Pelear sin romper

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Todo de frente

Me llega un mensaje que dice:

X: “¿Güey, puedes hablar?”

Yo: “Claro. El problema es callarme la boca jaja”

X: “Te marco”

Mi teléfono suena de inmediato y escucho la voz de mi amigo/hermano que sin más rodeos me explica:

Quiero decirte que leí tu último post y me cagó…”

A continuación se soltó con una serie de razones por las cuales Lo que tenemos es hueva le había calado hasta lo más profundo de su ser: “no puedo creer que hayas hablado de mí sin avisarme y que solo hayas puesto esa parte y se te haya olvidado la otra, la que sí hago bien…”

Yo lo dejo hablar, lo escucho, y cuando termina respondo:

“Güey. No eras tú. Ni tú hija. Ni tú casa. Entiendo que te hayas espejeado. Siento que te hayas espejeado. Y te pido que me dejes explicarte…”

Lo que siguió entonces fue una conversación respetuosa, con mentadas de madre muy civilizadas y con la absoluta disposición de escuchar al otro por ambas partes, ponernos en su lugar, reconocer su punto de vista y, finalmente, terminar carcajeándonos y reafirmando nuestro amor eterno y el compromiso vitalicio de seguir siempre agarrándonos a verdadazos.

Eso pasó hace dos días y yo sigo repasando esa conversación en mi cabeza y sintiéndome enormemente agradecida de tener personas así en mi vida. Esas que, en lugar de evadir, confrontan. De hacer drama, dialogan. De armar un desmadre, lo arreglan.

¿Cuántas relaciones no perdemos a lo largo de la vida por no poder hacer esto?

¿De cuánto nos perdemos cada día si en lugar de acercarnos a preguntar algo que no entendemos solo lo juzgamos, mal, y nos armamos toda una historia -en donde la víctima, obvio, siempre somos nosotros- de la cual la otra persona jamás se entera?

 ¿Cuántas emociones mal interpretamos y a partir de ahí reaccionamos, otra vez: mal, desgastando nuestras relaciones y dejando al otro completamente solo en esa, su emoción, que no supimos leer y, por lo tanto, acompañar?

Los malentendidos y la mala comunicación son, sin lugar a dudas, una de las peores plagas en cualquier relación y, por eso, me pareció tan fundamental esta conversación y la necesidad que tenemos todos de aprenderle a este dude.

Lo que pasa es que para poder hacer algo así, y tomar al toro por los cuernos, se necesita mucho trabajo personal, muchísima madurez y, sobre todo, tener muy clara la razón por la que lo vas a hacer: proteger tus relaciones. Pelear sin romper. Escuchar el otro lado y estar dispuesto a aceptar que puede no haber sido como tú pensabas. Saberte disculpar y, sobre todo, volverte experto en hacer la paz con quién la tengas que hacer y pasar a lo que tengas que pasar. Picarle al “next”. No arruinarte el momento, el día, o la vida, por estarte amarrando a los rencores, a tus malas percepciones, a tus prejuicios o dudas.

Aprender a conciliar. A construir. A debatir. E incluso a pelear… y a estar de acuerdo en no estar de acuerdo. A respetar al otro aunque piense algo que nos parezca absolutamente estúpido o descabellado y quererlo de todas maneras. Y, por sobre todas las cosas: a seguir siendo amigos.

Propongo que le bajemos cien rayas a los jueguitos de poder y tratemos de fluir mejor. De no engancharnos con todos por todo. Que aprendamos a discutir sin sentirnos amenazados y aceptemos las formas del otro cuando le agarra, o le gana, la emoción -el miedo, el enojo, la tristeza, la indignación, la pasión-, sin tomarnos todo personal y sin victimizarnos.

Crezcamos.

Que los años, las chingas, las canas, las relaciones que no nos salieron, nos sirvan para hacerlo mejor. Para relacionarnos mejor. Con los hijos, los amigos, las parejas. Que depuremos nuestras relaciones y nos deshagamos de la gente mierdosa que lo único que quiere es pelear por pelear, no por resolver. Que nos rodeemos de gente que nos haga crecer y ver nuestros puntos ciegos. Que sepamos abrir nuestra mente. Y soltar los patrones tóxicos.

A ti amigo, te pido una disculpa y la extiendo a todos los demás, porque cuando escribí esa historia olvidé, efectivamente, hablar de los que sí lo están haciendo bien. De los papás y mamás divorciados, o en pareja, que nos la estamos rifando, que juegan bingo y hacen que todos los escuincles la pasen bomba, que compran lo equivalente a un millón de pesos en estampitas del mundial con tal de que hagan algo que no implique una pantalla y convivan. Que ponen límites. Que juegan. Que contienen. Que acompañan. Que conectan y que se vinculan sin importar su estado civil.

A todos esos: los veo y también entiendo que, a veces, a todos nos sale mal y se nos desgobierna el sistema. A mi, la primera de la lista.

Pero sobre todo, te agradezco que en lugar de caer en el jueguito de navajas amarradas en el que te intentaron meter -hay gente que, neta, necesita buscarse más cosas productivas que hacer- hayas tomado el teléfono y me hayas mentado contundentemente la madre y después me hayas hecho llorar de risa.

Esos son los amigos que yo quiero en mi vida.

Por cierto: conste que te avisé que iba a escribir de esto.

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