La era de la covidianidad

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Ya no es posible planificar los asuntos personales o familiares con demasiadas semanas o meses de anticipación.

Mucho se ha escrito en las últimas semanas sobre las consecuencias políticas, económicas y sociales provocadas por la pandemia de COVID-19 en México y el mundo. Destacan, en particular, reflexiones sobre fenómenos importantes como la relación asimétrica entre la economía neoliberal y globalizada con los Estados nacionales; la gestión diferenciada de la crisis sanitaria por parte de los gobiernos democráticos o autoritarios; o la profundización de viejas y nuevas desigualdades (sociales, económicas, étnicas y de género) que ha revelado y visibilizado esta pandemia mundial. 

Menos atención se ha puesto, empero, en las transformaciones en la vida diaria que ha provocado la súbita llegada del virus SARS-CoV-2. En el “recuento de los daños” que habría que realizar sobre esta nueva enfermedad tendrá que reservarse un lugar destacado a la llamada nueva covidianidad.

El término covidianidad es un neologismo correctamente formado por acronimia (procedimiento para formación de palabras a través del empleo de sílabas de las palabras que forman la voz en cuestión) de los términos COVID-19 y cotidianidad.

Se trata, como vemos, de un nuevo vocablo que se ha creado para dar cuenta de los cambios en la vida cotidiana impuestos por la pandemia del COVID-19. Su uso en el lenguaje de este año bisiesto parece válido, aunque la Real Academia Española (RAE), que avanza a paso de tortuga en cuestiones lingüísticas, todavía no la reconoce como una palabra apropiada.

Dos cambios en la vida cotidiana, por lo menos, hemos experimentado millones de personas de este planeta en estos meses de obligado confinamiento social. Seguramente existen más cambios, pero por ahora quisiera concentrarme en dos de ellos. En primer lugar, nuestra relación con el tiempo se ha visto alterada significativamente.

Antes del COVID-19, se podían pensar y quizá programar con relativa exactitud planes de vida a mediano o largo plazo: “en las vacaciones de invierno iremos a los Estados Unidos”, “en agosto realizaré mi fiesta de graduación de secundaria”. Ahora ya no es posible planificar los asuntos personales o familiares con demasiadas semanas o meses de anticipación.

El tiempo ya no es un objeto que puedan disponer las personas de manera indiscriminada. La sabia virtud de conocer el tiempo, invocando al poeta mexicano Renato Leduc, se reduce en el mejor de los casos a las 24 horas del día o a los siete días de la semana. 

¿Qué semáforo de riesgo epidemiológico habrá el próximo fin de semana en la Ciudad de México? ¿Serán presenciales o a distancia las clases a nivel primaria del ciclo escolar 2020-2021? ¿Cuándo volverán a abrirse al público los estadios para los juegos de futbol de la Liga mexicana? ¿Podrá celebrarse la tradicional cena de Navidad de diciembre en compañía de toda la familia? 

Son preguntas sencillas que por el momento no tienen respuestas definitivas. La incertidumbre sobre lo que sucederá mañana o pasado mañana se ha traducido en la constatación inevitable de lo que acontece hoy mismo.

El futuro ya resulta inalcanzable porque las expectativas sobre el porvenir no ofrecen algo más que lo inmediato. “Solo por hoy”, recordando el lema de los Alcohólicos Anónimos, parece ser la expresión que mejor sintetiza nuestros anhelos de certezas en un nuevo tiempo cruzado por el vértigo de las incertidumbres.

El otro cambio en la vida cotidiana se encuentra asociado con la relación entre el mundo físico y el mundo virtual. Si bien la virtualización de la vida pública y privada ya era un fenómeno reconocible desde el surgimiento de las nuevas tecnologías, los teléfonos inteligentes y la generalización del uso de redes sociales y aplicaciones, lo cierto es que la emergencia de la pandemia del coronavirus ha profundizado las diferencias entre el espacio físico y el virtual. 

El trabajo en oficina y las clases presenciales son sustituidas frecuentemente por la oficina en casa y las clases en línea. Tutoriales y terapias psicológicas, reuniones familiares y de trabajo, consultorías y transacciones comerciales, sesiones legislativas y judiciales, ceremonias cívicas y religiosas, fiestas y reventones, encuentros amorosos y sexuales, entre otras actividades cotidianas que se realizaban antes de manera presencial, son ejecutadas ahora mediante aplicaciones, programas de video-llamadas y reuniones virtuales, accesibles desde computadoras, teléfonos inteligentes y tabletas. 

No cabe duda que los encuentros virtuales facilitan y garantizan la continuidad de un sinnúmero de relaciones sociales e instituciones económicas y políticas sin las cuales no sobreviviría ni el individuo ni la sociedad. Más ahora, cuando la sana distancia se ha convertido en un recurso básico que atañe a la sobrevivencia de nuestra propia especie. 

Sin embargo, la sustitución de lo físico por lo virtual también se ha traducido en la emergencia de novedosas formas de enajenación y dominación, en las cuales el poder de la técnica y la razón instrumental asociadas a la despersonalización cibernéticas acaban por desplazar a la soberanía de la sensibilidad, la compasión y la imaginación humanas. 

Dimensiones cruciales de la condición humana que no pasan primordialmente por el filtro de la razón, sino que circulan también por el tamiz de los poros de la piel, los sabores de la boca, los aromas de la nariz y los latidos del corazón. La carne de la vida, parafraseando el título del libro del escritor Milan Kundera, está en otra parte. No olvidemos esta sencilla lección de vida de la época anterior a la era de la covidianidad

Esperemos pronto volver a ese pasado que se percibe ya muy lejano.

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