¿Qué le estamos haciendo a nuestros chavos?

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Ayer entré al cuarto de la de 16 y me la encontré hecha bolita en el piso…

Resulta que después de 16 meses encerrada y con una serie de exámenes de bastante envergadura delante de ella, el estrés se le salió de los caudales.

Yo no sé en qué parte del cuento se decidió que las personas tienen que ser sobresalientes, que tienen que ir a “la mejor” escuela y a la “mejor” universidad como si ya con eso su vida, su éxito y su felicidad fueran a estar garantizadas.

Y entonces, vamos por la vida asegurándonos de que eso suceda. Los saturamos de clases, los hacemos que se metan a todos los “clubes” y actividades extra escolares para que sus aplicaciones a la universidad destaquen y, en casos extremos -ya de manicomio-, estamos dispuestos a pagar fortunas, hacer trampa y mentir.

Lo que sea, con tal de “asegurarle” el futuro a las criaturas sin darse cuenta de que lo único que están logrando es darles un balazo en el pie y volverlos unos buenos para nada y, de pasada, destrozarles la autoestima porque, si nosotros tenemos que hacerlo por ellos, automáticamente quiere decir que pensamos que no son capaces de hacerlo ¿o no?

Esto pasa mucho en USA, pero no crean, aquí también he tenido amigas que me han preguntado que si conozco a alguien que le ayude a sus hijos a preparar sus “ensayos” para las universidades para asegurarse de que “estén bien hechos” y yo pienso…¿y entonces?, ¿no se trata de que la universidad realmente conozca al estudiante?, ¿de que lo mida correctamente?, ¿de que el alumno haga su mejor esfuerzo?, ¿de que si no califica para algo quiere decir que no califica para algo?

¿Cuándo entrar a la universidad se volvió este show?

¿Cuándo las calificaciones se volvieron taaan importantes?

Pregunto porque me queda claro que es normal que mi amiga, que es un cerebro máximo y que estudia sin cesar y tiene la pared llena de diplomas, tenga dos hijos que son cerebros máximos y les urja llenar sus propias paredes con sus propios diplomas… pero en mi caso, yo de verdad no entiendo de dónde esta hija mía sacó la idea de que tener 10 en todo es indispensable.

Primero, porque ni soy un cerebro máximo, ni fui sobresaliente en la escuela -lo que es más… fui bastante masomenitos- y nunca, jamás de los jamases, les he pedido un mínimo de promedio a mis hijos.

Para que me entiendan, desde que empezó la pandemia y hay que ir a buscar las boletas a un sitio del que nunca me acuerdo de la contraseña, no tengo ni la más remota idea de qué calificaciones tienen. ¿Y les digo una cosa? ¡Ni me importa!

Las calificaciones, valen completamente madres -mientras no repruebes continuamente- y son solo números que no tendrían que entregarle a los niños jamás, sino tenerlos en la escuela como referente para saber el progreso de cada alumno, pero no como un arma para “rankearlos” porque ahí ¡justo ahí! es donde empieza la presión.

Yo, los he dejado resolver y transitar por su escolaridad solos, responsabilizándose de sus actividades, preparando lo que tengan que preparar, resolviendo sus asuntos con sus profes y sabiendo que si necesitan ayuda estamos para ayudarlos, pero de ninguna manera para salvarlos de nada. Es su escuela. Sus maestros. Sus tareas. Sus exámenes.

Es más, desde que entraron a secundaria me salí de todos los chats -la mejor decisión de mi vida- y no supe nunca más ni cómo se llaman sus profesores más allá de “la de español” y “el de historia”.

La transición a la escuela en línea la hicieron solos y tengo que decir, con orgullo y admiración, que se administran fantásticamente bien y, cuando no, ellos se las arreglan.

Es.su.escuela.

En todos estos años he tenido que ir una sola vez a pedir una cita para meter mi cuchara.

Cuando sacan 10 les reconozco su esfuerzo, cuando sacan 6 les digo que estoy segura de que pueden hacerlo mejor y no sean huevones, cuando han necesitado ayuda especial para sacar adelante algo, la hemos buscado y todo esto sin hacer shows, sin dar premios, sin alharacas. Las calificaciones, en esta casa, jamás han sido un tema.

Y , sin embargo, mi niña de 16 vive compitiendo contra ella misma. Se mata. Se aplica. Se desvela. Se exige y está convencida de que sus calificaciones tienen todo que ver con el nivel de éxito que tendrá en la vida.

¿De dónde chingados sacó eso?

No me queda más que decir que del pinche sistema.

De las escuelas que están más preocupadas por presentarse como “de alta calidad”, que por el bienestar general de los alumnos y por mirarlos como individuos.

De la sociedad mamadora que les vende que si no estás en X lugar no vales nada.

De los papás y mamás que como mi amiga piensan que: “no hijaaa claaaro que me importa que saquen puro 10 , eso habla muchísimo de mi”…

No manchen, pobres escuincles.

 #todomal

¿Qué le estamos haciendo a nuestros chavos?

