Polarización y la responsabilidad de los medios

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Vivimos una era excepcional: jamás en la historia la humanidad había tenido acceso a tanta información de forma tan rápida, diversa y extensa. Hace tan solo un par de décadas dependíamos de algunos noticieros, estaciones de radio y periódicos. Hoy, todo está a nuestro alcance.

Y sin embargo, lejos de hacernos una sociedad más informada y tolerante, nos ha empujado a un mundo cada vez más polarizado. Sucedió en Estados Unidos con Donald Trump, en Brasil con Jair Bolsonaro, en muchos países de Europa y Sudamérica, y, por supuesto, también en México.

Lo que las pasadas elecciones nos dejaron, tras una votación con pocos incidentes y en general ordenada, es un país que en lugar de buscar reunirse se dividió más. El ejemplo de la Ciudad de México nos mostró el peor rostro del clasismo y sectarismo que hoy es la regla en el país.

Una ciudad dividida a la mitad, que los simplismos y prejuicios convirtieron en una división entre ricos y pobres, privilegiados y explotados, entre derechistas e izquierdistas.

Pero cualquiera que conozca a la capital sabe que esto simplemente no es así. La ciudad es compleja, diversa y desigual en todas partes. Pero lo que hemos visto es una profundización de la división en nuestras conversaciones y un crecimiento en la intolerancia hacia quienes piensan distinto.

En gran medida se debe a las redes sociales. Diseñadas para promover más clicks y siempre beneficiándose de las conversaciones más emotivas, han ido construyendo algoritmos para reafirmar nuestras visiones e ideas, atentos a lo que buscamos y seguimos. El resultado de esto es que solo recibimos información que reafirma nuestras convicciones, en lugar de desafiarlas.

Pero no son solo las redes. Los medios de comunicación, grandes y chicos, han entrado en una dinámica similar. Buscando ganar seguidores, visitas o presencia, muchas veces faltan a su responsabilidad de corroborar sus datos, de promover la diversidad de puntos de vista y de fomentar un punto de encuentro en la sociedad. Porque eso, en palabras claras, no vende.

Es muy cierto que desde la presidencia de México se ataca y estigmatiza sistemáticamente a quienes informan sobre las cosas que no le gustan al oficialismo y se pone en duda la reputación personal de muchos comunicadores. Esto es grave en un país con altos niveles de violencia contra periodistas.

Sin embargo, desde los medios muchas veces se replica esta práctica. En la molestia hacia el Ejecutivo, se exaltan las noticias negativas o se difunden visiones con tal de afectar la imagen del gobernante.

Ambas prácticas son igualmente equivocadas.  

Es la hora de ser una ciudadanía responsable que respeta a quien piensa distinto y usa argumentos e información, no estereotipos y desprecio para dialogar.

El desafío que enfrentamos no es menor. Un estudio de la Universidad de Stanford demostró la existencia de lo que llaman el “sesgo de confirmación”. Analizando a grupos de estudiantes que tenían distintas opiniones sobre la pena de muerte, confirmaron que no importaba si les daban información válida o falsa sobre su visión: solo creerían aquella que confirmaba su punto de vista.

Los medios de comunicación y las redes sociales han descubierto el beneficio de explotar esta debilidad social. Entre más nos reafirmen lo que ya pensamos, más seremos parte del público objetivo. Romper con esta dinámica es muy complejo y exige un esfuerzo personal: considerar información que cuestiona tu visión política, social, moral. 

Exige un acto de valor enorme, que es estar dispuestos a estar equivocados. Asumir que vivimos en un mundo de grises y no de blancos y negros. Necesitamos tener la disposición a entender que los demás ven cosas que quizá nosotros no.

Para entender cómo se ha construido esta lógica polarizante en otros países, sus efectos en la sociedad y la urgencia de atenderla, Cuestione analizará esta semana el origen de estos fenómenos, así como los caminos para construir puentes para un diálogo tolerante en nuestra sociedad.

Al final, nuestra vocación como medio de comunicación siempre ha sido clara: una sociedad que cuestione al poder, que cuestione a la clase política… pero también que se cuestione a sí misma.

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