Carta a Bianca, una de las miles víctimas de feminicidio

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*Esta carta se quedó en el tintero, después de investigar a una banda de feminicidas adolescentes –liderados por un militar mayor de edad–, en 2014. La información aquí contenida se basa en declaraciones ministeriales, entrevistas con familiares de las víctimas, abogados y policías relacionados al caso.

Bianca, tus papás salieron a buscarte el mismo día en que desapareciste, el 8 de mayo de 2012, a las 11 de la noche, dos horas después de que habías quedado de ver a tu mamá en su trabajo y no llegaste. 

Primero, en coche, fueron a las casas de tus amigos, gritaban tu nombre por las calles de Héroes de Tecámac, donde vivías. A la 1 de la mañana regresaron a casa. Iris Cedillo, tu mamá, corrió a tu cuarto esperando encontrarte ahí, pero no estabas. Jamás volverías a tu habitación. Tu hermanito, entonces de nueve años, dormía. Regresaron a la calle en tu búsqueda, esta vez a pie. Se metieron a terrenos baldíos, hurgaron entre matorrales y montañas de basura. Así buscan los papás del Estado de México a sus hijas. 

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A cada paso, tras revisar detrás de cada bulto, tu mamá se alegraba de no encontrar tu cuerpo menudo ahí, mientras que los segundos alimentaban su angustia. 

Con tu desaparición, Bianca, dejaste muchos “hubiera” en tu lugar. Esa palabra jamás había dolido tanto a tus padres.

Miguel Barrón, tu papá, quiere que sepas que sí te iba a celebrar tus XV años, aunque aquella tarde de discusión juró que no lo haría si no mejorabas tus calificaciones. Sí te los iba a celebrar. Sí te los iba a celebrar. Esa amenaza velada le quitó el sueño muchas noches después de que desapareciste, atormentándolo con la duda de si esa era la razón para no volverte a ver jamás.

Tu mamá es fuerte, sólo se dobla cuando recuerda que fue por su insistencia que te cambiaste de escuela. Cuando hace memoria y repasa todos los obstáculos que aparecieron en el camino y que no los interpretó como indicios para no inscribirte en la secundaria Héroes de la Independencia, en Tecámac. Las vecinas le habían dicho que era la mejor escuela. Movió cielo, mar y tierra para conseguir que entraras a ella. 

Fue ahí, en la escuela, la institución a donde las campañas contra la inseguridad dicen que hay que mandar a los hijos para alejarlos de la delincuencia, que conociste a uno de tus asesinos: Francisco Matadamas; todos le llamaban Paco. Su apellido se prestaba a la burla, pero nunca a la premonición. 

Paco era tu amigo, le decías “carnalito”. Por eso no lo delataste cuando te invitó a vender drogas. Por eso no revelaste que uno de sus amigos, Erick Sanjuan Palafox, a quien apodaban El Mili por ser militar, se robaba la droga de los operativos para después distribuirla en su red de adolescentes narcomenudistas que se encargaban de venderla en la escuela y en la calle. Estabas segura que tu silencio era prueba de lealtad. Pero no bastaba con ser leal, también había que saber con quién serlo. 

Paco te presentó a Ricardo Gordillo, El Piraña, y a Daniel Jaramillo, El Gato, –dos más de los involucrados en tu feminicidio–. El Gato fue tu novio por un tiempo y también fue quien te dijo que había una fiesta para hacerte salir de tu casa.

A todos ellos los conocía tu familia, Bianca. Todos habían comido en tu casa. Todos habían jugado con tu hermanito al futbol. Todos abusaron de ti, te violaron, te torturaron. Ninguna persona, pero en particular ninguna niña –como tú– deberían de conocer este tipo de dolores.

Para estos momentos, ya todos ellos –menos El Mili, quien fue sentenciado a 70 años de prisión– deben estar libres, porque al ser menores de edad, la ley establece que no se les puede sentenciar por más de cinco años.

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Feminicidas en serie

Bianca, no fuiste la única. Tú no lo sabías, pero para la banda de El Mili, El Gato, El Piraña y Paco, tú y al menos ocho adolescentes –aunque podrían ser más– fueron trofeos de una noche, carne molida que usaron y tiraron en el Gran Canal o en la carretera, como a ti. No eran personas.

Uno de los policías que aprehendieron a tus asesinos confesos me dijo que si hubiera podido, los hubiera matado con sus propias manos. Ellos reconocieron ocho feminicidios y otros cuatro homicidios de varones. Cuando estás frente a basura como esa, necesitas mucho autocontrol para no partirles la madre, dijo el oficial con los ojos inyectados por la rabia. 

4872-8143… 4872-8143… 4872-8143… ése era tu número celular. Nunca dejabas de contestarlo. La noche que desapareciste no dejó de sonar. Tus homicidas usaron tu celular para atormentar a tus padres por meses, aunque te mataron en la madrugada siguiente a la que desapareciste, el 9 de mayo de 2012.

Ojalá solo te hubieran matado, pero antes de quitarte la vida, te quitaron todo lo demás que hace a alguien persona con tortura. Te mordieron los senos aún púberes, te golpearon hasta deformar tu rostro aún de niña, te metieron papel higiénico con solvente en boca, vagina y ano para borrar sus rastros. Gritaste de dolor, te quemaron por dentro y finalmente te asfixiaron. Eso dice el informe de tu muerte. 

Aun cuando tu cuerpo pequeño ya no se movía, ya no respiraba, te volvieron a violar. Te vistieron y te dejaron en la carretera que conecta Ecatepec –uno de los municipios más peligrosos para las mujeres de todo el país– con Pachuca.