¿Cómo es posible que estén manejando este nivel de estrés a los 16 años que es tan abrumador que los hace bolita en el piso y luego los deja llorando por 3 horas?  

¿En qué parte de la historia empezó esta competencia?

¡La adolescencia es para pasarla bien, carajo!

Para encontrarse a uno mismo. Para definirse. Para hacer amigos y alguna que otra pendejada. Vamos, que siempre ha implicado cierto nivel de estrés, pero francamente esto se está volviendo insostenible y las consecuencias están empezando a ser alarmantes,

Échense un clavadito a las estadísticas para ver los números en suicidio y depresiones y antes de que se tiren ustedes por la ventana los invito mejor a que entendamos que ¡tenemos que parar!.

Tú y yo, papá y mamá, tenemos que empezarlo a hacer diferente y entender que de nada sirve que nuestros hijos sean sobresalientes, excelentes, extraordinarios y tengan los mejores resultados en la escuela si es a costa de su salud mental y de ser completamente infelices e incapaces de disfrutar la vida.

Y las escuelas tienen que bajarle varias rayas a su estándar de exigencia, dejarlos de ver como números y empezar a preocuparse un poquito más por el tipo de personas que está contribuyendo a formar, para luego lanzar al mundo.

¿Qué tal enfocarse un poco más en la parte humana que en la académica? ¿Qué tal trabajar en la autoestima de los alumnos, en la empatía, en la solidaridad, en el trabajo en equipo y en la salud mental y física de cada uno, en lugar de tratarlos como robots y abandonarlos totalmente cuando hay broncas?

Necesitamos escuelas que formen personas integrales, no excelentes.

Lo que yo hice ayer, además de abrazarla con todas mis fuerzas y dejarla llorar todo lo que le hizo falta, fue validarla. Sí, este año estuvo de la chingada. Sí, los exámenes son un asco. Sí, su escuela exige y presiona mucho más de lo que a mi me parece saludable, pero ella la eligió y sí, sí puedes cambiarte si eso es lo que quieres -pero no quiere. Sí, sí confío totalmente en ti. Y sí, sí es urgente que se acuerde de creer que puede… que siempre puede y siempre va a poder.

Le permití sentirse mierda y mentar madres y le recordé que no… ¡No! Lo importante no es sobresalir, es saber navegar la vida y aprender a encontrar maneras de dejar salir el estrés para que no nos reviente el cuerpo.

Aprender a pedir y aceptar ayuda. A cambiar de ruta cuando haga falta. A decir no quiero. O no puedo. Y a nunca, jamás de los jamases, pensar que tu valor te lo da un número en un papel.

Que la mejor escuela y la mejor universidad es, solamente, la que es mejor para ti y no la que dicen las listas.

Que equivocarse está bien.

Que trabajar duro y buscar buenos resultados es absolutamente válido pero no para pertenecer, no para definirte, no para que te aplaudan, simplemente porque eso es lo que a ti te gusta hacer…y ser.

Por supuesto que todos queremos que nuestros hijos triunfen en la vida ¡claro que sí!….pero ¿qué es triunfar en la vida? ¿Tener un chingo de dinero? ¿Estar en el jet set? ¿Entrar a una universidad mundialmente conocida?

Nada de eso está mal, pero eso no es triunfar si su alma está triste, si están solos, o peor, rodeados de gente vacía o viven estresados, deprimidos y atascados de pastillas.

Yo prefiero un millón de veces hijos menos rimbombantes pero que sean capaces de disfrutar su día a día. De tener relaciones íntimas, reales, cercanas con otros. De aportar a su comunidad. De entender que la vida a veces apesta y luego mejora y luego vuelve a apestar y así es, y está bien.

Grabarles que siempre van a poder salir adelante por ellos mismos, que aprendan a manejar los momentos difíciles, a confiar en ellos mismos y a saber que los estándares de cualquier cosa y el qué dirán, son un pendejada absurda de la cual hay que huir a toda velocidad y siempre que haga falta…

¡Eso es lo único que me interesa que mis hijos se aprendan de memoria!

Así que en un acto de amor absoluto, mamás y papás, sugiero que nos quitemos de su camino,  que dejemos de estorbar, manipular, resolver, organizar, decidir, y les demos  permiso de ser, de elegir y de andar… sin intervenir, sin juzgar, sin calificar, ni mucho menos descalificar por pretender ser ellos y vivir su vida.

Limitémonos por favor a acompañar, a escuchar y a abrazar, siempre que haga falta y deshagámonos de una vez por todas de la imperiosa necesidad de controlarles la vida.

PD. Les recomiendo ver el documental The college admissions scandal en Netflix.

Y que se lean How to Raise an Adult de Julie Lythcott-Haims y Under Pressure de Lisa Damour para entender la cochinada del sistema, la gravedad de la situación en temas de salud mental y estrés para esta generación y para transitar por este momento de sus vidas y empezarlo a hacer distinto.

Otro texto de la autora: Las cosas que me sorprenden

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