Columnas
Nadie denuncia por gusto
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Nadie denuncia por gusto
Ya basta
17 Ene | 2020
Por: Yuriria Ávila Guzman
Nadie denuncia por gusto
Ya basta
Yuriria Ávila Guzman por: Yuriria Ávila Guzman
Ene 17, 2020
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Eran las 9:40 de la noche y me encontraba a dos estaciones de mi casa. Escribí un mensaje en mi celular y cuando levanté la mirada noté que un hombre delante de mi, me observaba fijamente. Me llamó la atención que vestía de traje, pero tenía la cremallera abierta y el pene fuera del pantalón apuntando a mi dirección.

Inmediatamente entendí que el hombre quería que notara su presencia y viera su pene. Me levanté y jalé la palanca de seguridad. A pesar de que las luces del metro se encendieron para alertar el vagón del cual solicité ayuda, ningún policía llegó.

El hombre cerró la cremallera y caminó hacia la salida. Lo seguí por una salida alterna y cuando llegó a los torniquetes le indiqué al policía lo que sucedió. El policía lo detuvo y llamó al encargado de estación.

El policía me preguntó si quería levantar una denuncia y me pidieron que, si decidía hacerlo, me mantuviera firme “Si no, nada más vamos a perder el tiempo”, me dijo.

Llamó a otros dos policías que lo esposaron y escoltaron. A mi me asignaron a una policía que en todo momento procuró que estuviera alejada del hombre. El hombre me miraba de manera retadora, me grababa con su celular y gritaba. “¡Está mintiendo! ¡Tiene problemas!” Viajamos 5 estaciones en metro a la Fiscalía Central de Investigación para la Atención de Delitos Sexuales. Eran las 10:15 p.m.

Los policías no conocían la ubicación exacta de la policía, así que caminamos unas cuatro cuadras de más en la dirección contraria. Una persona en la calle nos orientó cómo llegar. Eran las 10:30 pm.

Una abogada me recibió, escuchó mi relato y planteó dos opciones: abrir una carpeta de investigación o llegar a un acuerdo por conciliación con el hombre.

La abogada me explicó detalladamente el acuerdo por conciliación: yo podría pedir la cifra que quisiera por reparación del daño. La conversación sería mediada por una persona de la Fiscalía y sólo yo recibiría asesoría legal. Me dijo que sería una forma de darle una oportunidad al hombre, pero si este era denunciado una segunda vez, la Fiscalía automáticamente abriría una carpeta de investigación. Sentí que la abogada intentaba convencerme de tomar esa vía. 

La segunda opción era iniciar una carpeta de investigación. Tendría que ir con el médico de la Fiscalía para una revisión, con el psicólogo y ellos decidirían si el caso llega a un juez. Le pedí que fuera lo más honesta conmigo y me dijera qué tan probable sería que el hombre recibiera una sanción. Me dijo que, por las características del suceso (no me tocó ni me obligó a ver su pene), era muy probable que, si llegaba al juez, este lo iba a desechar.

De camino a la Fiscalía, la policía que me acompañaba me comentó que recientemente el Congreso de la Ciudad de México aprobó la Ley de Cultura Cívica que tipifica el exhibicionismo como una falta administrativa. Me recomendó preguntarle a la abogada al respecto. Le expliqué a la abogada que lo único que quería es que no resultara impune, fuera cual fuera la sanción. Entonces, me recomendó ir al Juzgado Cívico. Eran las 11:50 p.m.

Durante mi conversación con la abogada, una persona se acercó para comunicarle que contactó a la esposa del hombre, sin embargo, ella decidió no acompañarlo a la Fiscalía. Según me explicó la abogada, son dos las razones de llamar a un familiar o persona cercana: la primera, permitir que el denunciado tenga un acompañante en el proceso. La segunda, alertar a los familiares o personas con quien vive.

Los tres policías, el hombre y yo tomamos una vez más el metro para dirigirnos al Juzgado Cívico Guerrero. El hombre y yo pasamos con el juez para contarle al mismo tiempo lo sucedido. Era la 1:00 a.m.

El hombre negó toda mi historia, pero mencionó que se encontraba en estado etílico y probablemente eso fue lo que me molestó. Tras escuchar nuestras versiones el juez sostuvo que no era posible tomar la declaración si se encontraba bajo influjo del alcohol. Reclamó a los policías por no avisarle previamente.

Los tres policías llevaron al hombre a otro juzgado ya que, a esa hora, ellos no contaban con un médico. Regresaron con el dictamen favorable del médico. A pesar de tener aliento alcohólico, el hombre estaba apto para presentar la declaración. Era la 1:40 a.m.

El hombre negó que yo contara con pruebas de la agresión y pidió que describiera su pene porque, según mencionó, este “tenía una característica única”. El juez mencionó que hacerlo sería revictimizante ya que me haría recordar un evento traumático. También sostuvo que la víctima actúa con buena fe y sus pruebas son sus testimonios.

El juez recalcó que es poco probable que a las dos de la mañana una mujer quiera llevar un proceso en contra de una persona que no conoce, sólo por gusto.

El inciso diez del artículo 26 de la “Ley de Cultura Cívica de la Ciudad de México” califica como infracción contra la dignidad de las personas, “realizar la exhibición de órganos sexuales con la intención de molestar o agredir a otra persona”. La multa es de 11 a 40 Unidades de Medida, 13 a 24 horas de arresto o de 6 a 12 horas de trabajo comunitario.

El juez le dio al hombre la opción de pagar una multa de mil 350 pesos, permanecer 15 horas detenido o realizar 12 horas de trabajo comunitario. Él eligió pagar y sacó una tarjeta para hacerlo. Sin embargo, el único pago permitido en el Juzgado Cívico es en efectivo. Los policías ofrecieron llevarlo en patrulla a un cajero, pero el juez no aceptó ya que podría malinterpretarse como complicidad entre los policías y el agresor.

El juez le propuso llamar a algún conocido para que le llevara dinero, sin embargo, mencionó que no tenía a quién llamar. Si no pagaba la multa tendría que permanecer 15 horas.

A las 2:20 am salí de la Fiscalía sin saber qué decidió, pero me fui satisfecha de que fue sancionado. Aunque la multa fue muy baja, para mi fue simbólica. No quería que ese hombre siguiera pensando que puede mostrar el pene como parte de una rutina y continuar con su vida. No quería que lo hiciera con más mujeres que como yo, sólo buscan regresar a su casa tranquilas.

Tres años antes, de camino al metro Observatorio, un hombre que me esperaba todos los días a las 6 de la mañana, se sacó el pene y me jaló del brazo porque dijo que me quería llevar a comer. Me invadió el miedo y la tristeza por casi dos años. Cambié mi ruta, mi vestimenta, mis horarios y la libertad de moverme sola.

Esta vez, dije “Ya basta” y convertí el miedo en coraje para llevar el proceso hasta las últimas consecuencias. Tuve mucha suerte de tener conocimiento de la ley cívica para poder actuar estratégicamente, que el juez llevó el caso con perspectiva de género y que tuve a una persona cercana que estuvo conmigo en todo el proceso (mi pareja, quien reconoció mi voz quebradiza por el teléfono y se movió inmediatamente a donde estaba).

Sé que mi caso no fue representativo de la justicia que enfrentan diariamente las mujeres. Tan sólo tres días después, una joven fue violada en Azcapotzalco por cuatro policías, estigmatizada, revictimizada después de que filtraron su denuncia y dijeron que mentía.  

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