Cuando al gobierno se le rompe su narrativa

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Si algo tienen en común los gobiernos del partido e ideología que sea, es que buscan construir una historia a partir de sus propios objetivos. México no es la excepción y los gobiernos siempre lo han intentado. 

Carlos Salinas nos vendió que entraríamos al primer mundo de la mano de sus reformas neoliberales y el Tratado de Libre Comercio. Zedillo nos prometió rescatarnos de la quiebra y construir un sistema democrático. Vicente Fox era el presidente del cambio, de la transición democrática. La esperanza con botas.

Calderón iba a terminar con la inseguridad y la violencia de la mano de las Fuerzas Armadas en su cruzada contra el narcotráfico. Y Peña nos impulsaba a la modernidad del Siglo XXI gracias al Pacto por México, las reformas estructurales y la Cruzada Nacional contra el Hambre, que prometían acabar con la pobreza y la desigualdad.

Como sabemos, nada de eso ocurrió. En todos los sexenios ha habido un punto de inflexión en el que su narrativa se cae por los suelos y sus sexenios transforman la esperanza en decepción.

A Salinas se le apareció el EZLN el mismo día que entraba en vigor el TLC. Su sexenio se comenzó a derrumbar ese 1 de enero de 1994. Zedillo cumplió pero a costa del pacto político con diferentes poderes del país. La matanza de Acteal es, hasta la fecha, lo primero que se viene a la mente cuando pensamos en el último sexenio del Siglo XX.

La decepcionante actuación de Fox tocó fondo con su persecución a Andrés Manuel López Obrador. El fallido desafuero dibuja al ex presidente en toda su incompetencia. Y qué decir de Calderón: no solo no cumplió su promesa sino que creó las condiciones para convertir al país en un baño de sangre y territorio de fosas clandestinas.

El caso de Peña es emblemático: construyó una narrativa exitosa sobre los cimientos de una corrupción rampante. Cimientos que se vinieron abajo cuando desaparecieron los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. El escándalo de la “Casa Blanca” puso en coma a un gobierno que nunca se recuperó.

Cuando las narrativas de los gobiernos se construyen sobre la base de la fantasía de los gobernantes, el derrumbe suele ser estrepitoso. Salinas, Fox y Peña son ejemplos relevantes de ello.

Por eso preocupa ver cómo la llamada Cuarta Transformación construye su propia narrativa con base en realidades alternas de un puñado de personajes, pero que defienden sus seguidores en las diferentes arenas públicas del país, sean medios, calles o redes sociales.

Así, ahora sabemos que México-Tenochtitlán se fundó hace 700 años y que es la receptora de culturas milenarias de toda Mesoamérica. Aunque no sea así.

O que domamos a la pandemia desde hace un año, sin importar las centenas de miles de muertes que hemos contabilizado desde entonces.

Gracias a esa narrativa, podemos ver a personajes como Martí Batres denunciando compra de votos o a Sanjuana Martínez, la directora de Notimex que ha pisoteado los derechos humanos de los trabajadores de esa agencia de noticias, pidiendo que el Estado la proteja de las Organizaciones de la Sociedad Civil, medios de comunicación y perversas universidades.

El problema de estas narrativas es que no tienen asidero. Son endebles como castillos de arena. Aún así, se entiende que siguiendo el ejemplo de sus antecesores, los poderosos de la 4T busquen construirla. Lo peligroso es el tamaño del que será la caída.

Y es que, como en los casos anteriores, quienes han cargado con la peor parte de esas narrativas y de sus caídas, no son ni los políticos que las construyeron ni aquellos que se benefician de los políticos, sean empresarios, jueces o criminales.

No, quienes pagan los platos rotos somos nosotros. Los millones de pobres que produjeron Salinas y Zedillo o el golpe mortal que sufrieron las instituciones democráticas y de justicia de la mano de Fox. No sufrieron Calderón ni García Luna, sino decenas de miles de personas asesinadas, desaparecidas, extorsionadas, secuestradas como consecuencia de la ola de violencia de la guerra contra el narco. 

Y por supuesto, las millones de víctimas de la corrupción y la arrogancia de los peñanietistas.

En Cuestione creemos que es posible cambiar las narrativas. Que las y los ciudadanos podemos apoderarnos de ella y construir una apegada a la realidad que nos permita dejar de contar a nuestros asesinados o nuestros desaparecidos. Dejar de culpar al pasado por los muertos del presente. Sobre todo, una narrativa que nos permita construir un futuro de libertades, oportunidades y trabajo digno y honrado para todas y todos los mexicanos.

Por eso, esta semana revisaremos los momentos cruciales en los que se quebraron las narrativas de los sexenios anteriores y, también, las trampas con las que se construyen las de la actualidad. 

Porque no nos podemos dar el lujo de tener que reconstruirnos de nuevo dentro de tres años.

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