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Intenciones

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Las conferencias mañaneras del Presidente son variaciones de dos temas: corajes y peroratas. Nunca se tratan realmente de informar ni de rendir cuentas, y el último coraje no fue la excepción. El 10 de marzo pasado, en un largo y tenso intercambio con la periodista Nayeli Roldán, de Animal Político, sobre el espionaje realizado por el Ejército a un civil, López Obrador habló y se extendió, pero evitó referirse a los hechos o explicar las acciones de su gobierno.

Recurrió a dos estrategias que ya forman parte de su repertorio habitual. La primera es el rebautizo: referirse a las acciones que se le imputan con un término más aceptable. Así, dijo que en su gobierno no hay espionaje, hay inteligencia. La segunda es contestar a una pregunta que nadie hizo. Específicamente, en lugar de referirse a las acciones del Ejército, “informó” sobre los montos que Animal Político recibió en publicidad durante el gobierno anterior y sobre la mala fe que le tienen todos los medios que lo han cuestionado.

Pero el hecho señalado por Roldán, independientemente del gasto en publicidad o de si le llamamos espionaje, inteligencia o “Metiches del Bienestar”, es que el Ejército intervino el teléfono de un civil sin autorización judicial. No solo lo señaló, sino que también aportó la evidencia recogida en la investigación periodística.

Si las mañaneras fueran lo que el Presidente dice que son, él habría respondido informando y rindiendo cuentas. En este caso, informar significaría reconocer los hechos o mostrar la autorización judicial que la ley exige (de hecho, fue hasta el 15 de marzo que afirmó que se siguió el procedimiento, pero no proporcionó ninguna evidencia). Rendir cuentas significaría iniciar una investigación sobre quién realizó escuchas ilegales o, si fueron legales, explicar por qué se lleva a cabo semejante acción contra un civil que no es parte de una investigación criminal.

Pero no, López Obrador nos habló del dinero en publicidad y de cómo Animal Político y otros medios critican todo porque están en contra de su movimiento. Esto ya es un patrón. Cuando los hechos verificables no lo favorecen, AMLO desvía la discusión a las intenciones y los motivos, que por su naturaleza son imposibles de observar directamente. Esta forma de enfrentar las revelaciones sobre hechos incómodos no es un mero “escape” del Presidente. Así nos dirige al terreno en el que tiene todas las ventajas.

Como no podemos ver dentro del alma de las personas, lo que afirman sobre sus propias intenciones es de veracidad problemática: nadie va a decir de viva voz “soy un bribón de primera categoría y a la primera oportunidad voy a sacar toda la ventaja posible a tus costillas”. La gente en general, y los políticos en particular, siempre hablará maravillas de lo que se propone, y uno deberá decidir si les cree o no.

López Obrador es único en la clase política porque una gran mayoría de la población cree que busca sinceramente gobernar en beneficio del pueblo y no en beneficio propio. Por esa razón, en vez de detenerse en los detalles de hechos que indican incompetencia, corrupción o abuso de autoridad, él se refiere sistemáticamente a las motivaciones ulteriores de quienes presentan estos hechos: lo importante no es que el gobierno espíe, sino que lo quieren dañar.

Esta credibilidad del Presidente explica por qué su aprobación pública es muy alta, mientras que los aspectos específicos de su gestión son mal evaluados. Consciente del gran recurso que tiene, no solo lo usa para evadir la rendición de cuentas, sino que le sirve para respaldar a los aliados políticos que han cometido acciones que contradicen su retórica de “purificar la vida pública”: Alejandro Esquer, Delfina Gómez, Yasmín Esquivel, Gertz Manero, Manuel Bartlett.

Lo que es peor, utiliza su credibilidad para denostar a quienes se le oponen, afirmando que son parte de un proyecto conservador que busca defender los privilegios, la corrupción y, últimamente, al narco. En cualquier otro político, estas acusaciones serían palabras descuidadas de una persona sin mucha imaginación para el debate público. Pero muchos seguidores del Presidente las ven como una señal de ataque que, como mínimo, se transforma en asedio en redes sociales, pero ya ha estado a punto de provocar la agresión física, como lo vivió Denise Dresser.

En lo personal, desconozco las verdaderas intenciones del Presidente. Todo lo que tengo para juzgar su gestión son hechos, y sigo a la espera de que los hechos me indiquen que ha utilizado con provecho ese enorme capital político que tiene.

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