Hartos, pero no pendejos

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Mucha de mi “inspiración” viene de observarnos como bichos que somos y nuestro proceder cotidiano. El encierro, evidentemente, me ha quitado perspectiva, por no decir oportunidades.

Afortunadamente, existen el feis y el insta y todos sus secuaces para avisarle al mundo todo lo que se debe o no de hacer y cómo seguir palomeando las cosas indispensables para pertenecer si uno es gente bien.

Me sorprenden varias cosas, la primera de la lista es, sin duda, como hemos ido, todos, aflojando las medidas de seguridad y el encierro.

Efectivamente, sobre todo para los que tenemos hijos, es imposible permanecer aislados tanto tiempo. La salud mental de todos los involucrados en una familia se vuelve una prioridad y por eso entiendo perfectamente que tengamos que empezar a abrir pequeñas burbujas para permitirnos, y permitirles a los hijos, que entre un poco de oxígeno y se caliente tantito el corazón.

Confirmamos que todos somos entes sociales y que, por más ermitaños, solitarios, introvertidos que seamos y cuánto amemos estar en nuestra casa, todos, necesitamos ver y estar con otras personas.

Así que yo, igual que ustedes, el día que vi que a mis hijos los alcanzaba la pandemia (a los casi 6 meses de encierro) en un ataque de llanto colectivo decidí que era más importante su bienestar emocional y que era hora de correr algunos riesgos.

Hemos empezado a convivir con algunos amigos, algunas familias, pocos, cercanos, gente que sabemos que está también siendo cuidadosa y lo más responsable posible que uno puede ser en estas circunstancias. Y, efectivamente, el ánimo general ha mejorado. Son entradas de aire fresco que alivianan y hacen que recuperemos tantito la fe en el futuro.

Sí, la vida tiene que empezar a retomar lentamente porque no estamos cerca de que esto se resuelva y porque no hay nadie que pueda permanecer aislado para siempre. Sí.

Oiiiiigan, ¿pero de ahí a las bodas de 200 personas? ¿A las fiestas millennials multitudinarias? ¿A ir a pasear a los centros comerciales en bola? ¿Las reus de pubertos con 30 escuincles? ¿Las minis escuelitas emergentes de 15 niñitos?  O ya estar en la viajada y la vacación como si nada, pues sí me parece una irresponsabilidad y una contradicción galopante.

No me alcanzan los dedos para contar gente posteando sus vacaciones jetseteras del tingo al tango y en un lugar público después del otro  (“es que eran muy merecidas y necesarias amiga te juro” … ¡créanme! los entiendo y las necesito idéntico que ustedes) para dos días después de regresar estar “traumados” y súper sorprendidos de dar positivo y subir sus historias buscando apapachos virtuales y  comentarios empáticos tipo:  “amigui cóooomo, no puedo creer que te diooo, que mala suerteeee” y a su vez dar respuestas  dramáticas como: “en serio no sé cómo me pasó, tomé toooodas las medidas”.

 ¿Es-ne-ta-aaaaaa?

Me impacta que la gente siga pensando que es invencible y que una pandemia mundial, a ellos, se las va a pelar. Que solo ellos están hartos de estar encerrados, incómodos, furiosos de tener que poner la vida en pausa y por eso se justifica andarse meneando para todos lados y no poder decir no, aún no. Lo del ego, pues, y el egoísmo.

#LaPendejezEsInfinita

Me queda más claro que nunca.

Otra de las “joyas” de la pandemia que tenemos el honor (¿o es el  horror?) de presenciar en las redes son las famosísimas “caravanas” para celebrar cumpleaños, graduaciones y todo tipo de eventos.

Consisten en, básicamente, armar un show afuera de las casas en donde, #1 tiene que haber escenografía, cosas pre-cio-sas de unicel para contaminar al pobre mundo (porque las toneladas de tapabocas, cloro y toallitas desinfectantes diarias no son suficientes) que se colocan afuera de las casas, o sea: hay que disfrazar la casa para que la cosa se vea festiva pues, si no, no cuenta.

Y #2, acto seguido se lleva a cabo un desfile de coches llenos de globos, tocando el claxon y echando humo, que circulan frente a la casa del celebrado en cuestión (o se estacionan por horas con el coche y el aire prendido, obvio)  arrojando serpentinas, confetis, espumas y demases cosas emocionantísimas y claro, #3:  para agradecer tantas atenciones, el de la casa tiene que homenajear a los que lo celebran dándoles también algún tipo de souvenir completamente inútil que seguramente quién lo recibe echa atrás del asiento y solo lo vuelve a ver el día que lo tira a la basura.

