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Disculpe las molestias

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Puedes escuchar este texto narrado por L’amargeitor dándole click aquí:

Uno crece escuchando que hay cosas que eventualmente van a suceder y vive pensando que: o no nos va a pasar, o faltan años para que nos pase. Pero, como bien dice el dicho: no hay día que no llegue, ni plazo que no se cumpla. Maldita sea.

Lo que además a mí nadie me avisó es que todo eso que podía, o iba a pasar, pasaría al mismo pinche tiempo: la partida de mi papá, la adolescencia de mis hijos, la entrada oficial a la menopausia y, una que definitivamente no tenía en mis planes, lo de separarme, después de veintitantos años de casada.

A reserva de que hay cosas infinitamente más  graves sucediéndole a muchas personas y que, si soy completamente objetiva, mi situación es muy privilegiada (puesto que tuve la suerte de acompañar a mi papá y dejarlo ir despacito su último año; mis hijos están en un rango absolutamente normal en cuestión de pubertez; tengo la posibilidad de atender mi menopausia con gente chingona y mi separación, dentro de todo lo horrenda que es una separación, ha sido impresionantemente civilizada), creo que lo primero que hoy tengo que decir es precisamente que… no son competencias.

El que mi duelo sea más o menos que el de alguien más, no deja de hacerlo un duelo.

Y duele.

Esta columna se trata, precisamente, de que podamos establecer que los duelos, todos, son una chingadera espeluznante. Siempre. Y que no se pueden, nunca , estandarizar. Apagar. Detener. Medir. No tienen fecha de caducidad reglamentaria. No hay manera de compararlos. No los vive nadie de la misma manera. Ni podemos entender realmente lo que son cuando no nos ha pasado lo que le pasa a esa persona y, muchas veces, incluso si sí nos ha pasado.

Nadie tiene un remedio mágico para hacer que suceda más rápido, o duela tantito menos y, aunque sin duda hay muchas cosas que ayudan a transitarlos mejor y hacen una enorme diferencia, lo que más he aprendido en este proceso es que solo yo sé lo que me está pasando a mí. Lo que me sirve. Lo que me pone peor. Lo que siento.

Y por eso, por más que tenga un squad de personas cercanas turnándose sin saberlo para ayudarme a sobrevivir cada día (y que literalmente me han salvado en varias ocasiones) lo más importante de todo, es que yo me vuelva una experta en escucharme a mí y me trate con tantita más misericordia cuando me cilindreo en la angustia catastrófica galopante o la tristeza me ahoga y me arrebata la sensatez.

Y no me refiero a nada sofisticado, me refiero simplemente a permitirme sentir así… de la ultra chingada.

Asumir mis duelos y revolcarme un poco en ellos. Aceptar que sí, sí es un duelo que los hijos crezcan y lejos de ser su persona favorita ahora, muchas veces, seas el enemigo. Igual que es un duelo que te digan que tus hormonas sexuales están oficialmente fuera de servicio. O que tu papá deje de existir, aunque llevara mucho tiempo en horas extras. Y, sin lugar a duda, es un duelo muy culero que tu proyecto de vida en pareja se vaya por un agujero y darte cuenta cuánto contabas con que cuando pasara todo lo demás, estarías acompañada.

Pues resulta que no estoy. Ni acompañada. Ni mucho menos superando mis duelos. Y si quieren que les diga la verdad…no sé ni pa’ cuando va a suceder todo eso.

Y ese es justo el tema.

Hoy, a mis 50 años (porque, obvio, también pasó eso al mismo tiempo) estoy completamente rota. Cuando pensé que iba a empezar a tener mi shit together, la vida me puso una revolcada de antología y todo, absolutamente todo está desordenado.

¿Saben qué me ha salvado de no tirarme por una ventana?

·  Evidentemente mis amigos y mis parientes a quienes nunca podré terminar de agradecer.

·  Darme permiso de mandar todo, y a todos, a la chingada siempre que lo considero necesario: a la chingada las personas, los planes, las reglas de etiqueta… así, sin pena.

·  Irónicamente y contra todos los pronósticos, también he logrado empujarme, cuando la ocasión lo amerita, a hacer cosas que tengo ceeeeero ganas de hacer pero que en el fondo sé que van a ser una gran medicina, incluso,  si es cero lo mío. Hacer cosas que normalmente no hacía y que me cuestan un huevo hacer (y que valen doble, dadas las circunstancias), salirme de mi zona de seguridad y confort, también me ha salvado y me recuerda que el mundo afuera sigue dando vueltas, aunque el mío esté de cabeza.

·  Y finalmente, trabajar, hacer lo que tengo que hacer aunque no lo quiero hacer y hacerlo lo mejor que puedo. Seguir diciendo que sí, aunque a todo quiero decir que no.

·  Pero de todas, la que más, es mandar todo a la chingada y comprender que esto, este momento horrible es el que me toca vivir ahorita y que si bien hay muchas cosas que puedo hacer para sentirme mejor en el proceso (y que la mayor parte del tiempo, hago) también se vale, claro que sí, hacerse bolita y quedarme en estado catatónico enfrente de una serie, o llorar por horas tratando de entender a qué pinche hora pasó todo esto y lamerme las heridas.

Confieso que me cuesta mucho, mucho trabajo recordar lo del: esto es lo que hay, todo pasa, un día a la vez, está bien no estar bien y demases cosas que suelo repetir y entiendo perfectamente, en la teoría.

En la práctica, la realidad es que cuando uno está en la lona, sin aire, y con los ojos hinchados de la madriza, es muy complicado ser positivo y creo que es fundamental que dejamos de pretender levantarnos antes de recuperarnos tantito y ni se diga de andar chingando a alguien más que está tirado y pensamos que “no le está echando suficientes ganas”.

No es de ganas. Cien millones de planas.

Hay que hacer lo que hay que hacer, tampoco hay que tirarse al abandono. Pero también hay que permitirse no hacer y simplemente, sentir.

Mi papá decía que había que elegir siempre construir, en lugar de destruir, pero olvidó decirme que, a veces, para construir… hay que tirar todo, para poder reconstruir algo nuevo. Así que con permiso, me estoy reconstruyendo y estoy, apenas, en la etapa de demolición.

Disculpen las molestias que esto les ocasiona.

Mi permiso de obra no tiene fecha precisa de terminación pero estoy segura de que limpiando bien el terreno y poniendo un ladrillo a la vez, bien puesto, los resultados eventualmente se empezarán a ver.

(Espero…)

Otro texto de la autora: Obedece

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