Presidencialismo absoluto

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En 2018, México votó por un cambio. Era un cambio que se hacía indispensable para acabar con la rampante corrupción, con los abusos de poder. Era un cambio para que el país se enfocara en los más necesitados y acabara con la violencia.

Pero ese cambio prometido no parece estar llegando. Al contrario, cada vez los que se dicen diferentes se parecen más a lo que querían transformar.

El arrollador triunfo de Morena y Andrés Manuel López Obrador, en lugar de llevarnos a un México más democrático, en muchos sentidos nos está regresando al viejo modelo, donde el mandatario es el jefe absoluto de nuestro país, y en el que la división entre los poderes es casi inexistente.

Toda una nueva generación de votantes no lo recuerda o no lo vivió, pero durante décadas nuestro país fue de un solo hombre. El presidente, durante los ya olvidados días de gloria del priismo, controlaba tanto al Ejecutivo como al Poder Legislativo, y también al Judicial. 

Así, las leyes que se aprobaban eran las que el mandatario en turno decidía, la justicia se impartía según su gusto, y estaba rodeado de una clase política cuyo principal objetivo era complacerlo. Los políticos buscaban ganarse su favor, y todo giraba en torno a rituales con el objetivo de ser uno de sus cortesanos.

Pero tras largas luchas sociales, que dejaron muchos muertos en el camino, los tiempos fueron cambiando. En 1997 fue la primera vez en la historia moderna de México que la oposición logró ser mayoría en el Congreso, obligando al entonces presidente Ernesto Zedillo a negociar con las distintas fuerzas políticas decisiones tan importantes como el presupuesto de la Nación.

Por años no volvió a haber mayoría absoluta de un solo partido. Esas décadas permitieron que, con presión de la oposición, se abriera el abanico político y, sobre todo, se crearan instituciones para supervisar y vigilar al gobierno en turno. Nació entonces el Instituto Nacional de Transparencia y Acceso a la Información, y la Comisión Nacional de Derechos Humanos se volvió autónoma.

Como éstas, todo un entramado institucional se ha ido construyendo para acotar el poder del Ejecutivo y buscar la equidad ante la justicia, mejorar la competencia económica y mantener un mayor equilibrio entre poderes.

¿Es un sistema perfecto? Por supuesto que no. Entre las presiones políticas y los intereses económicos, siempre hay espacio para el influyentismo y la manipulación. Pero lo que está sucediendo en este momento es un peligroso retorno al viejo orden en que una sola persona gobierna sin contrapesos institucionales.

En efecto, la oposición está débil, golpeada y desacreditada. No ha logrado reinventarse ni construir un discurso propositivo desde su derrota electoral. Huele a pasado y la gente lo ve así.

Por su parte, el llamado “cuarto poder”, la prensa crítica, se ha convertido en un enemigo del gobierno, al que sistemáticamente cuestiona por su labor de investigación. La sociedad civil ha corrido la misma suerte, y hasta las feministas son acusadas de ser operadoras del conservadurismo. 

Al mismo tiempo, López Obrador se ha rodeado de un gabinete de aplaudidores. No tiene empacho en desmentirlos públicamente, generando un ambiente de temor e intimidación entre quienes deberían ser justo las personas que pueden contener sus ocurrencias o propuestas sin sustento

De igual forma, desde su púlpito presidencial, detiene y controla a sus diputados, que hoy ejercen la mayoría. Cuando proponen leyes que no le parecen, simplemente les dice que eso no va y se le obedece sin mayor reclamo.

El Poder Judicial no se ha librado de los ataques desde la presidencia. En su mensaje con motivo del Segundo Informe Presidencial, López Obrador no pudo evitar acusarlos de arrogancia por no asistir al evento, a pesar de la pandemia.

Aun, con esa supuesta arrogancia, el caso de Emilio Lozoya ha demostrado que la justicia es muy dependiente de los intereses del gobernante, que opina sin pudor sobre un caso judicial y apoya el trato preferencial del confeso delincuente.

Esto representa un riesgo mayor para nuestra democracia. Quitarle poder al presidente, en un país muy presidencialista, ha sido un trabajo de décadas y de sacrificios. Y tiene sentido: el destino de nuestra nación no puede depender de la voluntad de una sola persona.

Por eso, esta semana en Cuestione analizaremos los riesgos de volver a un presidencialismo todopoderoso, en el que quienes alzan la voz son denigrados y quienes pueden ejercer contrapesos, simplemente guardan silencio.
Le gusta decir a López Obrador que “no somos iguales”. Pero, parafraseando a George Orwell, “no somos iguales, pero unos son más iguales que otros”.

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