Rendición

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Me rindo. Me rindo bien rendida. Estoy harta de luchar por ti, de esforzarme, de gritar y ser como el árbol que cae en el bosque y cuyo sonido no llega a oídos algunos. Me rindo. Me rindo a pedir lo que quiero para recibir una interpretación contraria. Me rindo a extrañar a quien no me extraña. Me rindo a la expectativa de que en toda siembra hay cosecha. Me rindo a creer que hay justicia en el mundo. Me rindo a dar lealtad, a dar ternura, y recibir desamor, recibir mentiras, recibir omisiones, recibir palabras y actos que hacen más profundo el hueco que ya me creció demasiado en el plexo solar. Me niego a seguir siendo tu víctima y tú mi victimario.

Me niego a seguir siendo luz para alumbrar tus vacíos; me niego a seguir siendo una narración emocionada de un suceso importante y recibir un monosílabo como retroalimentación. Me niego a ser la silla ocupada frente a ti en un restaurante y no una persona que esperó una semana entera para abrazarte y sólo ser eso: la silla que mira cómo te entretienes con una conversación alterna en el teléfono.

Me niego a volver a rogarte por atención, sexo, deseo; me niego a volver a pepenarte tiempo y recibir un “ya nos veremos el domingo”.

Me rindo ante ti, amor. Me rindo ante mirar cómo se te cierran los ojos cuando te cuento algo que me emociona. Me rindo ante decirte cómo me siento y ser malinterpretada como buscapleitos. A tu conveniencia. Me rindo ante este miedo a tener contigo una conversación difícil; me rindo ante resignarme a lo que me lastima para evitar una nueva pelea. Me rindo a volver a ser blanco de tu silencio por atreverme a desafiar esta “calma tensa”. Me niego. Me niego. Me rindo.

Me rindo a que me castigues ignorándome por decir lo que siento. Me rindo a tener que recibir un “pues así soy, y si te gusta…” como respuesta. Me rindo a creerte cuando dices “hago lo que sea para que te quedes conmigo” o “tú le das sentido a todo” o “dime cómo puedo ayudarte a estar más tranquila, a que confíes en mí”, porque la evidencia es testigo de lo contrario.

Me rindo a que me respondas “me quieres cambiar”, “estás celosa”, “estás haciendo un berrinche” cuando te hago una pregunta que me ayude a alcanzar certezas. Me niego a creerte cuando me dices “soy tu incondicional”, porque lo eres mientras me porto bien, me callo y apechugo lo inadecuada que a veces me haces sentir. Me rindo a respetar tus decisiones cuando tu decisión es no respetarme. Me niego a quedarme contigo.

Me niego a seguir viviendo en esta estafa, en esta ilusión de pareja, en esta ilusión de amor. 

Porque, mi amor, mi vida no tiene precio y así como tu vida es tu vida, también mi vida me pertenece. Por eso me toca despedirme de ti. 

Después de tratarme tantas veces como si fuera irracional, tonta, celosa, posesiva sin remedio como reacción a tus agresiones pasivas, no puedo seguir sonriendo hueco. Porque, amor, experimenté cómo el enamoramiento, la fascinación absoluta, el deseo, tres emociones que hasta hace muy poco me hacías sentir con el puro hecho de existir, de respirar, pudieron esfumarse cuando me di cuenta de lo poco que vale mi angustia para que tú experimentes satisfacción y paz. Eso no es la reciprocidad.

Me rindo, amor, porque mi libertad, como la tuya, carece de una pared real. Hoy derribo la que construí con mi amor por ti. Y vuelvo a volar.

Más de la autora: El amor romántico y el amor

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