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Cuestione | Entonces, ¿quién manda aquí?
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Entonces, ¿quién manda aquí?
¿No se va a permitir la corrupción en México?
05 Nov | 2018
Por: Gaznápiro Franco
Entonces, ¿quién manda aquí?
¿No se va a permitir la corrupción en México?
Cuestione | Gaznápiro Franco por: Gaznápiro Franco
Nov 05, 2018
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Hace 15 años, Andrés Manuel López Obrador, entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, había convertido las conferencias mañaneras en un poderoso mecanismo de comunicación y difusión basado en el contacto directo con los reporteros. Aquel era el principal articulador de un discurso dicotómico en el que él mismo era uno de los componentes y el otro, opuesto, los corruptos.



Viene a colación la anécdota a propósito del mensaje en video que difundió el martes pasado tras el anuncio del día anterior de que cancelaba las obras del aeropuerto de Texcoco, y que ya es conocido como el mensaje “¿Quién manda aquí?”, por haber incorporado de manera deliberada la portada de un libro con ese título.



Está claro que, con pequeñas variaciones, aquella dicotomía será el eje del discurso justificador de muchas de las decisiones complicadas del sexenio que está por empezar. Y queda claro porque ya fue una de las principales líneas de ese mensaje: “no se va a permitir la corrupción”.



El presidente electo tiene, de cara a un sexenio que todavía ni arranca y con el bono de poder aún sin merma, todas las de ganar —aunque los afectados lo archiven en el cajón de cuentas por cobrar—, porque en el ánimo popular, en el sentir público, está más que arraigada la percepción, justificada o no, de que todo lo próximo al poder, ya sea político o económico, está contaminado en mayor o menor grado por la corrupción.



Opera a su favor la reafirmación de ese resorte de moralidad que AMLO ha sabido atar a su imagen y  acciones y que le permite tender velos de duda sobre las acciones de otros —últimamente por ejemplo, sobre la calidad de la crítica de la “prensa fifí”.



Por lo pronto, tras el mensaje de “¿Quién manda aquí?” sembró ya en los terrenos de la construcción de las percepciones que detrás de la decisión de frenar el aeropuerto de Texcoco había intenciones inmobiliarias cuestionables y oscuras de quienes pretendían en los predios del actual aeropuerto que después quedarán ociosos, “hacer un Santa Fe”.

Vale la pena hacer un paréntesis para recordar que si bien en algún momento Santa Fe fue sinónimo de negocios oscuros, uno de sus beneficiarios de ese polo de desarrollo habitacional de lujo y de corporativos fue él mismo y su causa política, pues fue gracias a la permuta de predios de esa exclusiva zona a cambio de obra pública que se construyeron los puentes de Los Poetas, una de las obras insignia de su administración.



Hoy, es preciso entender que salvo que se quieran montar en un litigio que significa confrontación, muchos actores empresariales involucrados en las obras de Aeropuerto de Texcoco llevan las de perder y no solo por el inmenso poder que las urnas le dieron a AMLO, sino por la capacidad de éste de articular un mensaje constante divisivo y polarizante que funciona como un constante reafirmador y motor de aceptación pública de sus determinaciones, por muy arriesgadas y hasta costosas que puedan ser.

En las famosas conferencias mañaneras de hace 15 años el enemigo era ya la mafia del poder encarnada en personajes relevantes de la política de entonces, “el innombrable”, como se refería al expresidente Carlos Salinas de Gortari, Diego Fernández de Cevallos, Claudio X. González...



En el caso del aeropuerto la dicotomía sufre una pequeña variación: hoy trata de establecer una forzada diferenciación entre “poder económico” y “poder político” que debe entenderse como Presidente electo contra cabezas del gran capital. El primero, en esa lógica, es resultado de una decisión del pueblo y por lo tanto está en un nivel moral y políticamente superior al conferido por el dinero. 


En ese entorno de significaciones, el dinero no es entendido como resultado del esfuerzo, el emprendimiento, el riesgo y la disciplina empresarial, y tampoco funciona el argumento de la historia que subyace en los grandes consorcios constructores de la infraestructura que ha cambiado el rostro al país; aquí desafortunadamente dinero se entiende como fruto de una acción inescrupulosa.

Que esta forma de entender la realidad puede tener varias objeciones es cierto. ¿Cómo se podría justificar la proximidad de un empresario como lo es José María Riobóo en el primer círculo de decisiones del nuevo gobierno?  ¿Es una incongruencia? Puede ser. Sin embargo, este discurso tiene la salida funcional: las llamadas “honrosas excepciones”. 


Por eso quizá más pronto que temprano, —como dijimos, archivando la afrenta de la cancelación en el cajón de facturas por cobrar—, por sobrevivencia, algunos grandes empresarios decidan entrar en esas "honrosas excepciones" y ponerse a construir, como en su momento ocurrió con los puentes de Santa Fe, las obras insignia de la futura administración.

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