Una mamada descomunal no solo por la contaminación que todo esto genera sino porque, ¡otra vez!, no entendimos ni madre.

Esta es, o era, la oportunidad de enseñarle a los hijos a hacer más con menos, a encontrar el placer en la sencillez, en nuestra gente más cercana, en su familia.

Era el momento de aprender que la vida no es una ida a Disney permanente.

Que a veces no se puede. Que no pasa nada si no eres el rey del mundo y que uno puede perfectamente sentirse feliz sin hacer de todo, un enorme arguende.

Que este es un momento histórico, nefasto, eterno y horrendo del mundo que por el momento no nos permite ir, venir, festejar y estar en todos los lugares y de todas las formas que quisiéramos, pero que va a pasar y que, por lo pronto, esto es lo que hay y también puede ser muy cool hacer las cosas diferentes… y si no, pues ni modo, te chingas y asumes.

Pero no.

En lugar de eso, otra vez decidimos definirnos a través del “tipo” de mamás que somos: Tan detallistas. Tan amorosas. Tan organizadas. Tan solidarias. Tan sin nada que hacer y tan responsables que en una pandemia mundial en lugar de quedarnos quietas y usar ese tiempo para reestablecer nuestras prioridades y fortalecer a nuestros hijos, elegimos andar contaminando el mundo, traer a nuestros escuincles de una caravana a la siguiente, desperdiciar nuestro tiempo y nuestros recursos económicos en basura y sí, otra vez, ser parte central del jet set porque ¿cómo crees que no vamos a ir y a salir en el video? ¿y cómo crees que no lo vamos a celebrar como “se merece”? (primos hermanos de ¿cómo crees que no van a tener graduación, boda multitudinaria, o celebraciones de cualquier tipo?).

#TodoMal

Caray.

Nunca dejarán de sorprenderme… I´ll give you that.

Y créanme que las entiendo. Porque mis hijos también la han pasado mal y yo ¡ni se diga!

Y sí, sí para el cumpleaños de LA amiga, la de 15 me pidió que fuéramos “a comprarle algo” para celebrarla: comprar≠celebrar así lo ven ellos. Le sugerí mejor HACERLE algo ella, con sus manos, y llevárselo para poderla ver 30 minutos sentadas afuera de la casa de la celebrada. Así lo hicimos. Ella hizo unas galletas deliciosas y una carta muy linda (que además le dieron algo que hacer toda una tarde)  y yo, de chofer (obvio de lujo) esperando pacientemente 30 minutos sentada en el coche.

Y créanme, no tuvo menos significado, al contrario.

Nuestros hijos necesitan aprender qué comprar, pederear, estar en la foto, no es la manera de conectar, de hacer sentir bien a alguien más ni mucho menos de encontrar la felicidad o la paz que en este momento tanto necesitan.

Y también necesitan aprender que no pasa nada si no eres el centro del mundo. Que el nivel del show no define el amor que la gente siente por ti. Que no es necesario ser el centro de atención siempre y que la vida, sí, muchas veces, es aburrida, frustrante y puede distar mucho de ser lo que quisiéramos y que, a veces, hay que saber estarse quietos esperar y ser felices con lo que hay. Apechugar, le llaman.

Si no se los enseñamos nosotros, en este momento de la vida, díganme por favor: ¿cuándo va a suceder?

Ojalá que en los meses que sigan podamos tomar un poquito más de conciencia del impacto de las cosas que hacemos. Porque sí, si vamos a tener que empezar a movernos. Pero eso no quiere decir hacer pendejadas. Hagan sus burbujas. Retomen lo que puedan de sus rutinas. Convivan en corto y al aire libre con gente que saben que es confiable. Traten de usar los menos tapabocas posibles y comprarse uno bueno en lugar de 10 desechables. Tengan un spray con algún tipo de solución desinfectante y un trapo lavable para limpiar su coche, su súper, su cel, en lugar de aventarle 187 toallitas clorox al mundo cada día. Piensen por favor en el impacto de cada una de sus decisiones a corto, mediano y largo plazo y sí, por favor, aprendan a decirle que no a sus hijos de una vez por todas, algunas veces. Les aseguro que lejos de traumarlos, les van a hacer un enorme favor, para el resto de sus días.

Que la urgencia por satisfacer todas sus necesidades inmediatas no joda el resto de su vida y los hagamos unos mounstritos. Esa es la misión.

Porque sí, ya estamos hartos todos. Tratemos de no estar, además, pendejos.

Otro título de la autora: A veces me sale bien, a veces no tanto

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