Perfectamente mal

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En las últimas tres semanas he tenido que aventarme una sesión de verdadazos de alto impacto con tres de las personas más queridas y cercanas en mi vida.

Una de despedida de vida, en vida, con una persona que en algún momento fue una de las personas más cercanas a mi corazón y que de alguna manera, siempre lo será.

He intentado ayudar a una amiga que tiene un problema tan tremendo que ni siquiera me lo puede contar, pero sé que la está pasando muy mal.

Tuve una plática que me hubiera gustado mejor “resolver” peleándome, como cuando éramos chicas y en lugar de eso tuvimos que encontrar un lugar común y una postura madura.

He “acompañando” a alguien que está en el proceso de anunciar una decisión tremendamente difícil que cambiará para siempre su vida y la de sus demás.

Y batallando con una crisis -que ya se pasó tantito de eterna y de culera- con una de mis personas que vive con una enfermedad mental de esas que no están divertidas.

Más las noticias.

Más el covid.

Más mi papá.

Más mis pubertos.

Más la chinga diaria.

Más varias parejas a punto de tronar a mi alrededor.

Más mi brazo derecho doméstico que lleva dos semanas en su casa cuidando a sus parientes con covid -y probablemente y desgraciadamente también, contagiándose de covid- y no veo nomás pa’ cuando va a poder regresar y mientras yo malabareo.

Más yo y mi gran boca diciendo que sí a todo y encontrando cada vez más complicado tener tiempo para todo.

Más… y chance este es el peor de todos… la frasecita esa en mi cabeza que me recuerda constantemente que “tengo muchísimas cosas que agradecer, enfócate en lo bueno… no te quejes”.

No nos damos permiso de sentirnos mal, ¿se han fijado?

Tal vez por eso, últimamente, se me empiezan a desbordar las lágrimas en los semáforos.

Y por eso hoy sí me quiero quejar.

Porque estoy hasta la mismísima madre de este momento de la vida y del mundo mundial.

Este pinche bache del universo ya se pasó de cagado… los estragos empiezan a arrasar y el dementor nos va pescando a todos y uno por uno, vamos cayendo sin poderlo evitar. Es demoledor ir viendo de fuera los daños de estos últimos meses en la gente que queremos. Y sentir los nuestros.

Y no, no hay grandes remedios ni magias para curar, pero sí hay algo que podemos hacer: estar. Acompañar. Escuchar. Apersonarnos. Ayudar en lo que se puede ayudar y llorar juntos para lo que no hay manera de arreglar.

Pero sobretodo… decir.

Decir: “¡me lleva la chingada ayúdenme por favor!”, en lugar de creernos Superman. Increíble que sigamos sin aprender a dejarnos ayudar.

Y más necesario -y horrendo- aún… informarle a alguien que necesita dejarse ayudar.

Anunciarle a alguien que lo ves mal y pedirle que busque ayuda es una de las cosas más delicadas y difíciles de hacer. Puede incluso romper una relación y esa es probablemente la razón por la cual la mayoría de la gente prefiere “ser prudente” y no profundizar.

Pero pus… para bien o para mal yo no puedo ser esa persona, me ha costado amigos -que evidentemente no lo eran tanto- y momentos muy incómodos. Reconozco que era una bestia profesional y que me he ido puliendo -masomenitos- para aprenderlo a decir de una manera más amorosa, pero la verdad es que a nadie le cae nunca bien oír que lo ven de la chingada o que la está regando olímpicamente y, sin embargo, sigo y seguiré pagando el precio de decirle a la gente que sí me importa: por favor haz algo por ti.

Yo no tengo el gen que se necesita para ver a alguien parado al borde del abismo y hacerme pendeja viendo como están a punto de tirarse. Tirarse al abandono, a la tristeza, al duelo, a la evasión, a la pendejez, a victimizarse… no, no puedo.

Y entonces voy, y digo.

Me parece que gran parte del problema es que llevamos años tratando de aparentar que tenemos todo bajo control y nos hemos acostumbrado a decir que “estamos bien”, aunque estemos de la patada. 

Porque a ver, la gente que pretende ser siempre optimista y “fijarse en lo bueno” permanentemente, efectivamente tiene algo de razón en cuanto a que la actitud es muy importante, pero ningún ser humano en contacto real con sus emociones, puede neta sustentar la teoría de que se puede estar siempre bien y que todo está en la actitud.

No mamen.

No les creo n-aaaaa-d-a.

Lo que sucede es que es más fácil venderse como el que siempre está de buenas, es súper optimista, siempre está enfocándose en lo bueno, con mil proyectos, sin tiempo para nada -o nadie- el mundo se las pela, y nunca pasa nada; que abrir la llave y dejar salir toda la tristeza, o el enojo, o las carencias, o los demonios o todos los anteriores…

Y es que sí eso, efectivamente, da muchísimo miedo porque no vaya a ser que ¡además! tengamos que enfrentarnos a nosotros mismos o empezar a tomar decisiones que no tenemos ganas de tomar, o ver cosas que nos aterra aceptar. Entonces, pues mejor aparentar y poner un muro de hierro imposible de penetrar -incluso por ellos mismos- dejando siempre todo en lo superficial.

