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Tirar el agua sucia, el niño, la bañera… e incendiar la casa
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Tirar el agua sucia, el niño, la bañera… e incendiar la casa
La honestidad no basta para gobernar bien
05 Ago | 2019
Por: Luis Enrique Pereda Trejo
Tirar el agua sucia, el niño, la bañera… e incendiar la casa
La honestidad no basta para gobernar bien
Luis Enrique Pereda Trejo por: Luis Enrique Pereda Trejo
Ago 05, 2019
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Gobernar requiere talento, astucia, sensibilidad y… conocimiento. Conciliar intereses y bienes públicos con un presupuesto magro es una tarea muy difícil y la paga no es estratosférica. Nadie con tan solo un salario de servidor público podría convertirse en una persona acaudalada. Sin embargo, año tras año, elección tras elección, decenas y decenas de personas compiten intensamente entre ellas para conseguir el voto mayoritario del electorado, para así tener la oportunidad de gobernar. ¿Por qué? 

Una hipótesis es que todas esas personas en realidad son corruptas y solo buscan obtener un cargo público, para poder robar a manos llenas, ya sea por sí mismas o a través de familiares y amigos. Lo anterior se resume bajo el mantra “no me des, ponme donde hay”. 

Otra hipótesis es que se trata de personas bien intencionadas, a las que les duele ver un país de gente trabajadora y con recursos naturales en suficiencia, en el que unos cuantos tienen acceso a muchísimos satisfactores, mientras hay niñas, niños y adolescentes que mueren en la calle por hambre, enfermedad o violencia. 

¿Qué características debe de tener un buen gobernante? Sin lugar a dudas, debe ser honesto y utilizar los recursos públicos para brindar servicios públicos. No hay manera de poder tomar buenas decisiones de políticas públicas, si lo que impulsa a tomarlas es el beneficio privado. Pero aunque la honestidad es necesaria, no es suficiente. Solo poseer honestidad no inmuniza de tomar decisiones de políticas públicas erróneas, las cuales también se pagan con recursos públicos y también generan costos. 

Recortar presupuestos a diestra y siniestra para comprar medicamentos, cancelar estancias infantiles, minar órganos constitucionales para evaluar resultados, modificar reglas para lograr nombrar incondicionales, generar nuevos organismos burocráticos, cancelar obra pública utilizando la aclamación como brújula, molestarse porque la gente defiende sus derechos ante los tribunales o polarizar el debate público en contra de medios de comunicación, en un país donde los asesinatos de periodistas son cosa alarmantemente común, sí puede ser el resultado de una honestidad inquebrantable, pero no deja de ser dañino

Debemos de exigir a nuestros gobernantes honestidad y conocimiento. Gobernar no debe de ser un concurso de popularidad ni una competencia por quien roba más o menos. Ninguno debería robar nada. Gobernar es tomar la decisión correcta en escenarios multifactoriales, tratando de maximizar recursos y servicios públicos. 

No es ningún consuelo el tener que comprar una casa nueva, porque la anterior fue incendiada en el proceso de tirar el agua sucia de la bañera, entre otras razones, porque esa casa la vamos a pagar todos, no únicamente quien la quemó. Aunque hayamos tenido un largo caudal de gobernantes corruptos, no debemos de acostumbrarnos a celebrar decisiones honestamente erróneas, porque también esas son costosas. 

Tampoco debemos celebrar un torcido culto a la honesta personalidad de quien detenta un cargo público, porque eso nubla el buen juicio de los representantes y los representados. Aplaudir cualquier decisión que se toma desde el poder es, por definición tonto. Dicho de otra manera: no haríamos mal en tener siempre a la mano la fábula del traje nuevo del emperador, para aprender de ella.

No propongo tener gobernantes corruptos, propongo exigirles a los honestos que tiren el agua sucia de la bañera, ¡sin matar al niño e incendiar la casa en el proceso! Ya sé que no es tarea fácil, pero la complejidad del cargo no era una sorpresa para nadie ¿o sí?

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