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Biblia, la primera que discriminó a la mujer
14 Ene | 2020
Por: Alberto Leonel De Cervantes
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Biblia, la primera que discriminó a la mujer
Alberto Leonel De Cervantes por: Alberto Leonel De Cervantes
Ene 14, 2020
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@cuestione ha puesto el dedo en una llaga abierta, que nos remonta hasta nuestros más antiguos orígenes, en busca del origen de la desigualdad de derechos entre el hombre y la mujer. Tal vez, para ello, habría que asomarse, efectivamente, hasta esos antiguos escenarios. 

Cuando Dios creó a Adán, también formó a Eva, según nos cuenta la Biblia, pero este antiquísimo relato sagrado nos ofrece dos versiones. En una nos dice que, “a su imagen y semejanza… varón y hembra los creó”, pero en un segundo versículo hace una precisión interesante, diciendo que, después de hacer caer a Adán en un sueño profundo, le extrae a éste una costilla, de la cual forma a Eva y, acto seguido, se la trae como compañera al propio Adán.

Esta es la narrativa sobre el origen de la raza humana en la que creen más del 50 por ciento de los habitantes del mundo, practicantes ellos del Judaísmo, del Cristianismo y del Islam. Hablamos de casi 4,300 millones de seres humanos, con una población femenina ligeramente mayoritaria. Más de seis mil años de desigualdad entre el hombre y la mujer, desde el origen de su creación. Uno, primordial, la otra, subsidiaria. Un puño de polvo de la tierra y un soplo de vida -así nació Adán. Un adormecimiento inducido y una costilla arrancada -así nació Eva.

Hasta ese momento en la historia más creída por la humanidad, no cabe hablar de discriminación entre un sexo y el otro, pero sí de una condición diferente, a lo que habría que sumar, necesariamente, la incuestionable identidad masculina del propio Dios de la Biblia, quien, al menos en la versión cristiana, engendró un hijo con una mujer, aunque para ello no hubiese sido necesaria una relación carnal.

La primera descalificación moral e intelectual arrojada sobre el género femenino, sin embargo, la lanza el propio relato bíblico, al acusar a Eva, primero de tonta, al dejarse engañar por una rastrera víbora, y segundo, de manipuladora, al arrastrar a su vez a su inocente compañero, a la pérdida de su maravilloso edén y a caer en el tobogán del dolor terrenal y de la desgracia humana, que no parece tener fin. 

Lo que sigue a ese momento crítico en la historia de la mujer, dentro de las sociedades que aún rigen sus valores cívicos y morales bajo la influencia de las grandes religiones, es un interminable menosprecio y discriminación, en donde toda clase de profetas, obispos, patriarcas, papas, rabíes, primados, emires, ayatolas, imames, han mantenido a las mujeres en un segundo plano, negándoles la oportunidad y el derecho de ejercer ninguna forma real de autoridad dentro de sus iglesias. 

Extrañamente, por razones diversas y propias de cada cultura, en el pasado y en el presente, el rol de la mujer ante las jerarquías religiosas de otros credos es igualmente discriminatoria. Aceptadas en algunos casos en roles auxiliares, pero nunca al frente de iglesias o sectas. El mismísimo Buda, sabio y humano fundador del budismo, es señalado en muchos textos de esa religión como alguien que consideraba a la mujer como un ser de capacidades inferiores. Esa opinión, imposible de comprobar, sin embargo, se refleja en la larga y difícil lucha que las monjas budistas han tenido que enfrentar por más de dos mil años, en su búsqueda de la igualdad de derechos.  

Las ciencias naturales y sociales nos muestran que la evolución de la raza humana ha seguido otros caminos, más largos y complejos que los que nos cuenta la fascinante historia bíblica, pero en los cuales el rol de la mujer se ha ido definiendo por factores de orden familiar, social y económico, primero, y cada día más en los campos técnico y político, asumiendo roles y niveles de participación cada vez más importantes y en abierta lucha contra culturas machistas que le oponen resistencia.

Esta lucha ocupa hoy los primeros planos en el proceso de desarrollo de la sociedad, y las primeras planas de medios impresos y digitales en todo el mundo civilizado. Es una lucha dura y desigual, injusta y abusiva, discriminatoria de los derechos de la mujer. Es mucho lo que está en juego y los machos dominantes se niegan a compartirlo. 

Sin embargo, el misterio más grande en esta lucha, ante el cual es necesario cuestionarse, es esa especie de maldición bíblica, escrita, reescrita, transcrita y aplicada sin recato por los jerarcas de las grandes religiones, insistiendo, con elegantes o rebuscados argumentos de supuesta autoría o aval de la divinidad, en la condición subsidiaria de la mujer, ejemplo de tratamiento que siguen, convenientemente, las jerarquías no religiosas: líderes políticos, empresariales y culturales, muy significadamente.

Ante esta noble causa que hoy clama en las calles y en los medios, insisto, hay que cuestionarse. Y resulta difícil entender cómo es que la mayor religiosidad, la más alta asistencia a servicios religiosos, la más fuerte creencia en el valor de la oración diaria, en casi todos los cultos, es femenina. Sería deseable que algún día, esa protesta callejera, o académica, o mediática, la veamos encenderse en los templos, en las mezquitas, en las sinagogas, con las mujeres en las primeras filas y demandando el apoyo, franco y abierto, de esos supuestos representantes de la divinidad, que tanto influyen en el resto de la sociedad.

Quien acepta la discriminación divina, pocas esperanzas tiene ante la que le oponen sus competidores humanos. 

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