Grietas en la 4T

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Ya se están afilando los cuchillos. La noche electoral no solo sabremos quién ganó y quién perdió, sino que comenzarán las venganzas y ajustes de cuentas al interior de los equipos.

Hace mucho que se viene hablando de un inminente cambio en el gabinete, pero estratégicamente el gobierno eligió dejar que pase la elección. 

Hacer cambios a media contienda suele ser señal de debilidad o nerviosismo, por lo que era sensato esperar hasta después del proceso. Además, los éxitos y fracasos de las tribus al interior de los partidos permitirá redefinir los equilibrios de poder.

Esta pelea que se viene tras las elecciones se verá en todos los partidos, pero será más evidente en el que está en el gobierno, Morena. 

En la llamada Cuarta Transformación ya se mostraban las grietas y conflictos, pero se habían mantenido relativamente opacados por la abrumadora presencia del presidente. 

Morena siempre ha sido un caleidoscopio. Igual hay ex priistas que ex panistas, ex perredistas o reciclados; lo mismo gente del opus dei que feministas o activistas, aunque estos cada vez en menor medida. Esta diversidad está unida por su adoración al presidente y su afición al poder; no por un verdadero proyecto ideológico, fuera de las consignas habituales. 

Pero esta red de alianzas hace difícil ver que en realidad solo hay dos grupos al interior de Morena, al menos solo dos que realmente tienen poder.

Será más evidente tras la elección la existencia de estos dos polos: los acomplejados y los desacomplejados.

En política es importante entender que ser acomplejado no es un defecto o una debilidad. Los acomplejados en los partidos radicalizados son aquellos que quieren empujar su agenda pero lo hacen con cautela. Saben que hay formas y tiempos, que hay discursos extremistas que son peligrosos para su propia causa, y que aspiran a mantener los equilibrios. No desean que los mercados colapsen ni enemistarse con todos los otros sectores. Creen que hay que cuidar las apariencias.

Por otro lado, los desacomplejados van por todo. Son, digamos, los ultras. Quieren ganar todo y ganarlo ya, por cualquier medio necesario, pasando sobre quién sea necesario pasar. Su pasión desborda sus talentos políticos, y se sobrepone a su vocación democrática. Carecen de autocrítica y moderación.

La tensión crece y las cuarteaduras comienzan a mostrarse. Una de las fisuras al interior del equipo del presidente se hizo evidente con la expulsión del gobierno del encargado de Comunicación Social de la Secretaría de Gobernación, Omar Cervantes. Sabemos por distintas fuentes que existió una operación política de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, contra el director Jurídico de la presidencia, Julio Scherer, pero resultó en un fracaso. 

Esto ha puesto a Sánchez Cordero contra las cuerdas, y fuentes cercanas a la presidencia nos confirman que no durará mucho en el cargo. Ella lo ha negado, por supuesto, pero es lo mínimo que podía hacer. Las próximas semanas nos dirán quién tenía razón.

Lo mismo con Irma Eréndira Sandoval, la secretaria de la Función Pública, que operó para descarrilar la candidatura de Félix Salgado Macedonio en Guerrero y con ello perdió la confianza del presidente. Personas cercanas al centro de poder aseguran que ya presentó su renuncia y solo espera que López Obrador la acepte.

Por lo que sabemos, Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard eran de los moderados, pero su rivalidad los ha obligado a hacer otras alianzas. Sheinbaum ha hecho un acuerdo, según ha trascendido, con el grupo de René Bejarano, mientras que Ebrard se ha acercado a Ricardo Monreal. Además, el canciller quiere recomponer su imagen tras la tragedia de la Línea 12, usando sus gestiones para conseguir vacunas contra la COVID-19 para hacerlo. Esto, nos dicen, ha enfurecido a Hugo López-Gatell, que no ha logrado colgarse la medalla de la campaña de vacunación.

Todas estas tensiones explotarán tras la elección, y podremos ver la verdadera forma en que se distribuye el poder en nuestro país: en la opacidad y el secretismo, muy lejos del discurso demócrata e idealista.

Por supuesto, como sociedad observaremos esta batalla desde dónde nos ha colocado el sistema: en las gradas. 

Pero no debemos dejar de poner atención porque los días posteriores a la elección definirán quienes son las personas que decidirán el futuro de México.

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