No a las etiquetas

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Dicen por ahí que el hijo que más te cuesta trabajo es el que más te necesita…

Yo digo que los hijos ¡siempre! cuestan trabajo (¡y, sobre todo, dinero!), pero es cierto que hay épocas en las que se ponen particularmente complicados: la edad de la mamitis, la de retarnos continuamente, la de los ojos de huevo y ya en caso más avanzados la de la guerra campal abierta.

Pienso que las épocas “difíciles” son en realidad necesidad de que les hagamos caso. Mi teoría es que si no lo obtienen naturalmente, entonces harán todo, literalmente TODO lo posible por llamar nuestra atención… berrinches, portazos, problemas graves de conducta e incluso drogas, embarazos o desórdenes alimenticios… “cualquier cosa con tal de que mis papás me hagan caso y me volteen a ver …o me dejen de estar chingando”.

Creo que todas estas conductas son, hasta cierto punto, normales… pero siempre me he preguntado ¿qué tanto somos nosotros los que provocamos que estas conductas se vuelvan ”peores”?

Y es que, desde el día que nacen, tenemos la pésima costumbre de etiquetarlos y ellos, que lo que más quieren en la vida es ser aceptados por nosotros, harán todo lo posible por cumplir con nuestras “expectativas”.

Yo, por ejemplo, siempre fui “la difícil” mientras que mi hermana era “un encanto”… nunca olvidaré esa frase que escuché por casualidad cuando mi mamá hablaba por teléfono con alguien y yo pasaba por ahí sin querer. Me acuerdo perfecto de la punzadita (ota) esa que sentí en mi corazón y me acuerdo también del enojo y del compromiso que con toda la inmadurez de mis 15 años me hice a mi misma de decir ah… ¿difícil? …te voy a enseñar difícil mamá…” y sí. Sí fue, y sí fui, muy difícil. Pobrecitas. Ninguna de las dos la pasó bien durante un buen rato.

A todos estos años de distancia y teniendo hijos yo también puedo entender perfectamente que mi mamá no dijo eso con ánimo de nada más que de platicar con su amiga (y mentar tantitas madres de su puberta), como lo hacemos todas. Lo digo de corazón cuando digo que no le tengo ningún rencor, aunque mentiría si no dijera que me llevó vaaarias horas (años) de terapia lograrlo.

Por eso, porque me pasó a mí, puedo entender lo que siente un hijo cuando le ponemos una etiqueta y lo que consciente o inconscientemente sucede cuando lo hacemos.

Y por eso pienso que “el gruñón” en realidad lo que tiene es que está profundamente enojado y muy probablemente abandonado. Y “el chillón” o “el mamítico” tiene miedos o apegos y necesita ser reafirmado. La del carácter “difícil” en realidad es alguien que quiere resolver las cosas distinto y necesita espacios para definirse y sentirse aceptada y querida, incluso, si es diferente. La “jetona” lo que tiene es que está frustrada porque le falta que le hagan caso y sus jetas son resentimientos, o un mecanismo de protección para fingir que no está completamente triste por dentro. El “peleonero” cree que necesita ganar todas las batallas para ser aprobado. Y “el simpático” necesita siempre ser el centro de atención para asegurarse de que lo vean, de que lo validen… de que existe.

Ya ni hablar de “la servicial” “la obediente” “el guapo” “el listo”  “la que que es un encanto”….pfff pobrecitos de ellos si se ponen feos, les da hueva un día ayudar a alguien, ser tantito irreverentes, traen un humor del diablo o hacer una pendejada.

Las etiquetas son la salida fácil con las que los papás nos explicamos las conductas de los hijos que no podemos, o queremos, manejar, o el estándar de perfección en el que queremos que se queden por siempre para sentirnos satisfechos y muy orgullosos de haber criado personitas tan “exitosas” y, obvio, de nosotros mismos.

Y sí, efectivamente es más fácil ponerle nombre a algo y catalogarlo que tratar de entender qué es lo que hay detrás, especialmente cuando lo que hay detrás somos, evidentemente, nosotros.

Mejor echarle la culpa al carácter del pobre escuincle que entender que, muy probablemente, sus conductas son puros mecanismos de sobrevivencia para ser aceptados o, ya de jodido, asegurarse de no pasar desapercibidos.

