2020, ¿cómo será recordado el manejo del gobierno en el futuro?

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Pasaron las fiestas decembrinas y otra vez demostramos que no hemos aprendido nada. A pesar de las advertencias, la gente salió y se reunió. Así, podemos anticipar que el próximo mes veremos un importante aumento de casos en nuestro país, como sucederá en muchos otros.

Empezaremos 2021, sin embargo, con una esperanza: la vacunación contra el virus que causa la COVID-19 ha iniciado. Está claro que falta un largo trecho que recorrer, y probablemente no estaremos viendo una vida similar a la que teníamos antes hasta dentro de un buen tiempo.

La pandemia ha sido una gran prueba para todos los países del mundo, en particular en occidente. Europa y América han visto un impacto social, humano y económico que nadie se esperaba.

No hay una táctica perfecta para enfrentar esta enfermedad. Distintas naciones intentaron diferentes estrategias, y en muchos lugares han tenido que ir ajustándose al desafío. A veces con severas medidas de encierro, a veces con unas más laxas, el hecho es que son contados los países de nuestra región que tuvieron éxito.

En México enfrentamos un doble conflicto: por un lado, la necesidad económica urgente de millones que viven al día, y que dependen de salir para subsistir; por otro lado, el fenómeno social de la impaciencia. Somos una sociedad que pronto se cansó de cuidarse y de cuidar a los demás. 

Nuestra impaciencia nos empujó a volver a reunirnos, volver a hacer vida social, a pesar de que en nuestro país jamás estuvo contenida la pandemia. 

Pero tenemos otro problema: nuestras autoridades.

Si 2020 será recordado como el año del coronavirus, también en el futuro será visto como la emergencia que el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, nunca supo manejar.

A pesar de haber comenzado con un enorme apoyo y respeto popular, que lo catapultó a la fama política, muy rápidamente se empezaron a ver grietas en su diseño.

El rechazo a hacer pruebas, la negación sobre la gravedad de la enfermedad, el errático discurso sobre el uso de cubrebocas, los pronósticos fallidos y la obsecuencia con el presidente López Obrador marcarán el juicio futuro sobre su desempeño.

Era inevitable que la COVID-19 nos golpeara. Era correcto no cerrar la economía. Pero su determinación sobre qué era esencial siempre nos dejó dudas. Las personas que viven al día no recibieron apoyos que les permitieran resguardarse. Quienes generan empleos no recibieron los apoyos necesarios como lo hicieron en otros países, donde la economía sufrió menos gracias al respaldo del gobierno. Además, miles de niños y niñas perdieron no solo acceso a conocimiento, sino también habilidades sociales y hasta a alimentación. También, vimos un aumento en las denuncias de abuso intrafamiliar.

Decenas de veces se nos dijo que habíamos llegado al pico de contagio; se nos dijo que ya íbamos de salida. Diversos medios de comunicación han realizado investigaciones que cuestionan los datos oficiales, así como su estrategia. 

López-Gatell por supuesto recurre a su discurso usual: es una conspiración en su contra. Pero nunca refutó con hechos la información publicada. Y estamos ya en los 120 mil muertos, el doble del escenario catastrófico del gobierno, sin autocrítica alguna.

Al final, el subsecretario destacó por su arrogancia y por anteponer los intereses políticos de su jefe sobre la seguridad de la ciudadanía. 

Así, quizá era inevitable que este año resultara trágico para México y muchos otros países del mundo. Y sí, gran parte es culpa de nosotros por no cuidarnos, por no resistir a la impaciencia. Pero también recaerá en nuestro gobierno el precio de su falta de seriedad, su estrategia errática y su falta de empatía con quienes sufrían.

No, la historia no los absolverá.

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