A Fondo
Cuestione | Cuando el dinero es un arma
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Cuando el dinero es un arma
Violencia económica contra la mujer
25 Nov | 2018
Por: Gabriela Gutiérrez
Muy Cierto
Cuando el dinero es un arma
Violencia económica contra la mujer
Nov 25, 2018
por: Gabriela Gutiérrez
Muy Cierto
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La historia de Ricardo y Olga comienza en 1985, aún lejos del lujo que los rodea actualmente. Ambos eran jóvenes egresados de la carrera de Contaduría Pública, trabajaban para la empresa una importante consultora internacional: ella en la oficina de Guadalajara y él en la de Ciudad de México. Se conocieron en una reunión de la empresa en Valle de Bravo. “Me pareció un tipo como cualquier otro”, recuerda Olga.

Su noviazgo duró un año y, debido a la distancia, la relación se tejió alrededor del cable de teléfono. “Hablábamos unas tres o cuatro veces por semana”, recuerda Olga.

En 1986 se presentaron frente al juez y dijeron: “Sí, acepto”. Su primera residencia como pareja fue en una vecindad en Naucalpan, Estado de México, en donde no tenían baño propio. “Recurríamos a baños públicos”, recuerda Olga. Entonces Olga encontró un mejor trabajo, que les permitió mudarse a una casa en una zona residencial de San Mateo, aún Estado de México.

En esa casa nació su primer hijo. Para entonces, la carrera profesional de Ricardo comenzó a despegar y Olga decidió dejar de trabajar para dedicarse a la crianza de una familia que crecía.

Hoy, Ricardo es socio de uno de los más importantes bufetes fiscales del país y como tal, gana unos 20 millones de pesos anuales, según su última declaración de impuestos, a la que tuvo acceso Olga, con fines de fijar el monto de la pensión alimenticia que por ley le corresponde.

Sin embargo, los ingresos de Ricardo no correspondían con los gastos que Olga hacía en sí misma o sus hijos. “Mi vestidor se conformaba por cuatro pantalones de mezclilla, cuatro blusas, dos cinturones, dos pares de zapatos, un par de tacones y un vestido largo negro, al que hacía modificaciones antes de usarlo en cada ocasión para que no se viera que era él mismo”, dice Olga.

“Ricardo solía decir que con cinco cosas tenía y siempre comprábamos mi ropa y la de los niños en outlets. Aunque él compraba sus trajes en Burberry o Hugo Boss porque decía que necesitaba estar presentable”.

Durante más de dos décadas, Olga atribuyó la meticulosidad de Ricardo con el dinero a su carácter metódico y disciplinado. “En lo único en lo que no escatimó fue en la educación de nuestros tres hijos. Siempre fueron a las mejores escuelas. Pero incluso a ellos los limitaba. Nuestro hijo mayor estudió dos años en Inglaterra y nunca conoció el resto de Europa porque su papá le mandaba lo justo para vivir”.

Ricardo también era el encargado de abrir los estados de cuenta de cada tarjeta de crédito, de la luz, el gas. Supervisaba que cada peso cargado fuera correcto, preguntaba sobre el origen de aquellos que le parecían irregulares y una vez revisado, destinaba a Olga el presupuesto para cubrirlo.

Olga sufrió, sin saber, violencia económica por más de dos décadas, tal y como la sufre una de cada tres mujeres, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016. La violencia económica es quizá una de las que pasa más desapercibidas. Cuando se comete, no hay moretones ni marcas visibles. Las heridas son psicológicas, merma la autoestima de la víctima y la hace sentir inmerecedora de cualquier gusto material.

Las mujeres son formadas, desde la niñez, para ser víctimas de violencia económica. Cuando los hijos varones reciben más dinero o un auto, o mejor educación que las hijas. Cuando a ellos les compran juguetes más caros y sofisticados; mientras que la mayor inversión en ellas es en ropa y accesorios, para que se vean “bonitas”. Se les prepara para ser esposas trofeo, que sirven de ornamento para ellos, los hombres exitosos.

“En nuestra sociedad, el dinero es un signo de poder y quien lo posee, tiene el poder, no sólo económico, también político y social”, explica Noemí Díaz Marroquín, directora del Centro de Servicios Psicológicos Dr. Guillermo Dávila de la UNAM y especialista en temas de género, sus causas y efectos. “Simone Beauvoir decía que la independencia empezaba por la cartera”, parafrasea la especialista.

Aun cuando las mujeres se dediquen al hogar y al cuidado de los hijos, esto no quiere decir que su aportación no se refleje en el patrimonio familiar. Por el contrario, el patrimonio familiar se forja gracias a que ellas “gerencean” a la familia.

De hecho, el trabajo doméstico no remunerado (como el de las amas de casa) aporta al Producto interno bruto 4.6 billones de pesos, es decir, el 23.2%, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

“La labor que hacen las mujeres al criar a los hijos y mantener funcionando la casa es igualmente valiosa, sin esas labores la sociedad colapsaría”, asevera Díaz Marroquín.

Sin embargo, el menosprecio que sufren las mujeres por parte de sus parejas, a la aportación que hacen al hogar y el sobrecontrol del gasto familiar, a la larga, merma la autoestima de las víctimas de la violencia económica, quienes viven creyendo que su contribución es de poco valor e intrascendente, lo que les genera trastornos depresivos, de ansiedad e, incluso, intentos de suicidio. “La violencia económica es tan peligrosa y con efectos tan letales como la violencia física”, dice Díaz Marroquín.

