Estabilidad política y los militares

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Evo Morales tuvo como máxima de su gobierno el siguiente rezo: “para gobernar sin golpe de Estado, los militares primero”. Claro, en el contexto de Bolivia se entiende: entre 1945 y 2015 ese país experimentó 23 golpes de Estado en contra de un presidente constitucional o sustituto en turno. Morales pensó que dándoles a las Fuerzas Armadas riquezas y nuevas responsabilidades, mucho más allá de su función de resguardar la integridad territorial nacional y la seguridad interna, obtendría, a cambio, su lealtad y subordinación absoluta. No resultó así.

Lo extraño es que esa misma idea haya permeado tan profundamente en el pensamiento político de un presidente de otro país con una historia tan distinta. En México, López Obrador está siguiendo los pasos de Evo Morales, por lo menos en lo que se refiere a las Fuerzas Armadas y, colateralmente, la relación con las agencias de inteligencia de Estados Unidos, especialmente la DEA. No ha habido un golpe de Estado en México desde Victoriano Huerta en 1913.

El presidente mexicano, al igual que el derrocado boliviano, está llenando los cofres militares con nuevos negocios que eran tradicionalmente administrados por el Estado o por privados. También les ha otorgado acceso a múltiples decisiones de carácter financiero-estratégico del Estado como vía para asegurar la lealtad de las Fuerzas Armadas mexicanas.

Considerando que ningún otro mandatario reciente se había visto en la necesidad de hacer lo mismo, excepto los presidentes en tiempos de guerra civil interna o de invasión extranjera, nos debemos hacer la pregunta central del momento. ¿Qué sabe o supone saber el jefe del Ejecutivo que le hace concluir que peligra su gobierno si no cuenta con ese multiplicado respaldo militar?

Ha puesto a los militares a administrar los 117 puertos marítimos y 49 aduanas del país, vigilan las dos fronteras del país (norte y sur) a petición del gobierno de Estados Unidos para controlar las olas migratorias, principalmente de Centroamérica. Ha convertido al Ejército en la empresa constructora más grande del país, al otorgarle la responsabilidad de construir dos aeropuertos (Santa Lucía y Tulum, además de responsabilizarse de su administración en el futuro), tramos del Tren Maya y su administración futura además de miles de sucursales del Banco del Bienestar en toda la República y los cuarteles de la Guardia Nacional repartidos en más de 300 localidades. El Ejército se ha encargado de repartir gasolina a toda la República en tiempos de pandemia y huachicol, además de recoger sargazo de las playas contaminadas de ese “mal de mar” que afecta al turismo. Además, cientos de militares están siendo incorporados a funciones administrativas de alto y medio-alto rango dentro de todas las instituciones del Estado mexicano. 

Se le encomienda todas esas responsabilidades a las Fuerzas Armadas, al mismo tiempo que deben cuidar al país del peligro mortífero de convertirse en un Estado fallido, ante el avance agresivo de los cárteles transnacionales del narcotráfico en todo el territorio nacional. El hecho de que ha crecido la violencia en todo el país y se constata el empoderamiento del crimen organizado en todos los estados se debe a que las Fuerzas Armadas no han podido, o querido, frenar el fenómeno criminológico que prevalece y tiende a expandirse.

Y mientras tanto ¿qué hace el Ejército? Construye redes férreas, aeropuertos, bancos y administra puertos y aduanas, entre otras actividades. El Ejército está descuidando su tarea principal, que es resguardar al país de la influencia y control del narcotráfico. La batalla contra el crimen organizado se está perdiendo mientras las Fuerzas Armadas miran hacia otro lado. 

Aunque el presidente considera que utilizar a las Fuerzas Armadas de la forma en que lo hace incrementa la estabilidad política del país, al distraerse de su encomienda constitucional pone en riesgo la cohesión e integridad territorial de la nación. ¿O será que el presidente confunde su carrera política con la estabilidad política? 

ricardopascoe@hotmail.com

@rpascoep

Otro título del autor: Peligroso futuro para México

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