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Legitimidad y concentración del poder
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Legitimidad y concentración del poder
De la revolución a nuestros días
04 Dic | 2019
Por: Facundo González Bárcenas
Legitimidad y concentración del poder
De la revolución a nuestros días
Facundo González Bárcenas por: Facundo González Bárcenas
Dic 04, 2019
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En México han existido diferentes tipos de legitimidad. Después de la Revolución mexicana prevaleció la legitimidad revolucionaria, aunque también se cumplía con el expediente electoral, y se inició una tímida obra de justicia social. 

Durante el cardenismo, a la legitimidad revolucionaria se le añadió la legitimidad por eficacia de gobierno al distribuir recursos, bienes y servicios para avanzar en la justicia social. Al transcurrir los años, la revolución como fuente de legitimidad fue quedando atrás, pero vino al rescate la legitimidad por eficacia del gobierno.

Fueron las épocas de la sustitución de importaciones y el desarrollo estabilizador, con elevado crecimiento económico anual y despliegue de una política social que impactaba positivamente la vida de los mexicanos. Como en la época posrevolucionaria, se cumplía con el expediente electoral, aun con irregularidades y fraudes, pero que no llevaban a una crisis sistémica. 

Esto porque la fuente básica de legitimidad era el ejercicio de gobierno y su política social, complementada por el corporativismo y el clientelismo. Así, el PRI pudo gobernar por largas décadas

Más adelante, ante la declinación del modelo de desarrollo estabilizador y la emergencia de nuevos actores como el movimiento estudiantil del 68, tomó forma el llamado “reclamo democrático” con muy diversas manifestaciones, no sólo electorales. 

El panorama se agravó en los años ochenta, la llamada década perdida, en la que México declaró su insolvencia para pagar los servicios de la deuda externa. Las sucesivas crisis económicas llevaron a que el gobierno no tuviera dinero para la política social ni para seguir satisfaciendo la voracidad del corporativismo y el clientelismo. 

La legitimidad revolucionaria ya era recuerdo y la legitimidad por eficacia de gobierno estaba en casi cero, panorama empeorado por el fraude electoral de 1988, lo que marcó la ilegitimidad de origen del nuevo gobierno. 

Sin legitimidad revolucionaria, por eficacia gubernamental o democrática-electoral, el país se acercaba a una crisis de legitimidad que amenazaba con tener afectaciones sistémicas. Fue entonces que se decidió abrir la llave de la única fuente disponible de legitimidad, la democrática-electoral.

Inició así la llamada transición a la democracia, que fue básicamente una transición electoral, que mediante sucesivas reformas y coyunturas electorales a lo largo de casi 30 años nos llevó a un sistema electoral en el que, no obstante sus deficiencias, los votos cuentan y se cuentan, aspiración secular del pueblo mexicano. 

Se logró la alternancia en todos los niveles de gobierno y el pluralismo en los poderes legislativos, y se cimentaron muchas, quizás demasiadas expectativas. 

Históricamente, la transición coincidió con el ajuste neoliberal y la imposición de sus correspondientes políticas públicas que golpearon el nivel y la calidad de vida de la población, por lo que la legitimidad democrática-electoral y no la legitimidad por eficacia de gobierno fue el principal recurso para justificar las decisiones gubernamentales.  

No obstante, las muchas expectativas no cumplidas por la democracia, la ineficacia de los gobiernos para avanzar en la solución de los grandes y persistentes problemas del país, la crisis de inseguridad pública y los escándalos de corrupción redujeron drásticamente la base de legitimidad del pasado gobierno; es decir, amplios sectores de la población retiraron su credibilidad y confianza al gobierno de Peña Nieto y la dirigieron al candidato que hoy es presidente de la República. 

La amplia legitimidad democrática-electoral con la que Andrés Manuel López Obrador llegó a la Presidencia ha sido reconocida por tirios y troyanos. 

La legitimidad de origen lo hace un presidente fuerte, pero para AMLO y sus planes dicha legitimidad no es suficiente, y todos los días trabaja intensamente para incrementarla mediante una incontinencia retórica con la que trata de imponer la percepción de una realidad alterna, muy diferente a la que viven millones de mexicanos, así como a través de la política social consistente básicamente en transferencias monetarias directas. 

Sin duda, entregar dinero a millones de mexicanos le proporcionará otra fuente de legitimidad a López Obrador. Paralelamente, el presidente avanza sin cesar en el proceso de concentrar el poder en su persona.

Elevada legitimidad de origen, detentación personalista del poder, debilidad de los partidos de oposición y legitimidad clientelar dan por resultado una amplia concentración de poder sin contrapesos reales, que puede ser utilizada de manera abusiva y arbitraria al pasar fácilmente por encima de la legalidad y las instituciones. 

Ejemplos sobran en nuestra atribulada historia política.  

 

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