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Pedrito y el golpe de Estado
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Pedrito y el golpe de Estado
Una fábula familiar
09 Nov | 2019
Por: Luis Enrique Pereda Trejo
Pedrito y el golpe de Estado
Una fábula familiar
Luis Enrique Pereda Trejo por: Luis Enrique Pereda Trejo
Nov 09, 2019
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“¡Ahí viene el golpe de Estado! ¡Ahí viene el golpe de Estado!”, gritó Pedrito, mientras se decía a sí mismo “¿Para qué gobernar cuando se puede seguir en campaña?”.

Gobernar es difícil y con frecuencia extenuante. Requiere templanza, astucia, valor y talento, además de un equipo de colaboradores sólido y cohesionado, que cuente con datos reales verificables. 

También implica tener el aplomo para despedir a servidores públicos del primer círculo, cuando son injustificadamente ingenuos (aunque sean poseedores de un gran currículum) o a aquellos que tiene experiencia como secretarios particulares de políticos de otras épocas, pero que son mentirosos e ineficaces. 

No es que hacer campaña sea pan comido, pero por lo menos nadie le exige soluciones a quien está recorriendo todos los rincones de la aldea, prometiendo que, cuando le den la oportunidad, solucionará todo. Hacer campaña es cansado, pero si se logra conectar con la audiencia, paga bien. 

A Pedrito le gusta pontificar, compartir sus experiencias de vida, sus gustos gastronómicos y deportivos y, por supuesto, adoctrinar. 

Rendir cuentas lo pone de mal humor y explicar en qué se gasta el dinero lo irrita. Cuando lo confrontan, pierde los estribos. Pero lo que más lo enloquece es sujetarse a la ley, con eso no puede, así que con frecuencia la manda a cambiar. Poco a poco se ha ido dando cuenta que para gobernar no basta con fingir tolerancia, sino que, efectivamente hay que ser tolerante. 

Durante un tiempo, breve, Pedrito pudo salir avante de la farragosa tarea de gobernar, eliminando algunos ceremoniales e introduciendo otros; también le fue muy útil culpar de todo mal al pasado. 

Sin embargo, las ranas del estanque siguen exigiendo. “Que no nos maten”, piden unas. “Que haya medicamentos”, arremeten otras. Las exigencias de las ranas le parecen muy complicadas y rebuscadas a Pedrito, por lo que se dice a sí mismo: “Las ranas no pueden tener ese nivel de sofisticación”. “Seguro son ranas de granja”, mientras continúa con el diseño de obras innecesarias y costosísimas. 

Pedrito no solo tiene problemas con las ranas del estanque. En la granja vecina hay una zanahoria acaudalada y mentirosa, que le ha jalado las patillas para que acepte un trato, que beneficia a sus aspiraciones reeleccionistas. 

Cualquier otra persona en su lugar habría rehusado el trato que la zanahoria le propuso, pero Pedrito no tiene el conocimiento ni el arrojo para rehusarse, además las nuevas circunstancias le permiten estrenar su juguete nuevo: un soldado multiusos que venía con una muda de ropa civil. Desafortunadamente, aparentemente el juguete tenía fallas porque en una ocasión dejó escapar al hijo de un sapo venenoso. 

Pedrito no es ningún tonto. Todo lo contrario, sabe muy bien cómo distraer y polarizar para evitar dar resultados. También tiene muy claro que su vida sería más fácil si desmantela cualquier instrumento que pueda servir de contrapeso a sus deseos. 

A veces los desmantela cerrándoles la llave del dinero, otras, a través de la presión que sus seguidores ejercen, y en unas más, la suerte simplemente lo favorece y reemplaza a alguno de los operadores que le generan guácala y los sustituye por alguno de los suyos, los cuales son buenos, bonitos, pero sobre todo, dóciles, a tal grado que si les quita el bozal no muerden. 

Así transcurren los días para Pedrito, mientras su aldea se queda sin dinero y más ranas son asesinadas y sus aliados se pelean entre ellos para ver quién es el más querido. Sin embargo, Pedrito no se siente del todo cómodo, hay algo que falta; algo que unificará a todas y a todos a su alrededor o que, por lo menos, facilitará la tarea de marcar con una letra escarlata a las ranas mordelonas o neoliberadas. 

La respuesta, como todas sus respuestas, bajó de las nubes: “advertirles de un peligro mayor”. ¿Pero qué peligro mayor podría ser ese? ¿Los sapos venenosos? Ese ya es un peligro muy visto y además debe de tener cuidado de no contradecir su estrategia de marketing de que “vamos re-que-te-bien”. ¿La zanahoria? Nooo, porque esa cuando se enoja patalea y escupe. “¿Entonces qué?”, se preguntaba. 

Después de poco pensarlo se le ocurrió una brillante idea: “Voy a advertirles de un golpe de Estado”. De esta forma tengo una triple ganancia: 1. No corro ningún peligro, pero me ayuda a llamar la atención, victimizarme y generar simpatías. 2. Si ahora no lo hago muy mal, pero en el futuro sí y mi popularidad baja mucho, ya tengo un fantasma al cual echarle la culpa y 3. Voy construyendo un gran pretexto para poder afilar los dientes de mis nietos, aunque eso implique restringir libertades ciudadanas. 

Así es que sin pensarlo, una segunda vez decidió tomar a todas y a todos por sorpresa, salió a la colina y empezó a gritar: “¡Ahí viene el golpe de Estado! ¡Ahí viene el golpe de Estado!”.

¿Cómo reaccionó su aldea? Eso le toca decidirlo a usted, querida y querido lector. 

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