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Prejuicios e intereses económicos, las razones detrás de la prohibición de las drogas

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Detrás de la prohibición de sustancias existen prejuicios e intereses políticos y económicos en los que las autoridades se basan para decidir si condenan o permiten el consumo de alcohol, cannabis, tabaco y otros productos, pero raramente es la preocupación por la salud de la ciudadanía la motivación principal.

La llamada guerra contra las drogas promovida por Richard Nixon en 1971 asoció el suministro y consumo de sustancias con una supuesta peligrosidad y criminalidad de grupos que eran inconvenientes para el gobierno de Estados Unidos, principalmente la comunidad negra y los jóvenes que conocemos como “hippies”.

El estigma que ha recaído sobre algunas sustancias proviene de la discriminación al asociar su consumo con estereotipos impuestos a diversos grupos: la cannabis con la gente mexicana, el opio con las personas de descendencia china, la heroína con la comunidad afrodescendiente y otros, nos dijo Frida Ibarra, directora de incidencia de Mexicanos Unidos Contra la Delincuencia, una asociación en favor de la seguridad, la justicia y la paz en México.

Incluso, en 1920 bajo el mandato de Venustiano Carranza se penalizó el uso de la marihuana con el argumento de que “degeneraba la raza”. Resalta que esta sustancia se utilizaba, junto con el aguardiente y el pulque, por la gente del pueblo, principalmente como analgésico.

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La entrevistada nos explicó que la prohibición de las drogas no tiene que ver necesariamente con que una sea menos dañina que otra, todas son un factor de riesgo dependiendo de la manera en la que se consumen y la dependencia que generan en las personas.

Su prohibición depende más de lo que se decide en los organismos internacionales como la Organización de las Nacionales Unidas y sus convenciones sobre sustancias psicotrópicas y estupefacientes, donde se determina cuál de esas sustancias es legal o no en función del modelo político al que se dirijan. “Al final la política exterior es lo que dicta la agenda”, destacó Ibarra.

“Hay una parte de la política internacional de fiscalización de drogas que viene desde  Naciones Unidas con la idea generalizada de que es posible un mundo sin drogas y de que  hay que actuar como países para erradicar el consumo de sustancias, porque ‘está dañando la salud de nuestros niños’”, detalló la entrevistada. 

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Y agregó que esta es una medida moralista e idealista porque es imposible eliminar por completo el consumo de sustancias en el mundo. 

México prohibió el uso personal de la cannabis 17 años antes que Estados Unidos –que lo hizo en 1937– y luego, durante el sexenio del ex presidente Lázaro Cárdenas (1940) se decidió por la despenalización de las drogas y sobre suministrar de sustancias a las personas de manera segura, nos dijo la especialista.

“En el Reglamento Federal de Toxicomanía se permitía esta política mucho más sensata en temas de salud, pero duró cuatro meses, obviamente por la presión de nuestro país vecino: Estados Unidos”, acusó Ibarra.

El alcohol sí es legal pero la cannabis no, ¿por qué?

Existe una relación cultural muy distinta con el alcohol que con otras sustancias, nos dijo Frida Ibarra, incluso aunque en Estados Unidos existió un fallido intento de erradicar su consumo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX –lo que se conoce como la Ley Seca -cuando la Enmienda XVIII a la Constitución prohibió vender, producir, importar o hasta transportar alcohol en el país.

Esto dio pie a que los grupos criminales tomaran el control de la industria y se crearan centros clandestinos para vender bebidas embriagantes a los millones de ciudadanos que desobedecieron esta medida hasta que fue derogada en 1933.

“La memoria de este fracaso, los recursos que tiene la industria del alcohol -que es un negociazo- y la forma en que la sociedad ve el consumo alcohol influye en que se mantenga como una sustancia legal. Si consumes alcohol en una fiesta, nadie piensa que tienes un problema de adicción”, resaltó Ibarra.

Zara Snapp, activista por la despenalización de la marihuana y directora del Instituto RIA que impulsa políticas de drogas basadas en la justicia social, destacó que en las convenciones internacionales de la ONU como a nivel nacional se sostenía la idea de que la cannabis generaba más daño a las personas y a la sociedad, por eso se prohibía.

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“Pero cuando vemos la evidencia sobre cuáles son las sustancias que hacen mayor daño a la persona o a su alrededor, el alcohol está en al principio de la lista, así como el tabaco. Uno tiene que pensar que la prohibición de la cannabis era por otros intereses, por parte de la industria, como pasó con la presión de la industria del algodón para ganar terreno sobre el consumo de cáñamo, como se ha documentado en múltiples ocasiones”, nos dijo Snapp.

La activista agregó que la política actual se ha enfocado en fomentar el miedo y los prejuicios sin mostrar evidencia que respalde las medidas que se están tomando sobre el consumo de sustancias.

“Las nuevas restricciones en el control de tabaco ignoran la realidad, se realizan desde un lugar de miedo -desde Palacio Nacional y los que están construyendo esa política- sin ofrecer alternativas”, explicó Zara Snapp y destacó la reciente prohibición que se hizo desde el gobierno federal sobre los cigarrillos electrónicos y sus variantes que, de alguna manera, se consideran una opción para las personas fumadoras.

En consideración de la activista, las estrategias que se están implementando para el control del consumo de sustancias se están diseñando sin la evidencia suficiente y sin tomar en cuenta cuáles son las necesidades de la ciudadanía.

La implementación de políticas públicas basadas en prejuicios e intereses económicos no se reflejan en un mayor beneficio a la salud de las personas, sino todo lo contrario, abren las puertas para un consumo descontrolado, sin regulación y sin la información necesaria para tomar decisiones conscientes sobre nuestros hábitos y preferencias. 

Pero que además las autoridades jueguen a ser la niñera de la ciudadanía no solo no es eficiente, sino que puede ser hasta contraproducente. Ya lo hemos visto.

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