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Polarización
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Polarización
Manifestaciones nos deben de preocupar
03 Jun | 2020
Por: Facundo González Bárcenas
Polarización
Manifestaciones nos deben de preocupar
Facundo González Bárcenas por: Facundo González Bárcenas
Jun 03, 2020
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La reciente protesta en vehículos, en plena pandemia, así como las condenas y burlas que esta manifestación recibió como respuesta, abonan a un clima de intolerancia y rechazo mutuo entre quienes detestan al Presidente y quienes lo defienden de manera absoluta. 

Mientras algunos están temerosos de que López Obrador pueda llevarnos a alguna versión del llamado socialismo del siglo XXI y por ello demandan su renuncia, otros señalan a los primeros como fascistas y golpistas. Ambas acusaciones parecen exageradas pero, ciertamente, no son palabras amables entre ellos. 

Los juicios y prejuicios clasistas también se hacen presente en la primera oportunidad e inundan las redes sociales y otros espacios de opinión. La manifestación vehicular y su rechazo son indicadores de un proceso de polarización política que avanza y a todos nos debe preocupar.

La polarización política no es buena noticia para país alguno. Si la polarización se consolida la convivencia democrática está en problemas. Agrupar las opciones políticas en sólo dos bandos confrontados, en dos extremos opuestos, resta posibilidades a la moderación, la empatía, la no discriminación, el diálogo, la cooperación, la inclusión, los acuerdos y los consensos necesarios para que la democracia funcione y se desarrolle. 

Si se impone un clima de polarización la diversidad y el pluralismo pierden espacios, se debilitan y son presionados a agruparse en alguno de los dos polos, pues se impone una lógica de tercero excluido bajo la divisa de que “si no estás conmigo estás contra mí”. 

Con la polarización el pensamiento crítico, el debate racional y los argumentos son sustituidos por un pensamiento dicotómico, maniqueo y simplificador, que empobrece las capacidades analíticas y recurre a falacias, consignas y lealtad acrítica como criterios de verdad. La polarización y sus correspondientes ideologías opuestas favorecen una interpretación de lo propio como todo virtud, y del otro, el adversario, como todo maldad, y llevan a que el distinto, el diferente, sea percibido como amenaza y enemigo a vencer y destruir. 

Las ideologías confrontadas también pueden funcionar como plataforma de justificación de conductas ilegales y violentas en contra de los adversarios, ya que estos han sido “deslegitimados” al ser depositarios de la maldad. Por ello es peligroso que la polarización avance y, en el caso extremo, subordine y ponga a su servicio a las instituciones de gobierno.  

Los jefes de Estado que consideran que es parte de sus tareas prioritarias impedir la polarización y la fragmentación de la diversidad, por el contrario, contribuyen desde esa alta responsabilidad a la articulación democrática de la diversidad para garantizar condiciones en las que el pluralismo político se pueda expresar libremente. 

El propósito es impedir escenarios de polarización y confrontación que fácilmente puedan derivar en conflictos y violencia, rebasando los límites de la legalidad y la institucionalidad democráticas.

En este marco, es de lamentar que nuestro presidente y jefe de Estado sea un activo promotor de la polarización política y, en ocasiones, también social. López Obrador tiene una larga experiencia como constructor de polarización política. Ahí están sus discursos durante décadas, para quien quiera convencerse. 

Se puede decir que, no obstante periodos tácticos como la ya olvidada República Amorosa y de frases efectistas como “abrazos, no balazos”, el recurso político de polarizar ha sido casi permanente en López Obrador y gracias a él ha obtenido buenos dividendos en su trayectoria política. 

Por supuesto, es comprensible que un político de oposición recurra a la polarización política como recurso táctico y estratégico para potenciar su fuerza, alcanzar visibilidad y viabilizar sus intenciones, pues más allá de consideraciones éticas polarizar es un recurso pragmático que puede ser eficaz en determinadas circunstancias. Lo que sí resulta cuando menos extraño es que López Obrador, ahora que es presidente de la República y, por lo tanto, jefe de Estado siga recurriendo prácticamente todos los días a la polarización discursiva y política. 

Larga es la lista de epítetos que el ahora presidente ha aplicado a sus adversarios: mafia del poder, cerdos, marranos, cochinos, fifís, minoría rapaz, buitres, conservadores, derecha golpista. Sin embargo, salvo excepciones, AMLO no ha informado qué personajes integran a tan siniestros y amenazantes grupos, no ha dado nombres ni ha procedido legalmente contra ellos.

En ausencia de una actitud que nos informe quiénes son dichos personajes, cada quien es susceptible de ubicar a sus villanos favoritos como integrantes de los malos, pero luego resulta que varios de esos malos ahora son asesores de López Obrador. Por lo tanto, la insistencia del Presidente y sus partidarios en denunciar anónimos adversarios es sólo un recurso retórico con fines de polarización. 

¿Hay golpistas? No lo sé, pero quienes dicen que sí lo saben —entre ellos el presidente López Obrador— deben considerar que el golpismo es un grave delito que pretende la ruptura del orden constitucional y atenta contra los poderes legítimamente establecidos. 

Por ello, es necesario asumir las consecuencias legales de esa denuncia y no sólo quedarse en el plano discursivo. Realmente es poco serio que un presidente denuncie la existencia de golpismo en su contra y no actúe en consecuencia.

México es un país en el que existen profundas estructuras de desigualdad,  injusticia y discriminación, y son muchos los excluidos de siempre. En un país en el que no son raros los clivajes no es difícil explotar políticamente el sentimiento de exclusión y abonar las ansias de venganza social, y menos si se hace en voz del Presidente. 

Sí, polarizar no es difícil pero tampoco es conveniente ni responsable hacerlo, sobre todo en circunstancias como la actual en que los retos del presente y el futuro inmediato no son despreciables y para enfrentarlos adecuadamente se requiere de la construcción de consensos básicos entre los mexicanos, al menos en un conjunto de temas  fundamentales. 

Ya lo veremos.

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