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Scherezada
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Rosario Ibarra, nueva Ombudsperson
15 Nov | 2019
Por: Emiliano Ruiz Parra
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Rosario Ibarra, nueva Ombudsperson
Emiliano Ruiz Parra por: Emiliano Ruiz Parra
Nov 15, 2019
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Apenas tomó protesta como presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), Rosario Piedra Ibarra desconoció los asesinatos de periodistas. “¿Han asesinado periodistas?”, preguntó con sincera admiración. Y luego dio a entender: eso pasaba antes, en sexenios anteriores. Nadie le dijo que sí, que al menos 11 periodistas han caído en esta administración. 

Piedra Ibarra habita en la feliz nación de las mañaneras. Una nación que, como Scherezada, el presidente construye cada jornada para dominar la conversación. La narración matutina ha sido buena hasta ahora: está escrita en blanco y negro. Villanos innombrables y héroes sufridos. El villano, por cierto, es un personaje abstracto: el pasado. O mejor, el periodo neoliberal. Una historia épica que empieza el primero de julio de 2018 y que borra o se apropia de las luchas y conquistas sociales previas. 

Nuestra Scherezada de todas las mañanas nos dice: “no hay militarización”, mientras despliega a la Guardia Nacional. “Se acabó la guerra”, y cada día contamos 100 cadáveres, peor que en los peores años de Felipe Calderón. “Los indígenas son el tesoro cultural del país”, al tiempo que hace consultas simuladas a los pueblos originarios para imponer megaproyectos. 

López Obrador pudo empeñar su capital político en redistribuir la riqueza a través de una reforma fiscal. O dejar de pagar el Fobaproa. O al menos moderar las comisiones usurarias de los bancos. Pero no. El presidente tomó la decisión política de no pelearse con los dueños del país. Mejor usa su mayoría en imponer a una incondicional en la CNDH (y en tantos otros órganos). Una mayoría, por cierto, artificial, construida con mercenarios que se dicen ecologistas y con cuentas espurias.

El truco de Scherezada funciona porque mantiene al presidente en la oposición: está en contra de lo malo, empujando al elefante que le dejó el pasado. Lo ubica en una batalla épica contra los conservadores, aunque estén a su izquierda, como el EZLN o el asesinado Samir Flores, opositor a un megaproyecto.

Contra los fifís - menos contra los verdaderos fifís, que están en su consejo asesor empresarial. Contra los periodistas, “que callaron como momias”, aunque hayan arriesgado la vida o la hayan perdido por publicar. Y mientras cuenta esa historia, mientras refuerza cada día esa narrativa, en su ejercicio cotidiano de gobierno sigue el recetario de la derecha moderna: pagar la deuda, adelgazar al Estado, empoderar a los militares.        

Sostener ese relato requiere coristas. Intelectuales que envuelvan en sofismas las ocurrencias del día. Legisladores que levanten el dedo. Ministros que tomen nota y agachen la cabeza. Y, por supuesto, un empleado (una empleada en este caso) como Ombudsperson. Porque a pesar de sus pésimos presidentes, la CNDH ha valido la pena. A pesar del machismo ultracatólico de José Luis Soberanes, el súbito enriquecimiento de Raúl Plascencia, la grisura de González Pérez —el enterrador del caso Colosio— la CNDH valía la pena porque tenía y tiene tres virtudes: atribuciones legales amplias para investigar, un montón de dinero y un personal comprometido y valiente. 

Por eso puede presumir algunas recomendaciones memorables y posiciones valerosas. Tiene razón López Obrador: la CNDH no denunció de manera general la crisis humanitaria, no llevó a Calderón a un tribunal por crímenes de guerra. Pero tampoco lo ha hecho él. 

“Yo le tengo toda la confianza a Rosario Piedra”, dijo el presidente en su mañanera del 14 de noviembre. Rosario Piedra Ibarra llega depauperada a su encargo: sin trayectoria propia, autoridad moral, ni el apoyo de las víctimas ni de otros partidos más allá de la coalición oficial. Pero tiene sus apellidos: la poética historia de su madre, buscadora de un desaparecido, disidente del PRI más sanguinario, y excandidata presidencial. Ojalá que los honre.

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