¿Y la monogamia?

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La infidelidad tiene una tenacidad que el matrimonio sólo puede envidiar. Es tan así que es el único pecado que tiene dos mandamientos en la Biblia, uno por hacerla y otro por solamente pensar sobre ella.

Esther Perel, en The State Of Affairs: Rethinking Infidelity


“Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida”. Sí, yo también pronuncié estas palabras en el altar con la total convicción de cumplirlas y, sin embargo, el gusto me duró tres años: mi esposo se encontró unas piernas más largas que las mías y se mudó de muslos. No pasaron más de dos años para que yo me encontrara una voz distinta, unas manos nuevas, una mirada inédita y también sucumbiera a los encantos de otro sexo. Así, empezamos una relación abierta no consensuada que al salir del clóset provocó caos, tristeza, rabia, puro nada bonito sentimiento que nos llevó al ―muy afortunado― divorcio.

La infidelidad existe porque la monogamia es una ocurrencia tan fantasiosa como el celibato en la iglesia católica. Si la esperanza de vida de los mexicanos aumentó, en promedio, de 35 años en 1930 a casi 80 en la actualidad (INEGI, 2022), ¿cómo se nos ocurre pensar que no se nos va a antojar nadie más durante cuarenta, cincuenta, sesenta años y que nuestros ojos jamás huirán hacia cuerpos extraños y jamás vistos?

Existen diversos argumentos para comprobar el mito de la monogamia:

Louann Brizendine en su libro El cerebro femenino afirma: “el amor romántico es una manera natural de ‘colocarse’. Los síntomas clásicos del amor temprano son similares a los de los efectos iniciales de drogas como anfetaminas, cocaína y opiáceos: heroína, morfina y oxicontina. Estos narcóticos disparan el circuito cerebral de la recompensa, causando descargas químicas y efectos similares a los del romance”. Y más adelante: “Estudios sobre el amor apasionado muestran que este estado cerebral dura más o menos de seis a ocho meses” (Brizendine, 2007). Después pasa el tiempo, disminuye el flujo de las hormonas que nos mantenían en estado de enamoramiento, desaparece la ansiedad por estar juntos todo el tiempo y la pareja se transforma: o se fortalece con vínculos más racionales hacia el largo plazo o se termina. O, lo que los amantes de lo políticamente correcto no quieren saber, aparece una tercera persona, o más personas, en el panorama.

En el libro colectivo En defensa de Afrodita los autores expusieron: Barash y Lipton presentan diversos estudios para comprobar que la monogamia es un mito:

“–En su estudio clásico Social Structure el antropólogo G.P. Murdoch descubrió que entre 239 sociedades humanas distintas de todo el mundo, sólo en 43 se imponía la monogamia como único sistema matrimonial aceptable.

“–Un estudio de 56 sociedades humanas diferentes descubrió que en nada menos que en un 14% de ellas prácticamente todas las mujeres mantenían CFP (cópulas fuera de la pareja), mientras que en un 44% hacía lo propio una proporción moderada, y en un 42% las mantenían relativamente pocas. 

“–En el caso de los hombres: casi todos los hombres practicaban CFP (cópulas fuera de la pareja) en un 13% de las sociedades, una proporción moderada de ellos hacía otro tanto en un 56% y unos pocos lo hacían en un 31%”.

Encontramos más evidencia en el sitio de citas extramaritales Ashley Madison, que reporta que desde su lanzamiento en 2002 tiene más de 80 millones de suscriptores y se inscriben veinte mil miembros nuevos por día. 

Aunque, a decir verdad, no necesitamos tantos estudios para demostrar y comprobar lo antinatural de la monogamia y la fidelidad; la evidencia empírica lo constata. ¿Quién no conoce a alguien a quien le han puesto el cuerno? Es un asunto como el primo estafador o la tía traficante, se sabe que existen, nadie se anima a hablar de ello, como si ser un daño colateral fuera motivo de vergüenza.

Otra evidencia empírica es la gran cantidad de canciones, películas, libros, obras de teatro que tratan el tema y encuentran gran identificación entre públicos y espectadores; no es casualidad.

Esto no quiere decir que ser fiel es imposible, tenemos un cerebro muy desarrollado racionalmente como para desafiar a los mandatos evolutivos de las hormonas y el cuerpo, para tomar decisiones firmes y cumplir la convicción pronunciada en el altar: “Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida”. 

Cuando se nos presenta una tentación sí es posible decir “no”, por eso afirmo que la fidelidad está a un “sí” o un “no” de distancia. 

Es más posible tomar esa decisión en libertad cuando sabemos que la monogamia no es natural en nosotros, porque entonces nos mueven el amor, el compromiso y el respeto y no el miedo y la culpa.

Y, también, conocer el mito de la monogamia nos pone frente a nosotros con mayor honestidad y ligereza en caso de decidir que no queremos solamente una pareja para toda la vida, o quizás sí, pero no sólo a esa persona, y dar paso a una experiencia de descubrimiento hacia el amor liberado de cadenas, etiquetas y un destino impuesto.

Porque sí: tu vida sexual es tú decisión.

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