Fuiste la octava niña que asesinaron, pero contigo se ensañaron de manera particular. Dicen que les debías 3,500 pesos por la mariguana que te dieron a vender y no habías pagado. Apenas tenías tres semanas de acceder al juego de creerte la “reina de las chavas que la mueven”, como te había dicho Paco para convencerte.

Tu mamá te encontró, Bianca

Bianca, quizá alguna vez reclamaste a tu mamá que no tuviera tiempo para ti. Quizá llegaste a pensar que su trabajo era más importante, pero debes saber que no fue así. Cuando desapareciste, dejó su empleo para encontrarte. Se convirtió en detective, abogada y activista, como miles de madres más en este país. 

Altar a Bianca en su casa. Foto: Gabriela Gutiérrez

Ella fue quien encontró el primer indicio que condujo a ti. Después de repasar por enésima vez todas tus libretas buscando tu contraseña de Facebook, dio con unos números y letras. Probó y ¡eureka! entró a tu cuenta de esa red social. La Policía Cibernética no lo hizo porque dijeron que necesitaban la orden de un juez y esa orden jamás llegó. 

Iris leyó cómo por “inbox” Paco intentó convencerte durante dos meses para que vendieras droga en la secundaria, como hacía él. “Vas a ser la jefa de las niñas –te decía–. Como la Reina del Sur” (sic).

Dijiste que no, una, dos, tres, todas… Casi todas las veces, pero a mediados de abril de ese 2012, accediste. No, Bianca, no importa que hayas aceptado participar, no merecías lo que hicieron contigo. Tú no tienes la culpa. Como no la tuvieron las otras siete niñas que asesinaron, cuyo único error fue haber nacido en el Estado de México y cruzarse por el camino de esos feminicidas. 

Cuando el Servicio Forense del Estado de México recogió tu cuerpo sobre la carretera, Bianca, no tenías identificación y te registraron como una mujer de 25 años, aunque aún eras una niña de 14. Por eso cuando tus padres recorrieron todos los hospitales y morgues del Estado de México no te encontraron. Buscaban a una niña, a su niña. 

Katherine Olier Pimienta, subdirectora de docencia de la Academia Internacional de Ciencias Forenses, cree que un error así es prácticamente inconcebible. “Es inverosímil que un profesionista diagnostique 25 años a una niña de 14. No debe haber margen de error, porque estamos hablando de la parte interna del cuerpo”, dice. 

La especialista nombra al menos cinco técnicas de seguridad para identificar la edad de un cuerpo: presencia de segundos molares en la dentadura, medición del fémur, características del útero, cantidad de vello púbico, con rayos X revisar el cierre de cartílago del dedo medio de la mano. Pero al parecer ninguna de ésas se te practicó.

Ese error humano e institucional permitió a tus asesinos torturar a tu madre con mensajes de texto desde tu celular haciéndose pasar por ti, para comprar tiempo. En esos mensajes le decían a tus padres que habías sido golpeada, que habías abortado, que intentarías escapar. Cada palabra, aún las más crueles, alimentaban la esperanza de hallarte con vida. Cuando la realidad es que te mataron horas después de haberte secuestrado.

También utilizaron tu celular para escribir y extorsionar a otras madres, que como la tuya, buscaban a sus hijas. Sí, les dio tiempo, pero también, con eso ofrecieron un vínculo entre tu asesinato y el de las otras siete menores de edad que también fueron sus víctimas, todas del Estado de México. Entre los nombres están los de Abril Selena Caldiño, Yenifer Velazquez Navarro y Lucía Joselyn Robles Sánchez. Además de cuatro hombres, uno de ellos, según declaraciones ministeriales, fue asesinado por no pagar una deuda de 500 pesos. 

“Vamos por un cabrón para matarlo o por una vieja para violarla y matarla”, decía El Mili antes de salir a buscar una víctima, como quien va por algo a la tienda. Su siguiente paso era empezar a “levantar” niños menores de 12 años. “Se le empezó a alocar”, dijo El Piraña en su declaración.

Hasta que unos policías nuevos que tomaron tu caso se les ocurrió ampliar el rango de edad en la búsqueda de cuerpos en las fosas comunes. Ahí te encontraron casi un año después de tu desaparición. Estabas en la fosa 69, fila 17, del Panteón de San Isidro Atlautenco. Un enterrador te recuerda, dice que tuviste suerte de que te hubieran puesto en caja, porque cuando solo los colocan en bolsas, se llegan a mezclar los huesos de los demás cuerpos en la misma fosa. 

Fosa común del Panteón de San Isidro Atlautenco. Foto: Gabriela Gutiérrez

El Gran Canal, una fosa común flotante, fue el destino de los cuerpos de varias de las víctimas de El Mili y su banda. Fueron las declaraciones de tus feminicidas las que hicieron que dragaran tramos del canal en octubre de 2014, aunque el procurador mexiquense Alejandro Gómez dijera que había sido para fines de desazolve y limpieza. Los policías que participaron en las averiguaciones me lo confirmaron: “buscábamos los cuerpos de las niñas”. 

Bianca, si no hubiera sido porque apagaron tu vida demasiado pronto, este año cumplirías 24, ¿estarías estudiando? ¿seguirías jugando al futbol con tu hermano? 

Aunque El Mili, Paco, El Gato y El Piraña fueron tus asesinos directos, no son los únicos culpables. Tan feminicidas como ellos son el sistema, los funcionarios y las instituciones que debieron estar ahí para detenerlos, para protegerte. Pero muchas cosas han cambiado desde 2012. Muchas luchamos porque los crímenes como el tuyo dejen de ocurrir. Parece imposible, pero no nos detendremos. 

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