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Para (re)pensar la cuarta transformación
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Para (re)pensar la cuarta transformación
El peligro de un proyecto voluntarista
31 Dic | 2019
Por: Facundo González Bárcenas
Para (re)pensar la cuarta transformación
El peligro de un proyecto voluntarista
Facundo González Bárcenas por: Facundo González Bárcenas
Dic 31, 2019
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Con el inicio de un nuevo año muchas personas acostumbran expresar deseos que, en principio, deberán realizarse durante los 365 días siguientes. Al transcurrir ese plazo y acercarse el fin del año es frecuente hacer el balance de lo que se logró y de lo que sólo quedó como deseo incumplido. Como todos sabemos, no es fácil realizar los deseos ni existe la lámpara de Aladino. 

Tanto en la vida personal como en la política el voluntarismo es insuficiente para tener éxito en proyectos de transformación, pues la voluntad no actúa sobre una masa blanda y maleable a la que podamos dar forma según nuestros caprichos, sino que se tienen que enfrentar a la resistencia y la dureza de la realidad, a las estructuras que determinan un cierto orden o estado de las cosas. 

De esta manera, si de transformación se trata, las estructuras son la materia a transformar, y éstas son resistentes al cambio pues están cohesionadas por fuertes intereses y persistentes tradiciones. Es más sencillo hacer transformaciones marginales que no alteran las determinaciones estructurales y, que por lo tanto, no cambia la realidad, pues con transformaciones marginales la realidad sigue siendo básicamente la misma. 

En política, transformar la realidad para hacerla coincidir con proyectos preconcebidos es una de las tareas más complejas a las que los seres humanos nos podamos enfrentar, ya que los proyectos políticos de transformación siempre están inmersos en un marco de incertidumbre en cuanto a sus posibilidades de realización. Se trata, entonces, de concebir proyectos viables y luchar por su viabilización. 

Proponer proyectos de transformación desmesurados, muchas veces hijos del voluntarismo sin más, es iniciar un camino hacia el fracaso. La viabilización, en cambio, consiste en el despliegue de praxis política con el propósito de realizar el proyecto, y esta praxis es el recurso fundamental para transformar, por lo que se deben evaluar permanentemente sus resultados para que en caso de ser necesario se lleven a cabo los ajustes pertinentes y se pueda mantener la vigencia del proyecto evitando su rigidez.

Es común que los proyectos políticos rígidos incurran en la descalificación de sus adversarios como interlocutores políticos legítimos, con lo que el proyecto se enrumba por el camino de la intolerancia, sometiendo la diferencia y despreciando el derecho de otros a postular sus propios proyectos. 

Los proyectos rígidos generalmente ejercen una política doctrinaria y principista en la que fundamenta sus análisis y su acción, misma que llega a adquirir significado de cruzada de salvación. No es poco frecuente encontrar dirigentes que concentran las decisiones y la administración de “la verdad” oficial del proyecto, siendo objeto de culto por sus seguidores.

La vocación totalitaria o, cuando menos, autoritaria, es una de las características básicas de los proyectos rígidos. Esta vocación se refleja en su objetivo de crear un orden social general que impone su lógica y su universo simbólico al conjunto de la sociedad, por encima de la existencia de lógicas, identidades y proyectos distintos. 

Es en este sentido que se da un control monopólico y autoritario del orden social. Su concepción de democracia es la de una "democracia" definida parcialmente, en atención sólo a los intereses y propósitos identificados con el proyecto, lo que evidencia su actitud intransigente para hacer prevalecer sus juicios.

Los proyectos políticos rígidos practican una política finalista orientada por la inmovilidad de la utopía asociada al proyecto y al voluntarismo de hacerla encajar a como dé lugar en la realidad. 

Conciben sus derrotas y fracasos parciales sólo como momentáneos zigzags, ya que todo lo que sucede, por más adverso que sea, no son sino accidentes temporales en el camino hacia la construcción de la utopía. Cuando los sujetos del proyecto rígido se apoderan del aparato estatal, imponen autoritariamente un ritmo de transformaciones que violenta la identidad de quienes no están identificados con dicho proyecto, sin antes construir los consensos que logren la aceptación del conjunto de la sociedad o de los sectores afectados. 

Los proyectos rígidos, por lo general, llevan a cabo una serie de relevantes subordinaciones que complementan su lógica. Subordinan el pensamiento crítico y complejo al pensamiento dicotómico y maniqueo; las reformas a la Revolución o a las transformaciones “radicales”; lo regional y local a lo nacional; lo individual a lo colectivo; lo particular a lo general; la diversidad a lo homogéneo; los derechos y las libertades al control ideológico y político; la economía a la política; la democracia y la libertad al autoritarismo, y el presente al futuro.

Cuando los proyectos rígidos triunfan y se apoderan del Estado cierran el porvenir y se organizan para durar por siempre, pues con dicho triunfo pretenden imponer el orden por el que propugnan y hacerlo irreversible. Lo único que queda es resguardar esta realización de su utopía —así sea con el totalitarismo— para que dure eternamente.

Estos son, sintéticamente, los elementos que constituyen la “lógica” política de los proyectos rígidos, que ha llevado a experiencias lamentables y, eventualmente, fracasadas. Evitar la rigidez de los proyectos políticos constituye una garantía para mantener su vigencia y su viabilidad.

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