A mí me quedó TAN claro este tema y el impacto que tenía en uno, que cuando nacieron mis hijos hice el ejercicio consciente de tratar de no etiquetarlos de ningún modo y de entender que los niños no son berrinchudos: ¡hacen berrinche!, que no es para nada lo mismo. Y  no son tramposos o mentirosos pero puede que hagan trampa o digan una mentira. Que no tienen que ser de ninguna manera para ser aceptados y que está bien ser exactamente como son.

Nuestras acciones no nos definen. Las etiquetas sí.

No importa si es una etiqueta positiva porque la “campeona” chance no quiere ganar o jugar a nada pero ¿qué tal que si su papá ya no la pela si deja el equipo? Y entonces se vuelve obsesiva con ganar todo y con unos niveles de autoexigencia de por vida que le impiden ser feliz y la pobre, además, no saber perder y todos sabemos que no saber perder en la vida es un enorme problema.

Pero lo más peligroso de las etiquetas es que ¿qué tal que esa conducta que nos cuesta tanto trabajo procesar, por ser tan distinta a nosotros, porque no la reconocemos como nuestra, porque no sabemos “con qué se come”, no solamente no tiene nada de malo, sino que es la principal fortaleza de nuestro hij@…?

¿Qué tal que en lugar de chillón es hiper sensible y eso lo hace un artista, un creador increíble? Y el metiche es tan observador que se convierte en detective privado o un escritor ganador de premios. Que en lugar de mandona, es una líder nata capaz de hacer cosas extraordinarias e inspirar.  Y la marimacha resulta ser una atleta mundial de alto rendimiento. Y el opinionado un político extraordinario. Y el chambitas un emprendedor nato. Y la “peacky eater” tiene un paladar tan sofisticado que se vuelve una premiada sommelier internacional. Y el loco un premio nobel de física. Y el peleonero un abogado que sabe argumentar con contundencia y ganar todos sus casos, y el codo un contador preciso y eficiente. Y que tal que la que está siempre en la luna… logrará llegar a ella un día…

¿Qué tal si encima de todo, al catalogarlos, estuviéramos en realidad aplastando la mejor parte de su esencia y sus mejores cualidades?

Cuando los hijos están “fuera de control” “chillones” “berrinchudos” “ mal portados” o “de malas todo el día” lo que muy probablemente necesitan es que les digas que los quieres o que no les digas nada, y simplemente los abraces.

Los bebés, por ejemplo, lejos de “embracilarse” lo que necesitan para crecer y sentirse seguros es estar cargados. Contenidos. Amados. Entre más cargas a un bebé menos necesidad tendrá de llorar porque sabe que sus necesidades están cubiertas ¡Carguen a sus hijos todo lo que puedan porque más rápido de lo que creen, van a estar más altos que ustedes!

(Siempre me duele tantito el corazón de no haberme dado cuenta de que la última vez que cargué a cada uno de mis hijos, fue la última vez que cargué a cada uno de mis hijos…).

Disfruten el momento. Disfruten a sus bebés, a sus niños y luego… disfrutemos a nuestros pubertos, estas personitas increíbles llenas de ideales, de pasión, de seguridades e inseguridades, de humores cambiantes y hambre permanente. Maravíllense ante la oportunidad de ver un adulto en formación, una persona construida, en gran parte, por ustedes.

Si queremos que sean la mejor versión de ellos mismos enfoquémonos entonces por favor en ayudarles a potencializar sus personalidades y llenarse de orgullo (que no de arrogancia) de ser quiénes son y exactamente como son.

Tratemos de entender la emoción detrás de las conductas y lo indispensable que son nuestros abrazos y nuestra contención, sin importar la edad que tengan y ni que cada hijo nos necesite de manera distinta.Créanme cuando les digo que si lo hacemos nos vamos, y les vamos a ahorrar muuuchas horas de terapia y ganaremos la posibilidad de relacionarnos distinto con estos seres que trajimos al mundo pero que lejos de ser nuestros… son sus propios seres.

Más temas del autor: Hartos, pero no pendejos

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