Olga es prueba de ello. En una de las paredes del comedor hay un cuadro de “La última cena”, finamente bordado. La autora es ella misma. “Antes no podía colgarlo, ni ése ni los demás. Mi exmarido me tildaba de ‘naca’ por siquiera pensarlo. Me decía: ‘¿No entiendes que ya estamos en otro nivel? Nunca vas a sobresalir si sigues pensando como naca. Lo peor es que se lo creí. ¿Puedes imaginar que alguien destruya tu confianza al grado de no ser capaz de poder colgar un cuadro en tu propia casa?”.

De Ecatepec a Santa Fe

Si las jóvenes en Ecatepec, Estado de México, el municipio con la mayor tasa de feminicidios en el país, están conscientes del riesgo que corren cada vez que toman un transporte público, salen de fiesta o, incluso, a la tienda; Olga Cepeda, desde su residencia, también sabe que su vida está en peligro y lo estará aún más cuando se publique este reportaje.

En las clases populares, los golpes son propinados a manos directa del agresor. En la clase alta, pagan para que alguien más los haga.

El 29 de enero de 2016 dos hombres encapuchados la esperaban a Olga, entre los coches, en su casa. Cuando ella llegó, a las 9:30 de la noche, se le fueron encima con un tubo, directo a la cabeza. Olga metió la mano izquierda y terminó con un dedo roto. Los hombres se fueron. Parecía que todo su objetivo era amedrentarla.

Los agresores debieron pasar al menos un filtro de seguridad del fraccionamiento y las cámaras de vigilancia del Club de Golf Bosques, al que cada colono paga 30 mil pesos mensuales de mantenimiento, pero precisamente ese día no estaban encendidas.

Cuatro días después, el 2 de febrero, los encapuchados regresaron. Esta vez su ataque fue más iracundo, como si hubiesen regresado a terminar algo pendiente. Saltaron por el patio de servicio y entraron a la casa. Se dirigieron directamente a la alcoba, en donde Olga veía la tele recostada en su cama. De reojo, Olga alcanzó a ver que algo se movía por las escaleras. Volteó y los vio, estaban a unos cuantos pasos. Intentó llegar al baño para encerrarse, pero era demasiado tarde. Ya estaban detrás de ella. La primera herida la acertó dos palabras: “¡Ya rájala!”. La segunda le ardió en el vientre, seguida de un río profuso de sangre que manchó su camisón blanco.

En la casa había computadoras, pantallas, algo de dinero. Pero los hombres no se llevaron nada. “Aún no tengo pruebas para demostrarlo, pero sé que detrás de los dos ataques tuvo que estar Ricardo, para amedrentarme y retirara las demandas que tengo en su contra”.

En Ecatepec, los hombres violentos hieren a las mujeres a mano propia. En las clases acomodadas, sus armas son otras, como el control sobre el dinero, el estatus, o bien, pagan a terceros para ejecutar los actos de violencia.

“Hemos descubierto, que a mayor educación, los hombres disminuyen las probabilidades de ser víctimas de violencia. Con las mujeres no pasa eso. Las mujeres, aunque tengan mayores estudios y mejor posición social, continúan siendo víctimas de violencia”, explica Ana Pecova, directora general de la organización Equis, Justicia para las Mujeres.

El ocultamiento de bienes y de ingresos es una de las prácticas más comunes, tras la separación de las parejas. “Los hombres favorecen que las mujeres se dediquen a cuidar del hogar y los hijos, pero cuando se disuelve el vínculo matrimonial, les quitan todo”, dice Pecova.

Además, en las clases sociales altas, la corrupción e influyentismo suelen ser armas habituales, explica Ana Kudisch, una de las abogadas, especialista en divorcios más reconocida: “Cuando hablamos de los estratos sociales altos, (el divorcio) no solo es una contienda judicial, sino un juego de poderes, en donde el que tenga mayores influencias es el que gana”.

El 100% de los casos que recibe Kudisch en su despacho presentan violencia económica. Todos en contra de las mujeres, con víctimas colaterales, que son los hijos: “México debe ser el único país del mundo en que los hombres pueden ampararse para no pagar la pensión alimenticia de los hijos”, dice la abogada.

Al divorciarse, las mujeres tienen derecho a una pensión alimenticia, fijada por un juez, que les permita mantener el estilo de vida que llevaron los dos últimos años de matrimonio. “Esto incluye seguros de gastos médicos, viajes, tipo de alimentación, auto, entre otras cosas. El problema es que en pocas ocasiones se guardan los comprobantes de pago para demostrarlo”, dice Kudisch.

En el caso de Olga, quien padece una deficiencia severa de glándulas suprarrenales, cuyo costo del tratamiento médico de por vida ascienda a 15 mil pesos mensuales, su ex marido canceló su seguro de gastos médicos tras el divorcio.

La violencia económica de los hogares es una manifestación de la violencia estructural de la sociedad. Desde la infancia, las instituciones y las familias forjan víctimas y victimarios. Hombres que deben ser proveedores. Y mujeres que deben basar su plan de vida en ser princesas y criar más princesas y más proveedores.

La presión social que sufren las mujeres de clases acomodadas es enorme. Y una vez captadas en un círculo de violencia, como el económico, les cuesta cada vez más trabajo salir de él, porque su autoestima comienza a desquebrajarse y lo único que las mantiene es sostener su proyecto de vida, al precio que sea.

A estas mujeres educadas, les cuesta más trabajo aún pedir ayuda que aquellas económicamente menos afortunadas, pues fueron criadas para ser princesas, para llevar una vida perfecta, para ser las princesas y sus casas, castillos.



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