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#MeToo: ¿quién representa a las mujeres?
04 Abr | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
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#MeToo: ¿quién representa a las mujeres?
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Abr 04, 2019
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En los 25 años que he convivido con internet no recuerdo nada igual. El movimiento #MeTooMexico cimbró nuestra convivencia como un sismo. Cayeron las paredes y los techos y detrás de las ruinas se reveló la realidad: la relación entre hombres y mujeres es violenta. Opresivamente violenta.

Varones acostumbrados a explotar su posición de poder, cualquiera que sea. Una verdad tan antigua como la teoría feminista. Ahora, sin embargo, comprobada empíricamente una y otra vez. Las historias de #MeTooMéxico describían toda la gama de violencias de género: del chantaje al secuestro, del acoso laboral a la tortura y la violación.

Nombres cargados de prestigio: poetas, periodistas, cineastas, músicos, académicos, activistas. Mal hecho, dicen los críticos. ¿Y la presunción de inocencia? ¿Y el debido proceso? En efecto, diversas conductas denunciadas debieron —deberían— sancionarse penalmente.

Pero, ¿hablan en serio? #MeToo nos escupe otra verdad: ninguna institución representa a las mujeres. Ni siquiera las que están dirigidas por mujeres (¿la Secretaría de Gobernación, Morena, el PRI?) Levantar una denuncia ante el Ministerio Público, en el mejor de los casos, es una pérdida de tiempo. Suele ser algo peor: una trampa donde el agente del Ministerio Público, el perito, el juez le advierten que está derrotada de antemano, la humillan o repiten el abuso.

¿Algún partido político ha asumido la causa con seriedad? ¿La Cuarta Transformación? Nadie, ninguno. Pocos han sido los medios que se han comprometido en abordar el asunto más allá del escándalo público. La denuncia queda como la herramienta: contar una historia.

Una historia dolorosa, casi siempre traumática: me violó, me golpeó, me encerró, me amenazó, me drogó, me tocó frente a sus amigos, difundió mis fotos íntimas. Lo hizo desde su fuerza física, la manipulación emocional o su prestigio intelectual; desde su posición como jefe, director de cine, estrella de rock, hombre mayor. Ante el pacto de impunidad patriarcal la sanción de la opinión pública surge como único camino.

No era para tanto, dicen unos. Qué molesto es el movimiento, añaden sus críticos. Y es verdad. Molesta. No hay nada más desagradable para el status quo que ver a los oprimidos levantar la cabeza. A los patrones les disgustan las huelgas. A los automovilistas les molestan las marchas y sueñan con domesticarlas y confinarlas a la Ciudad Deportiva para que no afecten el tránsito.

Y sí. Lástima, los movimientos disruptivos molestan. Transformar incomoda. Se tocan y destruyen antiguos intereses. Se modifica una forma de ver la realidad. La esclavitud era buena. La evangelización forzada era buena. El pogromo era bueno. El derecho de pernada era bueno. El abuso sexual y la violencia de género entraban en ese catálogo de explotaciones toleradas, normalizadas, cultivadas. Era fácil.

Uno de los testimonios contaba el caso de un director del diario Reforma: me acosó durante tres años y cuando lo denuncié me despidieron a mí, contaba una periodista. Otras dos denuncias contaban historias similares. La agresión era premiada con impunidad. Hasta que llegó #MeToo y el diario tuvo que echar al acusado.

#MeToo llegó para quedarse. La sociedad le debe una respuesta seria. Una respuesta institucional —del Estado y las empresas— y sobre todo social. Los hombres podríamos mirarnos en el espejo de las denuncias y decir yo también he sido parte de ese sistema. Si he agredido, ¿cómo reparo el daño? Si he sido cómplice, ¿cómo evito la impunidad? Si soy padre, ¿cómo educo a mis hijos en otra cultura? La tragedia que ha envuelto a la discusión en los últimos días podría también iluminar e informar estas y otras preguntas.

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