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Punto ciego

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El resultado electoral fue recibido como un balde de agua fría por la oposición, pero también por amplios sectores sociales que se habían convencido de que la victoria estaba a su alcance o de que al menos el resultado sería mucho más estrecho.

Era una convicción construida sobre su experiencia social: vieron la dimensión de la Marea Rosa y les pareció una señal de triunfo. La gran mayoría de las personas que conocen votarían por la oposición, y muchas además detestan al presidente. Había un factor de placer y reivindicación personal al verlos perder.

Se aferraron a las ideas que les convenían: aquella rara encuesta que les daba la victoria, aquel chisme que veían en sus redes, las noticias de violencia o corrupción que alimentaban su narrativa.

Tras la elección, por supuesto, han llovido las justificaciones. Circulan ya graves teorías de la conspiración sobre un hiper fraude masivo, por ejemplo. 

Cuando ganó Andrés Manuel López Obrador con el 53% de la votación, en Cuestione nos dimos a la tarea de dividir el padrón electoral en todas las combinaciones posibles, como género, edad, nivel socioeconómico, estado civil, geografía y demás. No importó cómo repartiéramos el pastel, el resultado era el mismo: ganó AMLO. 

Pensar que se puede ejecutar un fraude de esta dimensión -el 60% del voto- en todos los segmentos, es imposible. ¿Que hicieron fraude en algunas poblaciones? Seguramente. ¿Que hubo acarreo? Sin lugar a dudas ¿Que amenazaron a la gente con quitarle sus programas sociales? Por supuesto. 

Pero no es realista ni serio creer que así logras 36 millones de votos.

Por supuesto, un triunfo de este tamaño es multifactorial: hay tantas razones como votos para tomar una decisión. Pero en estos casos complejos, la respuesta más simple suele ser la más correcta: la oposición no supo convencer.

No logró instalar su narrativa de que todo estaba mal. De que vamos en una deriva autoritaria. De que seremos un narco Estado socialista. Y sobre todo de que lo harían muchísimo mejor. Y no es que no tuvieran argumentos, es que no lograron comprobarlos, articularlos y, así, convencer.

Mientras, desde el oficialismo sí se logró crear la noción de que la gente sí les importa, de que son distintos y de que era peligroso volver al pasado. 

Así, el antes poderoso Partido Revolucionario Institucional, y el antes gobernante Partido Acción Nacional están justo en el lugar en el que la oposición de izquierda estuvo en los 80 y 90: con influencia limitada, sin mucho eco social y sin generar mayor confianza. 

Les tocará recorrer ese mismo camino ahora que es largo y empedrado. Pero solo lo podrán avanzar si hacen una profunda autocrítica de lo que salió mal.

Les urge renovar, en primer lugar, sus liderazgos. No pueden pensar los arquitectos de este fiasco que no tienen ninguna responsabilidad. Muchas voces ya lo habían advertido, pero no se escuchó: Alejandro Moreno y Marko Cortés eran veneno para la oposición. Y su cinismo de no presentar sus renuncias de inmediato confirma todas las sospechas sobre ellos.

Pero no es solo un tema de los partidos, sino también de los sectores frustrados con este resultado. La lección es que no basta ser combativo en redes, sino que hay que ver más allá de ellas. Vivimos en burbujas y no nos damos cuenta. Es un punto ciego en amplios sectores.

Dejaron de poner atención y de escuchar las razones de los demás. Mucha gente pensó que una movilización gana elecciones, pero se gana en las urnas: una lección que desde el Cardenismo de los 90 quedó clara

Y es cierto que el oficialismo no ayudó: desde Palacio Nacional se alimentó esa polarización día con día. Se usó al poder del Estado para antagonizar a cualquiera que fuera percibido como enemigo o adversario. Eso alimentó a sus seguidores y los mantuvo dinamizados. Pero la verdad es que gran parte de la sociedad no estaba involucrada en esta batalla verbal: simplemente la miraba desde afuera. Sin embargo, la oposición compró la bronca y se montó en ella, en lugar de voltear hacia la gente.

Es deseable que desde el próximo gobierno haya la madurez y generosidad de realmente abrir las puertas a la reconciliación nacional y se rompa la dinámica de imposición que podríamos ver. Y es deseable también que demos un paso atrás en nuestras furias electorales y miremos hacia adelante. Sería el mejor camino.

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