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Cuando el destino nos alcanzó: el coronavirus y su impacto en nosotros

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¿Cómo cambió nuestra vida con la pandemia? ¿Cómo la vivió la gente? Recordemos la historia…

Miedo, incertidumbre, ansiedad, depresión y dolor son las palabras más comunes entre quienes sobrevivieron a la pandemia de COVID-19, virus que entre el 31 de diciembre de 2019 y el 10 de marzo de 2023 ha sido la causa de muerte de casi 20,000,000 de personas en todo el mundo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud.

Según datos de la Universidad Johns Hopkins, los saldos de la primera gran pandemia del siglo XXI se contabilizan con 676,609,955 casos reportados y 13,338,833,198 dosis de vacunas suministradas en todo el planeta.

En México, la pandemia impactó al igual que en el resto del mundo, y colocó al país en el puesto número 12 a nivel mundial de acuerdo con el número de víctimas fatales con 333,188 personas fallecidas por coronavirus. Sin embargo, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), entre enero de 2020 a junio de 2022 se registraron 469,722 defunciones por COVID-19. 

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Aunque el 9 de mayo de 2023 se decretó el fin de la emergencia por la COVID-19, se mantienen las medidas de control y mitigación de la enfermedad causada por el virus. Además, se subrayó que continuará el programa de vacunación como medida de prevención, lo cual deberá incorporarse al programa de vacunación universal.

Sin embargo, el virus de la COVID-19 cambió irremediablemente a nuestras sociedades.

En Cuestione nos dimos a la tarea de recopilar testimonios de cómo se vivió el COVID-19, qué nos ocasionó y qué reflexiones nos deja un virus que no se ha ido, pero que sacudió al mundo como nunca antes. 

Perdí a mi papá y a mi tía en menos de una semana

Fue en agosto de 2021 cuando Julio, el padre de Fernando, un joven estudiante universitario de la UNAM, comenzó a tener los síntomas del coronavirus. México atravesaba la tercera ola del virus que llegó al país oficialmente en febrero de 2020.

El hombre tenía un puesto en un mercado y de un día para otro la fiebre, los dolores de cabeza y la dificultad para respirar llevaron a Julio, de 50 años, al hospital. 

Fernando nos contó que su padre se cuidaba: usaba cubrebocas, evitaba aglomeraciones, mantenía las medidas de higiene. Pero eso no fue suficiente. El virus lo alcanzó y en tres días lo llevó a la tumba

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“Faltaba poco para que le pusieran la vacuna. De un día para otro su salud empeoró. Comenzó con flujo nasal cuando volvió del trabajo. Ya para la noche no nada más era eso. También tenía una tos grave, profunda. Lo llevamos al hospital y ya no salió”, nos dijo Fernando.

Cuando su padre ingresó al hospital ya tenía neumonía. El diagnóstico era malo, pero no catastrófico. Estuvo consciente hasta que lo entubaron, pues cada vez le costaba más trabajo la oxigenación. Julio murió en un hospital público de Iztapalapa. En su certificado de defunción aparece como causa de muerte un paro cardiorrespiratorio. 

La tragedia no quedó ahí. Unos días antes de enfermar, Guadalupe, la hermana mayor de Julio, pasó a visitarlo al mercado. Ella también observaba medidas de higiene sugeridas por las autoridades de salubridad. Por ser grupo de riesgo, tenía su primera dosis de vacuna. Pero aún así contrajo el virus y murió. Los síntomas y la evolución fueron iguales. Todo en menos de una semana.
Fernando también enfermó de COVID-19, pero apenas tuvo síntomas. 

Atrapado sin salida

Una de las primeras cosas que perdimos durante la pandemia de COVID-19 fue la movilidad. Los confinamientos, obligatorios o no, fueron la primera medida que los gobiernos adoptaron a sugerencia de la Organización Mundial de la Salud

En ese contexto, viajar se convirtió en una pesadilla. Así lo experimentó Andrés, quien a lo largo de la pandemia tuvo que ir a Sudamérica y experimentar los cambios en las decisiones del gobierno de Chile, que fue uno de los primeros países en cerrar su espacio aéreo. 