Es muy poca la gente que se permite vulnerarse y te da permiso de entrar en su vida realmente. Es muy poca también la que sabe profundizar y no quedarse siempre por encimita y se atreve, realmente, a conectar.

No quiere decir que todas nuestras conversaciones tengan que ser llegadoras y filosóficas ¡cero!, qué hueva. Tener pláticas estúpidas e intrascendentales para reír y pasarla bien sin ningún otro objetivo es una de las mejores medicinas; pero es indispensable también tener intercambios más significativos y rodearnos de gente realmente cercana con quién se puedan compartir también los miedos, los dolores y los agobios.

Para que eso suceda tiene que existir la posibilidad de decir las cosas difíciles abiertamente y aprender a escuchar lo que no queremos escuchar y entender que decir, o escuchar, no quiere decir que las cosas vayan a cambiar.

No podemos realmente “salvar” a nadie.

Y esa es la parte más difícil: ver a alguien en el abismo y darte cuenta de que a pesar de todo, va a elegir tirarse y contra eso pues no… no puedes hacer nada más que pararte junto y acompañar, aunque tu corazón, se rompa en el proceso. 

Dicen que la libertad incluye el derecho a tomar sus malas decisiones.

Qué cierto.

¡Y qué pinche desesperante carajo, tan fácil que sería si todo el mundo viera la vida como yo y se pusieran la pinche pila cuándo, cómo y dónde yo les digo!

UGHHH

Pero ese es parte también del aprendizaje: aprender a decir, y a soltar, sin romper la relación en el camino… por ninguno de los dos lados.

Agree to disagree dicen en inglés.

Es decir, aprender a decir con madurez, a escuchar con madurez y a soltar -ambas partes- también con madurez, sin quedarse trabados o fracturados de por vida después de una conversación difícil -o fácil.

Aprender a no quedarse atorados.

La vida no es fácil, pero no tiene porque ser un infierno y si bien no podemos cambiar las circunstancias, siempre podemos elegir cómo nos presentamos ante ellas y qué hacemos ante la adversidad para no caernos -o tirarnos- de boca en los abismos.

El primer paso para eso es poder decir abiertamente ¡no estoy bien! y aceptar la podredumbre del momento.

O ¡Estoy cansada, me duele el corazón y estoy hasta la madre de que todos mis queridos la estén pasando mal! -que es mi caso, por ejemplo.

Verbalizar cómo estamos realmente es el primer escalón que siempre nos tratamos de brincar. Y eso está perfectamente mal. Estoy segura de que ustedes están en circunstancias similares, porque de una u otra manera, todos la estamos pasando recio. Todos.

Y el que diga que no… que nos dé de lo que fuma urgente por favor.

¿Qué podemos hacer?

Pues no soy ninguna experta, pero mi mecanismo de sobrevivencia básico incluye:

·  Abrir conversaciones -por difíciles que sean- y conectar con la gente que quiero -aunque su primer reflejo sea empujarme- y cruzar los dedos para que, eventualmente, le den el golpe y hagan algo por ellos.

·  Estar al pendiente de los demás y acompañar.

·  Estar al pendiente de mi y ponerme como prioridad.

·  Pedir, aceptar y dar ayuda cuando hace falta.

·  Medicarse si es necesario -a mi me ha cambiado la mirada ante la vida y me ha hecho sentir que yo no tengo que cargar el mundo sola- (ojo: vayan con un especialista, no se mediquen a lo pendejo).

·  Procurarme momentos semanales de reír y mentar madres con mi gente. Momentos para mi.

·  Asegurarme de tener momentos de desconectarme del mundo. Des-can-sar.

·  Trabajar. Estar ocupada, en lugar de preocupada.

·  Hacer algo por alguien más -esta es infalible- salirte de tu cabeza y dejar de lamentarte y auto conmiserarte hace que te sientas mejor de manera casi inmediata.

·  Mover las nachas. El ejercicio es una de las mejores medicinas. Me cuesta cien huevos, pero me los aprieto y me muevo, aunque sea poquito, hay que seguirse moviendo.

·  Ir a terapia. Ir a terapia. Ir a terapia. Ir a terapia.

Y finalmente, propongo una nueva, que me dijo una amiga y pienso que tiene toda la razón:

Qué tal que a partir de hoy cuando nos pregunten ¿cómo estás? -y estemos mal- podamos contestar libre y abiertamente “¿¡yo de la chingada y túuuu qué tal?!

…en lugar del asqueroso bieeeen y tuuuuuuu 🙄 que no sirve para nada más que para sentirnos peor y seguir evadiendo la realidad.

Los abismos ahí están, han estado y estarán… la cosa es aprender a brincarlo y para eso, inevitablemente, necesitamos a los demás.

Conecta con tus demás.

PD. Extraño a Tere.

Otro título de la autora: Se tenía que decir, y se dijo

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