La fragilidad de la democracia

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El inédito espectáculo que nos ofreció Estados Unidos la semana pasada quedará marcado en los libros de historia. Cuando un grupo de manifestantes, azuzados por el presidente Donald Trump, tomaron el Capitolio y trataron de reventar la confirmación de Joe Biden como presidente electo, la democracia estadounidense vivió el momento de mayor tensión desde su independencia.

Las imágenes impactaron al mundo. Personas escalando por las paredes del Congreso, tomando el Senado, vestidos con disfraces tipo paramilitar y cosas aún más extrañas. Las fuerzas de seguridad tardaron más de cuatro horas en contener a la muchedumbre y hubo al menos cuatro personas muertas en el enfrentamiento. Hasta hace no mucho era inimaginable en ese país, pero nos recordó los golpes de Estado en América Latina y otras naciones del mundo.

Que esto haya sucedido en una de las democracias más estables del mundo, y en el país más rico de todos, nos deja una grave lección: no hay nación inmune a las regresiones autoritarias. 

Esto radica en el problema central de que somos democracias pero nuestros políticos, muchas veces, no son demócratas. Demasiados líderes gozan de la democracia cuando ganan, y la desprecian cuando pierden. 

Son muchos los políticos que han usado la democracia para hacerse del poder y, una vez ahí, desmantelar las instituciones y contrapesos, a fin de perpetuarse en el cargo. Están casos emblemáticos como el de Vladimir Putin, que desde 1999 gobierna Rusia. Una y otra vez ha cambiado las reglas para reelegirse, y ha usado toda la fuerza del Estado para perseguir a la oposición.

Algo similar vimos en Venezuela, con la llegada del Chavismo. Ese país era una de las democracias más estables de toda la región, que en muchos casos fue refugio para los perseguidos por los gobiernos militares de Chile, Argentina, Brasil o Paraguay. 

Poco a poco, el Chavismo desmanteló la estructura democrática de su país, logrando una Constitución a modo que creó instituciones al servicio del mandatario y no de contrapeso.

Los gobiernos populistas, nacionalistas y autócratas están en auge en el mundo. Y lo están en parte porque el sistema democrático no ha logrado cumplir del todo las expectativas de una sociedad cada vez más demandante.

Ejemplos sobran, pero lo que ha faltado ha sido aprender las lecciones que nos dejan estos casos. La primera, y la más importante, es que la única forma en que las democracias pueden corregir sus defectos y errores, es con más democracia, no menos.

Otra lección significativa es la relevancia de contrapesos de poder e instituciones autónomas, fuertes y con liderazgos independientes, que además estén preparados. La tendencia de llenar los cargos con aliados y cómplices va minando no solo la efectividad de las instancias, sino que va desgajando la confianza social en ellas.

Hay algo más que aprender: la importancia de una sociedad vigilante e informada. Lo que vimos en Estados Unidos nos demostró que es posible manipular a amplios grupos de personas hacia la violencia o la sedición. Nos dejó claro que la rabia de muchos sectores se puede convertir, con relativa facilidad, en revuelta. 

Así, el papel de la ciudadanía, de los medios y de todas las personas debe ser contribuir al compromiso democrático de la tolerancia al desacuerdo, a la libertad de expresión evitando la difamación, y al pacto social de convivencia. Evitar el discurso de odio, divisivo y violento es fundamental.

La democracia, lo sabemos, tiene muchos defectos. Pero sus aciertos son superiores a cualquier autoritarismo. Cuidarla y mantenerla es una responsabilidad compartida.

Por eso, esta semana en Cuestione analizaremos las fragilidades del sistema, los peligros que conlleva desprestigiarla, las debilidades de la democracia, así como a los políticos que la usan en su beneficio y después la desprecian.

Hoy, más que nunca, es nuestra responsabilidad. 

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