Columnas
Foto: Pixabay
La mamá del retrovisor
Columnas
La mamá del retrovisor
Siempre se puede volver a comenzar
18 Sep | 2019
Por: L’amargeitor
La mamá del retrovisor
Siempre se puede volver a comenzar
L’amargeitor por: L’amargeitor
Sep 18, 2019
Compartir

Hoy estaba en un semáforo esperando avanzar. 

Viendo por el espejo retrovisor, pude observar a una mamá completamente desgobernada, manoteando, furiosa, roja, gritando sin ningún control, junto, un chavito de 12-13 años mudo, viendo por la ventana, completamente desesperanzado, probablemente en modo lluvia, completamente aplastado. 

Se me rompió el corazón tantito al comprender que yo también he sido esa mamá: rebasada, exhausta, explotando todas mis frustraciones sobre ese pobre inocente y que nunca, ni una vez, me he tomado el tiempo de observar a la personita que está junto a mi mientras yo he perdido toda la compostura y en aras de mi jerarquía, lo he atropellado. 

Esa personita que viene saliendo de la escuela, de la clase, de lo que sea, cansad@, con hambre, con sus propios retos y angustias esperando ese momento del día en donde por fin estará a salvo en casa, y en cambio, se le aparece el monstruo que, muy lejos de darle paz, lo hace completamente pedazos. 

#TodoMal

¿Cuántos de nosotros los regañamos por cualquier pendejada antes que saludarlos cuando los recogemos en la escuela? ¿Cuántos en la primera cuadra? ¿A los 5 minutos de estar en el coche con ellos o recién levantados?

Levanten la mano 

Siempre escribo sobre lo importante que es limitar, aventarnos los tiros, decir no y hacer todo lo que tengamos que hacer para que no se salgan del huacal. Sí. Pero igual (¡o más importante!) es saber contenerlos, serenarlos, aceptarlos como son, ayudarlos a sentirse bien con ellos mismos y enseñarles a auto regularse (¡obvioooo, con el ejemplo y regulándonos primero nosotros!).  

Me parece que estamos yéndonos a los extremos entre inflarles el ego a lo pendejo, ser unos barcos, o educarlos bajo un régimen militar. Y, ¿les digo una cosa?: claro que nuestros hijos necesitan saber que alguien está a la cabeza, eso les da seguridad; pero paralelo a eso necesitan mucho, mucho, muchísimo amor, apapacho, validación, chance de cagarla y saber que pase lo que pase el amor de sus papás nunca estará en riesgo. 

Acuérdense que:

  1. En la mayoría de los casos, elegimos tenerlos, así que ¿qué creen? Nos toca asumir esa decisión y no cargarles a ellos ningún tipo de culpas ni cuentas por pagar. No nos deben NADA.
  2. Son niños. Están completamente a merced de nosotros y no debemos nunca abusar ni olvidar que son personas y que, sin importar su edad, merecen todo nuestro respeto.
  3. Crecer cuesta mucho trabajo (pregúntennos a los de casi 50 que seguimos batallando) el proceso de conocerte, definirte, navegar por las hormonas y encontrar tu lugar en el mundo no es sencillo y, lejos de abrumarlos o hacerlos sentir unos inútiles, la chamba es ayudarlos a encontrar su camino. 

Nuestro papel principal es nutrir. Alimentarles el alma de certezas, ayudarlos a identificar sus fortalezas (y también sus debilidades) darles la confianza para seguir sus sueños y que puedan realizar sus proyectos. Enseñarles a levantarse cuando se caen (¡ojo que no hacerlo por ellos eso solo los va a inhabilitar para el futuro! ) y simplemente acompañarlos y entender sus procesos, sus momentos, su humores…

