AMLO, el presidente que cuida más su legado que el presente del país

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El presidente López Obrador tiene una obsesión con la historia de México. Por un lado, añora ser parte definitiva de ella, y por eso el lema de “Juntos Haremos Historia“. De igual forma, su autodenominada Cuarta Transformación aspira a ser un momento tan importante como la Independencia, la Reforma o la Revolución Mexicana.

Además, es un aspirante a profesor de historia nacional. Una y otra vez, desde sus conferencias mañaneras, trata de educar al pueblo sobre los personajes que nos marcaron, los grandes momentos y los aprendizajes que nos deja nuestro pasado.

Esto parece bastante inofensivo, en todo caso un rasgo de la personalidad de nuestro presidente educador, que quiere ayudarnos a entender mejor a México y su historia, llena de gestas y grandes hombres – las grandes mujeres no le interesan especialmente.

Sin embargo, hay un par de problemas con esto.

En primer lugar, López Obrador parece manejar los datos con menos fluidez de la que él mismo cree. Nos ha regalado varios errores importantes en sus pequeñas clases, como por ejemplo, cuando fechó el origen de México hace más de 10 mil años.

También ha confundido a las parejas de Benito Juárez y Porfirio Díaz, o intercambiado a José María Morelos, el llamado Siervo de la Nación, con Vicente Guerrero.

Sin duda no se le exige a un presidente que sea un experto en el tema, ni se le puede condenar por confundir un par de nombres. Pero sí es notable que alguien que ha escrito sendos libros de historia y se considera a sí mismo un educador popular cometa errores tan básicos sobre nuestro país

En segundo lugar, hay un tema más relevante. Nuestro mandatario tiene la tendencia de simplificar o reducir complejos eventos a monografías de primaria: existen los buenos, como Benito Juárez o Emiliano Zapata, y los malos, como Porfirio Díaz o Maximiliano de Habsburgo. También existe un romanticismo exacerbado sobre la bondad de los Aztecas y una visión equivocada de cuándo nació nuestro país y las influencias que ha tenido.

Así, nos pone a contrapelo de nuestra propia historia suponiendo que otras naciones, que quizá ni existían como tales, nos deben pedir disculpas, o que nos dignificará como país recibir de vuelta cosas que se han llevado.

Está claro que todos los procesos imperialistas y de conquista fueron de explotación e incluso genocidas. Y está claro que nuestros pueblos indígenas no solo sufrieron opresión en la Colonia, sino que la han seguido sufriendo durante todo el periodo independiente.

Pero hay que tener mucho cuidado con nuestros héroes. La mayor parte de ellos, vistos desde las concepciones actuales, no salen tan bien librados como lo hacen en los libros de historia. Muchos de ellos fueron misóginos, violentos, autoritarios. Hoy en día, adorar a cualquier figura histórica, nos exige una profundidad que nuestro gobierno reniega, manteniéndose en la simpleza de los mitos.

López Obrador quiere ser, además de historiador, histórico. Pero en este momento es imposible saber el juicio que el futuro hará de su gobierno. Quizá en 20 o 30 años este periodo será recordado mucho más críticamente de lo que él, y sus seguidores, esperan. No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que si queremos aprender de la historia, y no repetir los errores del pasado, no debemos aparentar que entendemos cosas cuya complejidad nos supera.

El tiempo dirá si este gobierno es un éxito o un fracaso. Pero hoy, atender el presente y cuidar el futuro de México es mucho más urgente que soñar en tener un monumento.

La historia, al final, nos alcanza a todos. Y así, alcanzará las ambiciones de López Obrador.

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