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El miedo sí anda en Burra

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Puedes escuchar este texto narrado por L’amargeitor dándole click aquí:

Hace unos días en una conversación que sucedía grabando La Burra Arisca (que no es por nada, pero es el podcast con más ondita de todos los podcasts), Laura Manzo me dijo: 

-“Deberías de invitar a X ya que a ti nada te da pena”.

A lo cual respondí:

-“¿De qué hablas? A mi tooodo me da pena”.

Y, debería de haber agregado: miedo.

Soy una persona sumamente introvertida y absolutamente neuras,  a la que exponerse al escrutinio en cualquiera de sus formas y tomar riesgos de cualquier manera, le cuesta mucho, pero muchísimo trabajo.

Me da terror hablar en público, tengo pánico escénico, me enrollo en mi rebozo siempre que tengo que convivir con desconocidos, me da penísima llegar a lugares donde no sé bien de qué se va a tratar y prácticamente todo me causa angustia catastrófica galopante. 

Me dan miedo los aviones, los lugares encerrados, manejar sola de noche, que mis hijos vayan a un antro, que llegue un comando armado en cualquier momento a cualquier lugar, perderme cuando voy manejando, no llegar a tiempo a una cita, que lean mis columnas, que no lean mis columnas, no cubrir el estándar de calidad que me impongo ante cualquier proyecto, ver mis números en mis redes, que me llegue la cuenta de Amex, no estar a la altura de la vida, decir una pendejada olímpica, resolver conflictos, no poder proteger a mis hijos de todo, quedarme sola el resto de mi vida, hacer videítos para Instagram, enfermarme gravemente, levantarme en las mañanas, salir en la tele, perder a la gente que quiero, ir a un programa de radio, que le pase algo a mis hijos, que se publique mi libro próximamente, enamorarme de un perfecto idiota, que se venda el podcast, que no se venda el podcast, invitar a gente que he admirado por años a venir a grabar un programa y sentarme junto, el país en el que vivimos, hacer programas en vivo de La Burra, la pendejez infinita de la humanidad, conducir un evento, dejarme de pintar las canas, ¿volverme a pintar las canas?, lanzarme en un proyecto nuevo sin ningún conocimiento de causa, conocer gente nueva, no conocer gente nueva, las siguientes elecciones, el endiablado mundo en el que vivimos, las sesiones de terapia que me confrontan conmigo y me abren los ojos, no poder abrir los ojos, que me salgan arrugas en los ojos, invertir mi dinero, usar mi dinero, ganar suficiente dinero, no ganar suficiente dinero,  irme de vacaciones sola, irme de vacaciones acompañada, que algo me duela, que me rompan otra vez el corazón, que mi cuerpo se deteriore, que me estafen, estar con mis hijos, no estar con mis hijos ….tantas tantas tantíiiiiiiiiiiisimas cosas me dan pena, ansiedad o simple y terroríficamente mucho, muchísimo miedo.

Ustedes preguntarán: sí pero y entonces… ¿cómo haces lo que haces y te dedicas a lo que te dedicas?

La respuesta más honesta que puedo darles es: no tengo ni puta idea.

Y creo, sinceramente, que no soy nadie para darles clases de nada, ni para resolver este problema, porque me parece que el problema, en realidad no es un problema, sino una condición absolutamente humana que se llama: ser vulnerable. Diario. Todo el tiempo. Y sin cesar. Existir, nos hace estar inherentemente en riesgo de todo, de todos, y de todas formas, permanentemente y no hay absolutamente nada que podamos hacer al respecto para evitarlo o hacer que deje de suceder (a parte de morirnos, cosa que tampoco podemos controlar, por cierto).

Lo único que puedo hacer es hablar desde mi experiencia y la comprobación de que nadie nos salvamos de las cosas horrendas de existir, en mi caso, dos de las cosas que más miedo me daban en la vida, me sucedieron recientemente y en un lapso de un año: la muerte de mi papá, la figura de contención y amor más importante de mi vida, y el fin de mi proyecto de vida en pareja después de 23 años.

Siempre pensé que si eso me sucediera me moriría de tristeza y no habría forma de poder continuar. Puedo reportar que no, no me morí (aunque créanme que ganas no me faltaron) y que, aquí sigo… continuando…

De la misma manera, jamás hubiera pensado que algún día yo podría dedicarme a lo que me dedico hoy. He constatado que no solo puedo sobreponerme al pánico escénico que me da siempre justo antes de subirme a un escenario, sino que me la pela (pardon my french) y en frases que nunquísima pensé decir: ¡lo disfruto y se ha vuelto una fuente de adrenalina sin igual! (eso sí, cuando me bajo me tengo que dormir 16 horas para reponer la energía y el drain que me implica mental y emocionalmente hacerlo) y a la cual sigo aceptando regresar y se ha vuelto una parte central de mis ingresos y mi desarrollo profesional.

En cuanto a sentarme junto a personalidades y gente brillante y admirada pues a eso uno no se acostumbra jamás, es como ¿neeeta estoy aquí sentada comadreando con esta rock staaaaaar? Resulta que varias de esas personas, en varias ocasiones, han confesado estar muy nerviosas de sentarse con nosotras  (¿¡esquiusmi juaaat?!) y que conforme la conversación se va dando, descubres que esa persona es eso… solamente una persona, como yo, como tú, como todos… con sus miedos, sus angustias, sus inseguridades y sus ganas de hacer preguntas incómodas  y compartirnos sin chistar a sus personas con ondita. 

Somos igualmente humanos. Falibles. Imperfectos. Llenos de miedos y cosas que nos quitan el sueño. Yo sigo siendo quien soy y mi lista de angustias y miedos no hace más que crecer con los años, pero sucede que con los años también, crecemos nosotros y también nuestra capacidad de enfrentarnos a ellos y aprender a manejarlos (o por lo menos saber que no, no te vas a morir en el intento, hasta que no te mueras).

Resulta que, cuando uno enfrenta sus angustias y miedos, cuando se sienta con sus demonios y aprende a invitarles un café de vez en cuando, aprendemos a conocerlos y por lo tanto a usarlos como plataformas para brincar a otras partes. Nos construimos encima de ellos. Descubrimos con asombro que, en realidad, siempre, siempre, sieeeempre podemos ser más grandes que cualquier miedo y que el truco no es deshacerse de él sino de desafiarlo… cada.pinche.vez.

En cuanto a lo de la pena, pues ¿qué les digo? Nunca no teniendo pena y no costándome trabajo interactuar con nuevas personas, o que invadan mi espacio vital, o que crean que nos conocemos de toda la vida y lleguen a darme besos… me cuesta con los conocidos ¡imagínense los desconocidos! 

Y en cuanto a hacer cosas que me incomodan terriblemente, o aventarme a preguntar, o invitar, o vender, o performear, esa, definitivamente se me ha ido quitando, o por lo menos ya no me detiene; he aprendido que lo peor que puede suceder es que no suceda nada y que, asombrosamente, gran parte de las veces ¡funciona!; que es mejor hacer las cosas que dejarlas de hacer por esperar a que sean perfectas; que muchas veces lo que funciona es aventarse a la alberca y ya adentro ver cómo chingados nadas y que sí, efectivamente, todo absolutamente todooooo lo que no te mata, te hace i.n.f.i.n.i.t.a.m.e.n.t.e más fuerte.

Otra colaboración de la autora: La buena educación

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