y la disputa por la nación
El triunfo neoliberal en la 4T
Facundo González Bárcenas por: Facundo González Bárcenas
Dic 18, 2019
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En 1981, Rolando Cordera y Carlos Tello publicaron un libro titulado México, la disputa por la nación: perspectivas y opciones de desarrollo. En este texto los autores plantearon que en México se enfrentaban dos proyectos políticos, ambos engendrados por la Revolución Mexicana: el proyecto nacional-popular y el proyecto desarrollista. 

Estos proyectos se mantuvieron vigentes durante los diversos gobiernos posrevolucionarios; a veces el proyecto nacional-popular tomaba ventaja, por ejemplo durante el gobierno de Lázaro Cárdenas. En otras ocasiones el proyecto desarrollista era favorecido, como sucedió en el gobierno de Miguel Alemán, pero en todos los gobiernos ambos proyectos convivieron y mantuvieron viabilidad aun con las tensiones propias de concebir para México futuros diferentes.

El proyecto nacional-popular pugnaba por un desarrollo independiente que preservara y consolidara la soberanía nacional, por lo que las nacionalizaciones y la intervención del Estado en la economía, sobre todo en áreas estratégicas, era el camino a seguir, aun cuando también se reconocía la importancia de los empresarios nacionales en el marco de la rectoría económica del Estado

Por su parte, el proyecto desarrollista concebía a los empresarios nacionales y extranjeros como la palanca fundamental del desarrollo económico, por lo que simpatizaba con las inversiones extranjeras, las privatizaciones, la desregulación y la apertura comercial. Ideológicamente, mientras el proyecto nacional-popular miraba hacia el resto de América Latina, el proyecto desarrollista lo hacía hacia Estados Unidos.   

Por ello, cuando durante la presidencia de Carlos Salinas de Gortari se iniciaron las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, prácticamente todas las corrientes de izquierda se opusieron rotundamente. Sostenían que debido a la asimetría entre la economía mexicana y la estadounidense, no obstante los periodos de transición y salvo excepciones, las empresas mexicanas quebrarían o serían absorbidas por las empresas extranjeras que se asentarían en nuestro territorio, lo que llevaría a una mayor dependencia económica de México hacia Estados Unidos y podría cancelar la vía de desarrollo independiente.  

Ya antes, las políticas de ajuste neoliberal en México habían privatizado gran número de empresas del Estado, y después de la firma del TLC esta política privatizadora continuó hasta acumular cientos de empresas paraestatales que pasaron a manos privadas, algunas de ellas estratégicas para el desarrollo del país y que fueron el origen de las grandes fortunas de los nuevos ricos. 

Banca, minería, siderurgia, petroquímica, aviación, telefonía, televisoras, abasto de productos básicos y muchas otras ramas de la economía pasaron a ser patrimonio de la llamada iniciativa privada. 

Prácticamente sólo la industria petrolera y la eléctrica continuaron como empresas paraestatales, aunque los diversos gobiernos aplicaron decisiones que debilitaron a estas empresas hasta, finalmente, lograr su apertura al capital privado, nacional y extranjero, con las reformas estructurales de Peña Nieto, en el marco del Pacto por México.

Hoy México es muy distinto de lo que fue antes del ajuste neoliberal, de 26 años de operación del TLC y de su incorporación a la economía global. Durante los cinco lustros de vigencia del TLC se construyó una nueva estructura económica, íntimamente articulada a la economía estadounidense, de manera que hoy es posible hablar de un sistema económico norteamericano, por lo que las cuentas “nacionales” deben relativizarse. 

Si este fue el resultado del TLC, ante su nueva edición ampliada y revisada, el T-MEC, debemos esperar una mucho mayor profundización, quizás irreversible, de esta integración entre México y Estados Unidos, si bien con México en un papel subordinado como lo ilustran los continuos chantajes de Trump.

La historia de México es la historia de una nación que se ha hecho y se sigue haciendo a contrapelo de los afanes hegemónicos de Estados Unidos, en resistencia a las presiones y los intereses norteamericanos que pretenden absorbernos o tratarnos como su patio trasero. 

Todos los presidentes mexicanos, de una u otra inclinación política, han tenido que enfrentar las presiones, los chantajes y las amenazas de Estados Unidos, pues ninguna otra nación en desarrollo tiene la fatalidad geográfica de compartir una frontera tan grande con la principal potencia económica y militar del mundo. Esa resistencia ante Estados Unidos constituye una rica experiencia que debiera ser consultada por quienes hoy son gobierno. 

Sin duda, el triunfo actualmente pertenece al proyecto desarrollista y a su nueva versión, el neoliberalismo, aun cuando México tiene un gobierno autoproclamado de izquierda, pero que a pesar de esa ubicación política ha puesto todos sus esfuerzos en la firma del T-MEC, lo que marca una ruta histórica hacia nuestra integración con Estados Unidos. 

En este ámbito, la autodenominada Cuarta Transformación no parece ofrecer alternativa frente al proyecto neoliberal triunfante. 

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