“Cada país implementó sus medidas de control sobre quiénes entraban y cómo debían entrar. Chile fue muy riguroso e incluso cerró su espacio aéreo y pasé meses sin ir. Cuando lo abrieron lo hicieron con enormes restricciones. Tenías que ir con tu examen PCR y al llegar había que llenar un registro online que decía dónde ibas a estar, cuanto tiempo y con quién. Tenían una cuarentena impuesta por el Estado. Era como un campo de concentración pues después de hacer una fila infinita te subían a un camión y hacían un recorrido para ir dejando a cientos de personas y dejarlas en hoteles designados”, nos relató.

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En uno de esos viajes, Andrés estuvo cinco días encerrado en un hotel, sin posibilidad de salir. Cuando lo intentó, un empleado lo amenazó con notificar a las autoridades policiacas, que tenían un estricto control.
Cuando finalmente resultó negativo a coronavirus y pudo visitar a su familia, los controles del Estado seguían. Cada tres días un inspector de sanidad visitaría el domicilio en el que se encontraba para vigilar que efectivamente estuviera en el domicilio que señaló. El inspector podía llegar a cualquier hora del día y en caso de no encontrarlo, iniciar un procedimiento para multarlo. 

“Estaba realmente secuestrado en la casa y no podía ver a nadie”, recuerda.

Pero si entrar era difícil, salir se convirtió en un laberinto burocrático y errático donde los procesos no eran claros y siempre existía el riesgo de no poder dejar el país.

Andrés nos relató que en su primer viaje le solicitaron el permiso de salida que expedían las autoridades sanitarias, sin embargo nunca se lo mencionaron sino hasta que estaba a punto de abordar su vuelo. 

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La opción fue llenar un formulario en línea, pero éstos se revisaban de manera aleatoria, por lo que era posible que los funcionarios encargados de procesarlo ni siquiera se enteraran. Ante este escenario, las autoridades le sugirieron enviar varias veces el mismo formulario con la intención de que alguno fuera revisado

Andrés consiguió el permiso para salir, pero se dio cuenta que solamente uno de sus formularios obtuvo la respuesta positiva Los demás solicitaban documentos que no tenía.

“De mis 4 solicitudes, la primera la aceptaron, pero las otras 3 las rechazaron y pedían más documentos. Era un sistema errático. Conforme avanzaba la pandemia fueron cambiando las reglas. Fue un producto de estrés personal y familiar, pues no sabía si iba a ir, si podría volver, si podría salir”, nos dijo.

Con el tiempo, las medidas se relajaron, pero la experiencia del confinamiento y la incertidumbre no se han ido del todo y dejan secuelas sobre todo en los más jóvenes y sus habilidades sociales, nos dijo.

Un miedo que no se va del todo

Para Lilia, la pandemia representó soledad, ansiedad e incertidumbre. Ella acaba de ingresar a un nuevo empleo, así que el confinamiento la dejó en una suerte de limbo, pues no supo sino hasta mucho después en qué consistía su trabajo.
Desde el primer momento, nos cuenta, se encerró en su departamento y no salió sino hasta 4 meses después. Entre las medidas que adoptó estuvieron no tener contacto con nadie, quitarse los zapatos a la entrada de su casa, dejar las bolsas del supermercado al menos dos días en el corredor antes de meterlas a su vivienda y buscar el contacto con otras personas, aunque fuera con interminables fiestas vía zoom.

“Fue un momento de absoluto terror e inestabilidad. No sabíamos nada de lo que estaba sucediendo. Vivía preocupación por el estado mental, preocupación por la soledad. Yo tenía mucho miedo”, relató.

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“Era muy difícil porque rompió completamente toda mi dinámica. La pandemia fue un pánico constante de no saber que iba a suceder, por mis papás, por mi, por mis sobrinos. Una cosa que me dolió muchísimo fue no poder abrazarlos. Eso me hizo entrar en una depresión”.  

