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Elena y Octavio
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Elena y Octavio
Garro y el precio de ser mujer
09 Ago | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
Elena y Octavio
Garro y el precio de ser mujer
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Ago 09, 2019
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¿Cómo leer a Elena Garro y a Octavio Paz después del #MeToo y de la (segunda) derrota del PRI? Con Elena Garro se disipan antiguos nubarrones: si el boom hubiera admitido mujeres, ahí debió estar Garro. Sus novelas son tan buenas como las mejores de Carlos Fuentes y su teatro rivaliza con el de Sor Juana. Elena Garro fue la princesa de las letras mexicanas.

Además de genial era hermosa. “Tenía las piernas de Marlene Dietrich” (recuerda Poniatowska). Escucharla era fascinante, ya fuera por la agudeza de sus respuestas o porque se mofaba de otros escritores. Eran memorables sus imitaciones de Neruda o Siqueiros.

Junto con el reconocimiento unánime, Garro era una mujer de poder. A su casa llegaban arreglos florales del presidente Díaz Ordaz y de sus secretarios de Estado. Era una defensora de los campesinos pobres, a quienes ayudaba a recuperar las tierras que les despojaban los políticos o los millonarios. Vestida de pieles y perlas, caminaba al frente de contingentes de campesinos por el Paseo de la Reforma hacia las oficinas de asuntos agrarios.

La caída de Elena Garro es quizá la caída más estrepitosa de la literatura mexicana. En media hora su vida pasó del cenit al infierno, de la gloria a la infamia. En 1968 Garro militaba en la causa de Carlos Madrazo, un priista que había querido democratizar al PRI. Madrazo decía: que ya no sea el presidente de la República el que elija (o apruebe) a todos los candidatos del PRI. Mejor que el PRI tenga elecciones internas para elegir candidatos. Obvio que la propuesta no le gustó a Díaz Ordaz.

Vino el Movimiento Estudiantil de 1968 y Garro, en su ingenuidad política, lo leyó muy mal. Creyó que se trataba de una conspiración de políticos e intelectuales para afectar a los priistas democratizadores como Madrazo. 

Escribió artículos donde sostenía esa tesis y se presentó al Consejo Nacional de Huelga a provocar a los estudiantes. Les dijo que eran una borregada, que los intelectuales los usaban para mantener su huesito y otras barbaridades. El 5 de octubre de 1968, unos días después de la masacre de Tlatelolco, el dirigente estudiantil Sócrates Campos Lemus, desde el Campo Militar Número Uno, compareció ante la prensa y dijo: fuimos manipulados por Carlos Madrazo y Elena Garro, ellos son los auténticos conspiradores detrás del Movimiento Estudiantil (Campos Lemus afirma que fue torturado para que diera esa versión). 

Elena Garro entró en pánico. Convocó a los medios para desmentir la calumnia. 

Cuando le preguntaron entonces quién estaba detrás del Movimiento respondió: los intelectuales. Y, según los diarios, señaló a Octavio Paz, su exmarido, a Luis Villoro, Carlos Monsiváis, Leonora Carrington y una larga lista. Esa media hora le costó la expulsión de la república de las letras. Se convirtió en la apestada oficial. Ni sus amigos más íntimos le abrían la puerta. Además de su absurda confesión, a Garro le cobraron su franqueza descarnada. Era una mujer que decía lo que pensaba, y pensaba que la mayoría de los escritores mexicanos eran mediocres en lo literario e hipócritas en lo político, que se decían críticos y revolucionarios, pero estaban en la nómina del gobierno. Ese tipo de declaraciones fueron las que le cobraron tras su desbarre del 68.

Garro se autoexilió en Estados Unidos, España y Francia. Acompañada de su hija Helena Paz Garro, conoció el hambre y la miseria, vivió en albergues de indigentes y fue condenada al olvido y al desprecio. Al mismo tiempo que ella descendía al descrédito, su exmarido Octavio Paz se consagraba como el emperador de la cultura mexicana. 

Por eso la pregunta al principio de este texto, ¿cómo leer a Garro y a Paz a la luz del #MeToo y de las alternancias políticas? Si hubiera vivido en nuestra época, Octavio Paz hubiera aparecido en el #MeToo. Aclaro: nunca —que se sepa— violó o golpeó a Elena, pero ejerció sobre ella un control emocional. Aun antes de que se casaran, en 1937, le prohibía usar pantalones, hacer teatro, participar en política, ir a la universidad (se conservan sus cartas). “Un matrimonio temprano me impidió, con decisión férrea, la cercanía con las tablas”, escribió Garro. 

Paz renunció a la embajada de México en la India el 3 de octubre de 1968. Fue un gesto valeroso del único funcionario que dejó su empleo en protesta por la masacre de Tlatelolco. Pero apenas al sexenio siguiente, se volvió a alinear al régimen del PRI con Luis Echeverría y acompañó ideológicamente la conversión del PRI al neoliberalismo y aplaudió a Carlos Salinas y sus reformas. Con una diferencia de meses, Paz y Garro murieron en 1997; uno, velado en el Palacio de Bellas Artes; la otra, olvidada y enferma, con una docena de amigos en su sepelio.

A 50 años del 68 y con el PRI convertido en una caricatura de sí mismo, Elena Garro vuelve a ser leída. No sólo su fascinante Los recuerdos del porvenir sino algunas novelas posteriores como Y Matarazo no llamó o Reencuentro de personajes. Se acaba de reeditar sus buenísimas Memorias de España, 1937

Pionera en hablar de feminicidios y violaciones, precursora del realismo mágico, narradora de la violencia masculina, Elena Garro reclama de nuevo su trono en la literatura de habla española. 

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