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Nuevo diccionario de la 4T
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Nuevo diccionario de la 4T
Las palabras, como las piedras, se desgastan
05 Sep | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
Nuevo diccionario de la 4T
Las palabras, como las piedras, se desgastan
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Sep 05, 2019
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“¡Chachalaca!, chachalaca!”, pedía la gente. 

Para entonces el discurso ya llevaba unos 20 minutos. López Obrador ya había fustigado a los gorrones que comían y bebían gratis en el avión presidencial; había dicho que se acabarían los privilegios, se había burlado de Vicente Fox al decir que “de tanto viajar ya se quedó en el viaje”. 

Pero faltaba el momento estelar, el que esperaba la gente: ¡Chachalaca, chachalaca!, le pedían a gritos, y por fin Obrador concedía: “¡Cállese, presidente, cállate, chachalaca!” El público aplaudía con emoción. Era el momento donde el público y el candidato se conectaban.

En 2006 cubrí las campañas de quienes competían por la presidencia. De lejos la de Obrador era la más interesante. La de Felipe Calderón (PAN) se podía cubrir sin quitarse el traje y la corbata: salvo excepciones, sus actos ocurrían en locales cerrados, con aire acondicionado y asistentes que cabeceaban de aburrimiento. Los de Roberto Madrazo (PRI) reflejaban un aparato en decadencia: decenas de camiones de acarreados que medio llenaban algunas plazas donde el PRI tenía gobernador o alcalde. En contraste, López Obrador era el único que se aventuraba a tomar las calles, a tatemarse la piel y empaparse las camisas de sudor. 

Doce años después, en la campaña presidencial de 2018, la escena era la misma, pero habían cambiado los animales. En lugar de la chachalaca el respetable público pedía “¡cerdos y marranos!, ¡cerdos y marranos!”, y el candidato les daba gusto: “son lo mismo fulanos y menganos, puercos, cochinos y marranos...” y otra vez los aplausos y las ovaciones.

López Obrador es el político más elocuente de la historia moderna en México. De la chachalaca al me canso ganso, su discurso refleja su fino oído popular. Andrés Manuel escucha, se apropia y resignifica el lenguaje del pueblo. La fuerza de sus frases pegajosas tiene un ancla profunda: apelan a reclamos adoloridos de millones de personas. Frases que agarran calle porque hablan del anhelo incumplido de justicia e igualdad.

En su reciente Informe de Gobierno López Obrador repitió la frase de Benito Juárez: el triunfo de la reacción es moralmente imposible. La derecha está culturalmente derrotada. La modernización y las reformas estructurales profundizaron la desigualdad. 

López Obrador es inmensamente popular a pesar de sus errores e infortunios. Y en parte se debe a que nadie le ha opuesto un proyecto convincente, un contradiscurso atractivo. El PAN y el PRI están hundidos en sus crisis, peleándose los restos del naufragio y temerosos de que les llegue el próximo citatorio judicial por corrupción. Efectivamente el triunfo de la derecha es moralmente imposible, pero políticamente ganaron el juego. En el obradorismo hay un nuevo diccionario que lo revela. Aquí propongo cinco entradas:

Pacificación: militarización de la seguridad pública, los aeropuertos y hasta los plantíos forestales.

Historia y cultura: exaltación de los indios del pasado —los que ya desaparecieron— mientras se impulsan megaproyectos para someter a los pueblos indígenas que sí existen.

Austeridad republicana: despido de miles de empleados, recortes a salud, cultura y ciencia para pagar la deuda de Pemex.

Separación del poder económico del poder político: los empresarios de siempre ganan todo. No se les toca con el pétalo de una reforma fiscal progresiva. 

Rescate de migrantes: detención y deportación masiva de centroamericanos para que no se enoje Donald Trump. 

Las palabras, como las piedras, se desgastan por el uso. El filo de los conceptos se vuelve liso con los ríos de saliva mañanera. ¿Qué palabras necesitaremos después de este sexenio, si ya Fox volvió banal el cambio y López Obrador habrá frustrado la transformación?

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