¿Se acuerdan de lo absolutamente asqueroso que era ser adolescente? ¿Del miedo a no pertenecer? ¿De la angustia de que tu amiga ya no fuera tu amiga? ¿De la presión de cómo te veías? ¿De no gustarle al niño? ¿De sí gustarle? ¿De pedirle que fuera tu novia? ¿O decirle a tu papá que reprobaste matemáticas o que tu mamá estuviera furiosa contigo? ¿Se acuerdan de la soledad? ¿De lo raro que era ver que te salían bolas, pelos, granos por todos lados y encima no entender por qué querías matar a tu hermano y agarrarlo a besos en espacio de dos segundos o de lo vergonzoso que era que tu mamá fuera tu mamá? ¿Se acuerdan de cómo podías odiar a alguien solo por respirar o llorar sin entender por qué durante horas y, seis segundos después, sentirte Superman y quererte comer el mundo de un bocado? ¿Se acuerdan de las ganas de meter la cabeza en un agujero y nunca más salir?... ¿Se acuerdan?

Yo sí me acuerdo y, sin embargo, se me olvida que mis hijos están hoy en ese momento

Por eso, hoy que vi a esa mamá completamente desgobernada me dieron ganas de bajarme a abrazar a ese niño y decirle que su mamá en realidad lo quiere un chingo y que muy probablemente lo que le pasa en ese momento ni siquiera tiene que ver con él, sino que la vida la tiene un poco rebasada.

Y, abrazarla a ella y decirle que, en serio, nada es tan importante, que las cosas que requieren de un límite contundente nunca deben de ser planteadas con gritos ni bajo la ley del terror (lo que menos queremos es que nos tengan miedo, sino que entiendan las razones y las consecuencias de las cosas) pero sobretodo, que en muy poco tiempo su chavito ya no va a estar ahí sentado y necesita aprovechar cada minuto. 

Tenemos que entender lo crucial que es nuestro peso en su vida. Lo rápido que se van a ir y lo abrumadores que podemos ser para ellos. El enorme factor de estrés y toxicidad que podemos meter en sus vidas si lo único que hacemos es gritarles todo el día y les damos la sensación de que lejos de disfrutar estar con ellos, los padecemos.

Sí, la vida es abrumadora y estamos, todos, en chinga, cansados, preocupados, ajetreados, rebasados, con un circo de 6 pistas permanente, llenos de responsabilidades, de angustias, de actividades. Sí, pero nuestros hijos no tienen la culpa de nada, si acaso, son un bálsamo y lejos de estar peleándonos con ellos permanentemente necesitamos usarlos como nuestra quimioterapia para sanarnos cada día y cargarnos de energía para seguir avanzando. 

¡Claro que hay que educar! ¡Por supuesto que es indispensable ponerse rudo de vez en cuando! El jefe siempre somos nosotros. 

Pero podemos elegir ser un jefe cercano, amoroso, más  paciente. Firme, que lejos de destruir, construya. Y que sepa que, a veces, la manera de encontrar es perder y la manera de aprender es equivocarse y que les permita hacerlo. 

Un jefe con la disposición de escuchar y aceptar que las personas a su cargo puedan ver la vida diferente y proponer nuevos caminos. Un jefe que incluye y no que enseña a discriminar o aplastar. Un jefe que contenga, que abrace, que sepa reírse de él mismo y de las situaciones. Un jefe que sepa contenerse y jamás abuse de su autoridad para manipular o lastimar al otro y, sobretodo, un jefe que ame su trabajo y sepa que tenerlo es el privilegio más grande que le vida le ha dado.

Así que la siguiente vez que vayas por tu hijo a la escuela, a la clase, a decirle buenos días, enfócate en lo que sí importa, en conectarte, en hacerlo sentir querido y apreciado, que sepa que pasar tiempo con él es siempre tu actividad favorita y cuando tengas que ponerte serio lo hagas desde ese lugar ….

Y, si eso no te sirve, piensa cómo te verías a ti mism@ si te miraras desde el retrovisor del coche de enfrente. ¿Qué oso, verdad? Mejor, detente, respira, encuentra tu centro y vuelve a comenzar.

 Siempre se puede volver a comenzar.

TE RECOMENDAMOS
Compartir: