El sueño autoritario

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Tenemos un problema y no es menor. Nuestro país cada día ve con mejores ojos a un sistema de gobierno autoritario sobre uno democrático. 

Según la encuesta de Latinobarómetro, el apoyo a un gobierno autoritario se ha duplicado desde 2018 a 2020, dando un brinco de 12 a 25%. Cada día más personas en México creen que el autoritarismo es el camino para resolver nuestros problemas. Y eso debería preocuparnos.

La pérdida de confianza en la democracia no es gratuita. Quizá mucha gente no lo recuerde, pero cuando en el año 2000 llegó a la presidencia Vicente Fox, como el primer mandatario no priista, hubo una gran ilusión de que el país cambiaría. Pero ese gobierno no estuvo a la altura de la promesa: lejos de desmontar la cultura priista de corrupción, se montó en ella y permitió que crecieran poderes locales como el de los gobiernos estatales. 

Tras él vendría Felipe Calderón, que enfrentó grandes cuestionamientos sobre su legitimidad, a pesar de lo cual mantuvo una alta popularidad durante su gestión. Pero el precio de esa alta aceptación fue una guerra contra el crimen que nunca terminó y muchas dudas sobre su combate a la corrupción.

Regresó el PRI de Enrique Peña Nieto, que dejó más escándalos que logros. Y tras eso, la evolución natural fue el triunfo arrasador de Andrés Manuel López Obrador en 2018.

Ahora, en 2021, podemos mirar atrás y decir que nuestra democracia perdió dos décadas de progreso. No lograron resolver ni el problema de la economía ni el de la seguridad. No se recompuso el tejido social ni somos hoy una nación reconciliada. Y por eso, tal vez, cada vez más personas en México piensan que el autoritarismo es una buena opción.

Tiene que ver con varios factores. Por un lado, la democracia no está resolviendo los problemas reales de la gente. Por otro, está el reiterado discurso que recibimos desde Palacio Nacional. Es radical, divisivo y al final, polarizante. Una visión del mundo en que hay buenos y malos. Y en esa visión, la mejor solución es que los que se consideran los “buenos” sean autoritarios. Porque solo así se detiene a los “malos”.

Pero se pone peor. Según la misma encuesta, si se pregunta a las personas sobre si llegase un gobierno no democrático pero que “resuelva los problemas”, un dramático 52% apoya la idea. Más de la mitad. 

El asunto aquí es más grave que la pérdida de confianza en la democracia: es la voluntad social de que un “papá gobierno” nos arregle la vida. Igual de grave es que crezca el apoyo a la idea de un gobierno militar.

Un 36% de nuestra ciudadanía apoyaría un gobierno militar si las cosas se pusieran “muy graves”. Es irónico pensar que para muchas personas las cosas no están graves en México, pero en un gobierno en que las fuerzas armadas son más fuertes que nunca, no deja de ser preocupante que tanta gente no vería mal un régimen militar. 

No es un problema de derecha o de izquierda. Esta encuesta incluye a nostálgicos de dictaduras como la de Augusto Pinochet en Chile -de derecha-, o al estilo de Hugo Chávez en Venezuela, que supuestamente era de izquierda. La fantasía militar cruza las barreras ideológicas, y por eso la llamada izquierda de hoy no ve con malos ojos el altísimo poder que han acumulado las fuerzas armadas.

Sin embargo, los hechos nos demuestran que en ningún país de América Latina el autoritarismo ha sido la solución. Ni en Chile, ni en Argentina, ni en Brasil. Definitivamente no en México. 

El autoritarismo, y sobre todo los gobiernos militares, solo traen más horror a la ciudadanía. Pueden ser populares o no, pueden ser convincentes, pero solo en la democracia nuestras sociedades progresan.

Esta semana en Cuestione hablaremos sobre los riesgos que representa este desafío a la democracia y la cultura autoritaria que está ganando fuerza.

Porque sí, la democracia cuesta y para muchos estorba. No resuelve todos los problemas de forma automática ni es perfecta.

Pero no podemos olvidar nuestra responsabilidad con el futuro: tenemos que formar nuevas generaciones de demócratas. Tenemos que aprender a escuchar y a ser escuchados. 

La alternativa es un destino que no podemos desear para nuestro país.

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