Nos dijo que una de las mayores incertidumbres era no contar con seguridad social, lo cual también aplicaba para su familia. 

Durante la pandemia, la muerte también rondó su entorno. Padres y madres de sus amigos y amigas comenzaron a morir. Según su apreciación, la pandemia modificó todos los aspectos de la vida, desde cómo comemos hasta cómo soñamos. 

Al respecto, diversos estudios apuntaron a que la pandemia también afectó los sueños, sobre todo los hábitos, el tiempo de sueño y la actividad onírica entre las personas saludables. 

Este documento de la Biblioteca Nacional de Medicina de EU, explica que en un estudio internacional en el que participaron 1,088 personas, científicos analizaron sus sueños y tiempos en los que dormían antes de la pandemia y después de que ésta comenzó para detallar la frecuencia de pesadillas nocturnas.

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Los hallazgos fueron que durante la pandemia la gente soñó más, pero tuvo más pesadillas. También las horas de sueño se redujeron y los casos de ansiedad, depresión, estrés postraumático aumentaron, así como la actividad onírica en la que el tema que dominaba los sueños era el coronavirus.  

Impacto de la pandemia en la salud mental 

El miedo, la preocupación y el estrés son respuestas normales en momentos en los que nos enfrentamos a la incertidumbre, o a lo desconocido o a situaciones de cambios o crisis. 

“Es normal y comprensible que la gente experimente estos sentimientos en el contexto de la pandemia COVID-19”, apuntó la OMS en comunicados publicados al comienzo de la pandemia.

Al temor de contraer el virus se sumó el impacto de los importantes cambios en nuestra vida cotidiana provocados por los esfuerzos para contener y frenar la propagación del virus. 

Ante las nuevas y desafiantes realidades de distanciamiento físico, el trabajo desde el hogar, el desempleo temporal, la educación de los niños en el hogar y la falta de contacto físico con los seres queridos y amigos, la pandemia provocó una mayor demanda de servicios de salud mental. 

Alrededor del 20% al 70% de la población sigue sufriendo depresión y ansiedad, informó la OMS. Las mujeres, los jóvenes, las personas de bajos ingresos y las personas con problemas de salud mental preexistentes y los trabajadores de la salud, fueron los grupos más afectados.

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En una encuesta realizada en el 2021, en 30 países en todo el mundo, más de la mitad de los participantes de Chile, Brasil, Perú y Canadá expusieron que su salud mental había empeorado desde el comienzo de la pandemia, superando el promedio global del estudio de 45%, según datos del Foro Económico Mundial.

En tanto, en EU, el país con el mayor número de muertes y contagios por COVID-19, y donde se realizaron este tipo de encuestas y estudios de manera más exhaustiva, el número de personas con síntomas recientes de ansiedad o trastornos depresivos aumentó de 36.4% a 41.5%.  En ese país el porcentaje de personas que se dijeron no satisfechas por no recibir atención en salud mental aumentó de 9.2% a 11.7% entre agosto de 2020 y febrero de 2021 debido a la pandemia de COVID-19.

Para los niños y adolescentes las cosas fueron peor. Hasta marzo de 2021, 114 millones de niños aún no asistían a la escuela. Estos cambios no sólo provocaron rezagos en la educación, sino también en las relaciones sociales de las infancias. 

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Una encuesta de la UNICEF reveló que en nueve países de América Latina y el Caribe 27% de los jóvenes entre 13 y 29 años reportaron haber sentido ansiedad y el 15% depresión.

Teniendo contacto con adolescentes y menores, Andrés nos mencionó que uno de los síntomas que ha observado es que se volvieron más temerosos y con estrés social. 

“Lo que noto y me parece muy relevante es que los niños y los jóvenes se han vuelto más incompetentes socialmente. Les cuesta construir nuevas amistades, sus círculos sociales se han vuelto más pequeños y nucleares. Tuvo un profundo efecto en los menores. Realmente perdieron habilidades sociales y enfrentan la sociedad con más angustia de lo que deberían”, concluyó.

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